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Historias irrepetibles

El hombre del millón de dólares

Walter Hagen, el mejor jugador de gol fde su tiempo, llevó el profesionalismo a su deporte tras convencer a los socios de su club de que el público pagaría por ver a los mejores del mundo

Walter Hagen, sentado en un descanso durante un torneo

Walter Hagen, sentado en un descanso durante un torneo LP/DLP

George Eastman, fundador de Kodak e inventor del rollo de película, era un millonario aficionado al golf que disfrutaba de las reuniones con sus compañeros de club en Rochester después de jugar un partido. Allí les hablaba de sus viajes, de las fiestas, de los placeres que descubría gracias a su inmensa fortuna. Entre su agradecida audiencia había un joven que le escuchaba impresionado. Se llamaba Walter Hagen y era uno de los caddies del club. Hijo de un herrero irlandés y de una alemana que le transmitió la tenacidad que luego marcaría su carrera, Hagen soñaba con tener una vida parecida a la de Eastman, disfrutar de esas experiencias que narraba el empresario con absoluta naturalidad.

Por eso Walter Hagen no se conformó con ser el mejor jugador del mundo. Quería sacarle rendimiento a su extraordinario talento, tarea complicada a comienzos del siglo XX cuando el golf era absolutamente aficionado y el profesionalismo estaba muy mal considerado. A los que se atrevían a jugar por dinero se les acusaba de pervertir el deporte y tenían la misma consideración social que los tahúres.

En 1921 Hagen comenzó a coleccionar títulos de Grand Slam. Alcanzaría once en su carrera -el tercero que más tiene en la historia tras Nicklaus y Woods- en un tiempo en el que aún no existía el Masters de Augusta. En los años veinte su lugar lo ocupaba el Western Open que conquistó en cinco ocasiones, lo que elevaría su número de grandes hasta dieciséis. Estos números corresponden a un jugador genial, versátil, con una capacidad de improvisación gigantesca y muy preocupado por los avances en un deporte en constante evolución.

Pero si Hagen pasaría a la historia sería por señalar el camino hacia las generaciones posteriores de jugadores. Muchos años después Arnold Palmer diría que "cada vez que uno de nosotros recibe un cheque por jugar al golf debería dar gracias a Walter Hagen". El norteamericano dio un paso complicado en 1921 y que la crítica deportiva de entonces consideró un suicidio. Se hizo profesional en un tiempo en el que apenas existían competiciones para ellos. Eran jugadores más discretos, que representaban a determinados clubes y que incluso eran despreciados. No tenían la mínima consideración. La decisión de Hagen tenía evidentes riesgos y cuando dio el paso nadie apostaba que a otros irían detrás.

Él estaba convencido de que los aficionados acabarían por pagar por ver enfrentamientos entre los jugadores más talentosos del mundo. Ahora parece una ridiculez, pero en aquel tiempo era un pensamiento revolucionario.

Pero Hagen fue más allá. Creó un personaje. Convencido de que los aficionados sentirían mayor interés por él, se fabricó una imagen de jugador despreocupado, bonachón, juerguista, mujeriego y extravagante en la vestimenta. Un adelantado a su tiempo. Nada tenía que ver con la realidad, pero entre los aficionados creció la impresión de que Hagen era un golfo sin solución que además jugaba primorosamente al golf. Él alimentaba su creación a diario. Aparecía en el campo despeinado y con el tiempo justo como si llegase directamente de alguna fiesta. Se acicalaba ante el público, agarraba los palos y comenzaba su partido en medio de las risas y el entusiasmo general.

Nadie pensaba que un jugador pudiera ganar lo suficiente por medio de torneos y exhibiciones. Se acusó a Hagen de comercializar indebidamente un deporte considerado de caballeros como el golf.

Fichaje de Bob Harlow

A pesar de las críticas que había a su alrededor, Hagen siguió adelante con su idea y en 1922 fichó a Bob Harlow como representante. Harlow se encargaba de planificar los partidos y las giras de exhibición, de reunirse con distintos empresarios y dirigentes locales para que financiaran torneos y de negociar los contratos de patrocinio como el que suscribió con la marca Wilson, para la que respaldó dos modelos de palos, los Walter Hagen y los Haig Ultra. El resultado de esa colaboración fue que Hagen ganó entre 50.000 y 75.000 dólares de media al año en la década de los 20, más que una grandiosa estrella de aquel tiempo como el jugador de béisbol de los Yankees Babe Ruth. Hagen se convirtió en el primer deportista en superar el millón de dólares en ganancias a lo largo de toda su carrera.

Encontró mayor resistencia a sus tesis en el Reino Unido, donde las tradiciones están por encima de todo. Al Open Británico de 1921 llegó en un Daimler y preguntó por los vestuarios del club. Un conserje le indicó que los jugadores no tenían permiso para utilizarlos y que para eso se había habilitado un barracón cerca del campo. Hagen aparcó el coche frente a la casa club y durante todo el torneo lo utilizó como vestuario. Nunca más se prohibió a los jugadores el acceso a las instalaciones de los socios.

Ver a Hagen se convirtió en una atracción para el mundo del golf. Aumentaba su palmarés y su cuenta corriente. Así siguió hasta que a comienzos de los años treinta se retiró a su casa. Pero su legado es imborrable. Poco después de su retirada, en un tiempo en el que el protagonismo del golf recayó en Bobby Jones, se creaba un circuito profesional bajo los auspicios de la PGA y la dirección de Bob Harlow, su antiguo representante. Hagen había cambiado para siempre un deporte enraizado en lo más tradicional.

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