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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Elizabeth Hardwick: única y libre

Sus libros nunca acaban de encajar en las categorías al uso: la biografía que escribió de Melville tiene mucho de novela; ‘Noches insomnes’, de diario y ensayo, e ‘Historias de Nueva York’ de relatos nada convencionales

Nueva York con la Estatua de la Libertad. | | LA PROVINCIA/DLP

Un clásico por descubrir

Navona publica un libro de relatos inéditos de la crítica literaria y escritora Elizabeth Hardwick, una de las voces más influyentes de la literatura del siglo XX

No es fácil definir a alguien como Elizabeth Hardwick (1916-2007). Podría tirar, para arrancar estas líneas, de somera biografía y decir que fue crítica literaria y escritora. Pero prefiero recurrir a un amigo para describirla. A un amigo de Hardwick, por supuesto. Según Darryl Pinckney (Indianápolis, EE UU, 1956), «cuando era irónica, traviesa, balanceaba los hombros como Louis Armstrong, se tambaleaba de risa, y tenía una sonrisa de lo más hermosa». Eso escribió sobre ella el ensayista, novelista y dramaturgo en el número de The New York Review of Books que llegó a los quioscos el 13 de mayo de 2010. Y esa es la Elizabeth Hardwick que me interesa, a la que busco, a la que todos buscamos cuando la leemos.

Tarea nada fácil, ojo, pues su figura aún tiene pendiente un merecido reconocimiento en nuestro país, y en el resto de Europa. Navona comenzó a recuperarla en España con la publicación, en 2018, de Noches insomnes (1979), su obra cumbre, y Ernest Folch, ahora a cargo del sello, ha continuado con esa labor rescatando, hace sólo unas semanas, la colección de relatos Historias de Nueva York. Inédito hasta ahora en estas latitudes, es, según el editor, «quizás el libro en el que mejor se expresa el estilo sobrio, preciso y sutil de Hardwick, una escritora capaz de diseccionar su sociedad sin necesidad de barroquismo ni de grandes alardes». Una oportunidad excepcional para seguir la estela, en el tiempo y las páginas, de todo un clásico por descubrir.

No es casualidad –nunca lo es– que Pinckney escribiera sobre ella en The New York Review of Books. La emblemática publicación nació, en 1963, en la mesa de comedor del apartamento que Hardwick y el poeta Robert Lowell (1917-1977) tenían en el West Side de Manhattan. La pareja, cuyo romance comenzó en la colonia de artistas Yaddo, en Saratoga Springs (Nueva York), se había casado en julio de 1949, una década después de que ella abandonara su Kentucky natal (era la octava de once hermanos en una familia protestante de clase obrera) para estudiar un posgrado en Columbia, donde esperaba convertirse, según sus propias palabras en «una intelectual judía». Pero, aburrida del trabajo académico y bastante realista con respecto a las expectativas de futuro, Hardwick decidió dejar la universidad y empezó a escribir relatos, hasta que consiguió el contrato de su primer libro, The Ghostly Lover (1945). Aquella firma la llevó hasta las puertas mismas de Philip Rahv, que eran las del cielo literario de la época, pues era el editor del Partisan Review. Cuentan que, durante su primer encuentro, Rahv le preguntó a Hardwick qué pensaba de las reseñas que Diana Trilling, esposa del todopoderoso crítico Lionel Trilling, escribía en la publicación. «No mucho», contestó ella.

Elizabeth Hardwick.

La respuesta debió de gustarle a Rahv, porque, al poco tiempo, Hardwick empezó a colaborar con la revista. Los comienzos fueron duros, como casi siempre. Dormía en cuartuchos de mala muerte y había días en los que ni comía. Finalmente, Hardwick logró hacerse un hueco en el estrecho, y selecto, círculo de colaboradores del Partisan Review y, claro, de la élite de intelectuales neoyorquinos. En sus ratos libres, y también en los ocupados, frecuentaba a Isaiah Berlin, T. S. Eliot, Bernard Berenson, John Crowe… y entre sus mejores amigas estaban Susan Sontag, Adrienne Rich, Hannah Arendt o Elizabeth Bishop. Casi nada.

En aquella primera época, comenzó a forjarse el carácter, como narradora y como crítica, como gran escritora, de Hardwick. «Demostró que la crítica literaria puede, y debe, ser literatura, cosa que muchas veces se nos olvida. Como escritora, derribó las fronteras que normalmente levantamos entre los géneros. Sus libros nunca acaban de encajar en ninguna de las categorías que manejamos. La biografía que escribió de Melville tiene mucho de novela. Noches insomnes tiene mucho de diario y de ensayo. E Historias de Nueva York contiene muchos relatos que no son en absoluto convencionales. En Estados Unidos, está viviendo una segunda vida literaria. Ojalá aquí suceda lo mismo», sostiene Rebeca García Nieto, traductora de su obra en España.

Su pasión por la literatura marcó su vida, para bien y para mal. Prueba de ello fue su matrimonio con Robert Lowell. «Qué felices seremos juntos», le escribió él semanas antes de casarse. Y lo fueron, sí. Pero también desgraciados. Al menos Hardwick. Los episodios maníacos, las hospitalizaciones y el adulterio del poeta, que sufría un trastorno bipolar, le causaron un terrible sufrimiento.

Así lo confiesa en las cartas inéditas a las que Cathy Curtis, autora de su biografía más reciente, A splendid intelligence: The Life of Elizabeth Hardwick (2021), tuvo acceso. Lowell le infligió una «tortura moral y psicológica», y constantemente debía disculparse ante sus editores por no cumplir con los plazos debido a «problemas familiares». A juicio del editor de Navona, Ernest Folch, «su enorme talento literario quedó en un segundo plano durante décadas por culpa de su relación con Lowell, que provocó que durante algún tiempo no fuera mucho más que la mujer de Lowell para sectores influyentes de la sociedad literaria norteamericana».

Su biógrafa, Cathy Curtis, argumenta que «como mujer con un matrimonio difícil, fue un brillante ejemplo de una cualidad que a menudo admiraba: la resistencia. Como escritora, fue ferozmente independiente de la ideología, especialmente crítica con ciertos aspectos del feminismo. Siempre insistió en la validez de sus opiniones, a menudo impredecibles, y en la importancia de asegurarse de que cada palabra que escribía estaba elegida con el máximo cuidado». Y trata así de desentrañar el misterio, todavía sin resolver, de su muy particular, única, forma de escribir: «El estilo de Hardwick, tan propio de ella que nadie parece haberlo imitado, implicaba añadir una observación a otra para construir gradualmente una imagen de un lugar, de una persona o de un suceso. Aunque tenía fuertes opiniones como crítica, su escritura es indirecta y alusiva, más discursiva que didáctica. La brillantez de sus cuentos se deriva de sus agudas observaciones de la vida que la rodea y su comprensión de los caprichos de la naturaleza humana».

En la primavera de 1970, Elizabeth Hardwick y Robert Lowell se fueron de vacaciones a Italia con su única hija, Harriet, que entonces tenía trece años. Pero, después de aquellos días de asueto, Lowell no volvió con ellas a Nueva York. Desde el país alpino se trasladó a Oxford para cursar una beca. Durante su estancia en la universidad británica, el poeta conoció a Lady Caroline Blackwood, primogénita de la familia Guinness y en cuyo historial amoroso ya figuraban dos matrimonios, con el pintor Lucian Freud y con el compositor Israel Citkowitz, y un sonado romance con Robert Silvers, editor de The New York Review of Books.

Arrebatado por la heredera del imperio cervecero, Lowell dejó a Hardwick, aunque ella nunca lo abandonó. Ni siquiera después de que él publicara, en 1973, The Dolphin, libro de poemas con el que ganó el Pulitzer y que fue un auténtico escándalo literario, ya que Lowell incluyó en él cartas de su exmujer sin su permiso (Adrienne Rich y Elizabeth Bishop le acusaron de haber traicionado la intimidad de su amiga). El 12 de septiembre de 1977, Lowell murió, víctima de un ataque al corazón, en el taxi que lo llevaba desde el JFK (estaba recién llegado de Inglaterra) al apartamento de Hardwick en la West Sixty-seventh Street de Manhattan.

Ella siguió escribiendo y dando clases en el Barnard College (allí fue profesora de Escritura experimental a lo largo de veinte años, entre 1965 y 1985). «Tardó mucho en darse cuenta de su grandeza. Como crítica era muy exigente, y lo era todavía más con su propia escritura. Siempre pensó que su marido era un genio y tal vez creyó que no estaba a su altura. Cuando se separaron, su escritura se hizo más libre y encontró su voz, esa voz única», remata García Nieto.

Como en su día le dijo Hardwick a una amiga en una misiva, es probable que nunca encontrara al «igual» de Lowell. Y eso que le sobrevivió treinta años. Aunque sus obras hoy están a la par.

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