ANÁLISIS | LITERATURA

‘Terramores’

Víctor Álamo de la Rosa ha escrito aquí una novela realmente universal que puede ser entendida y disfrutada en cualquier lugar del mundo

Portada de 'Terramores'

Portada de 'Terramores' / Ediciones Idea

Javier Doreste

Javier Doreste

La trayectoria novelística de Víctor Álamo de la Rosa es larga, ya van diez novelas, a las que hay que sumar varios libros de poesía y dos relatos infantiles. Desde el principio, con el Humilladero, Campiro qué o El año de la seca se ha revelado como un escritor con doble compromiso: la exigencia creativa vinculada a la tierra y a quienes la habitan, y el lenguaje como instrumento de comunicación.

La primera exigencia, la de la tierra, se refleja en la novela que comentamos, en toda su magnitud. Puede decirse que además de ser una descripción exultante y realista de la isla del Hierro, es una obra fuertemente vinculada al terruño, que no dudamos en calificar como telúrica. Surge de las propias entrañas del imaginario colectivo, con sus historias de amores profundos, sus tradiciones como el malgareo, los huidos, los represaliados y la unión entre las llamadas fuerzas del orden y la Iglesia en comunión para perseguir la disidencia, la libertad y hasta el amor.

Terramores es una obra colectiva. Pese a que solo tenga un autor que José Ramos llama acertadamente un autor poliédrico. Ese ser poliédrico viene dado precisamente porque el autor asume diferentes voces como son diferentes las personas que habitan su imaginario, reflejo de la colectividad herreña.

Cada paisaje está poblado por distintas gentes y lo que los une suele ser la memoria. Una memoria que se construye con las memorias individuales. No todos recordaran las cosas de la misma manera y por eso se impone el esfuerzo de Álamo de la Rosa para que sus personajes tengan su propia voz, sin caer en recursos fáciles de latiguillos para hacerlos reconocibles. Antes bien, lo decíamos antes del compromiso con el lenguaje, obliga a Víctor Álamo a eliminar cualquier latiguillo y dominar el lugar común.

Y lo hace con tal maestría que nos recuerda lo que dijo Luis Hars de Miguel Ángel Asturias, que había tomado el lenguaje popular para construir un espacio en el que parecía que las palabras se encontraban por primera vez; que es la definición de la poesía, decía el escritor guatemalteco, por los antiguos mayas. Ese lugar de encuentro primerizo de las palabras es la base del lenguaje popular, cuando las cosas se empiezan a nombrar y, por tanto a dominar, y que muchas veces es un lenguaje paralelo, de resistencia de los de abajo frente a los de arriba.

Así, en Terramores el párroco Nicasio y el sargento Tejera tienen un léxico determinado mientras los habitantes que lo sufren tienen otro, incluso para el amor. Que Álamo opte por un lenguaje popular es lo que determina la propia forma de la novela. Largas frases, repletas de subordinadas, pues casi nadie habla normalmente con puntos y comas, con frases perfectas y cerradas. Cuando conversamos, muchas veces derivamos de un tema a otro, en las conversaciones normales, no las académicas.

Así, Terramores es una memoria colectiva construida sobre la oralidad. La forma de hablar y de pensar, de ver el mundo, se transmite sobre todo por la palabra hablada y eligiendo esta forma el autor alcanza la perfección técnica. No sobra, pese a lo torrencial de algunos párrafos, ni una palabra, ni un circunloquio, ni una revuelta de la frase. Todas son necesarias para reforzar esa sensación de la palabra hablada que nos arrastra por todo el libro hasta que lo terminamos.

Como muestra del dominio de esta técnica de la oralidad escrita baste con este ejemplo: Y ahora llega la hora pedazo de cabrón siéntate jodido te llegó te llegó la puta hora y ahora en la hora nos reiremos pero reiremos después reiremos siempre…

El párrafo sigue unas pocas líneas más. No hay ni una coma ni un punto. El texto sale seguido pues es el monologo interior de dos de los personajes que acechan la hora de su venganza entre dientes. No se sabe si es de uno de ellos o de los dos. No importa. Álamo nos lo transcribe como si nosotros mismos estuviéramos escuchando que no leyendo. Lo mismo ocurre con las intervenciones del médico, personaje cómico que suele meter la pata con los pacientes. Operando a un tuerto reciente le dice que será cosa de un abrir y cerrar de ojos o cuando extrae treinta y tres púas de tunera del trasero del cura Nicasio, advirtiendo la coincidencia con la edad de Jesucristo le bromea diciendo. Ahora te pueden crucificar. Podríamos poner más ejemplos pero seríamos reincidentes.

Porque además Terramores contiene profundos lazos con la cultura isleña como el ya mentado malgareo. Se nos cuenta el acecho de los cuervos a los recién nacidos cabritos, el despeñamiento de un burro ciego, los trabajos de los campesinos; pero sobre todo se nos habla del amor. El amor carnal, erótico, de coyunda, que abarca a personas y animales. Páginas de dicha sexual unas veces y otras romántica. Amor por la carne, por la persona amada aunque esté ausente como es el caso de Manuel el Huido y su novia.

Así, en el drama descrito se deslizan párrafos de humor como los comentados del médico, trágicos de odios ancestrales de origen casi desconocidos y románticos y eróticos pues la vida es eso. Nacer, reír, sufrir, amar… y en su decisión de escribir una historia lo más global posible, que cuente la isla en la posguerra, la memoria de los isleños, el autor se ve obligado a incluir esos aspectos. De lo contrario el libro quedaría cojo, falto de vida real si se limitará a entrelazar anécdotas más o menos trágicas o graciosas. Y esta visión total impide que transcurra por los trillados caminos del planteamiento, nudo, desenlace. No hay argumento, artificio de los novelistas para no perder el hilo. No es necesario ni siquiera útil. La historia real no tiene argumento. Alguno de sus fragmentos puede que sí, si los hemos planeado con antelación, pero en la vida real improvisamos mucho, sin guion ni hilo argumental. Vivimos, solo eso. Como Miguel Ángel Asturias contestó a los que le reprochaban que en Hombres de Maíz no hubiese argumento: las cosas se dan, simplemente. Lo que funciona como hilo conductor de las distintas historias es la vida de Inocencio y sus hijos. Pero también podría serlo la de Manuel el huido o la de la hermosa Baldomera.

Víctor Álamo ha escrito, como hemos dicho, otras novelas. Si elegimos esta no es porque la consideremos mejor que otras. Es para nosotros un paradigma del buen hacer de este escritor que encarna, quizás como ninguno, lo que significa escribir en Canarias con la visión de escribir para todos.

Para los canarios desde luego, pero también para toda la humanidad. Ambición que mueve a todo escritor. Las grandes novelas son historias universales, en Oviedo Ana Karenina se llamaba Ana Ozores y el caciquismo, la represión salvaje de los poderosos y la complicidad de la Iglesia en ella son parte de la memoria no solo de nuestras islas y de España sino de miles de lugares del mundo.

Víctor Álamo ha escrito aquí una novela realmente universal que puede ser entendida y disfrutada en cualquier lugar del mundo. Por ese dominio de la ambición literaria ha conseguido que sus obras traduzcan con rapidez a otras lenguas y que, alguna, haya sido publicada en otro idioma antes que en español. Por todo eso y porque cada vez que la volvemos a leer disfrutamos y nos sumergimos en ella es, por lo que hoy se la recomendamos. Terramores no solo habla de la Isla Menor, habla de todos nosotros.