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cambio climático

El Ártico sufre el mayor deshielo de los últimos cuarenta años

La extensión de la banquisa polar alcanza su mínimo desde que hay mediciones por satélite - Los principales huecos se produjeron en los mares de Barents y Kara

La banquisa ártica, desintegrándose en el periodo de deshielo.

La banquisa ártica, desintegrándose en el periodo de deshielo. H. C.

El Ártico tocó fondo en enero. El índice de deshielo ha sido el mayor registrado desde que se dispone de mediciones vía satélite: la banquisa polar tuvo ese mes unas dimensiones de 13,53 millones de kilómetros cuadrados, más de un millón por debajo de la media del período 1981-2001. Los principales "huecos" se produjeron en los mares de Barents y de Kara, y en el este del mar de Groenlandia, en el Atlántico Norte, así como en los mares de Bering y de Okhotsk, en el Pacífico. El deshielo acelerado del Ártico (más allá de este y de otros picos, que se acumulan significativamente en el siglo XXI, existe una tendencia sostenida a la disminución de la masa, del grosor y de la durabilidad del hielo marino) constituye uno de los procesos más sintomáticos y trascendentales del cambio climático.

Cada invierno, casi la totalidad del océano Ártico se hiela. Habitualmente, la banquisa alcanza su máxima amplitud en el mes de marzo y a partir de esa fecha comienza a fundirse, hasta quedar reducida al mínimo en septiembre. Luego se reconstruye a lo largo del otoño y el invierno. Este patrón de funcionamiento se mantiene, pero se ha visto alterado en los tiempos; ahora la estación de deshielo es más larga: ha sumado tres semanas en las últimas cuatro décadas. A su vez, la capa de hielo flotante que se forma cada vez resulta más delgada y menos resistente (hace falta menos calor para que se deshaga), mientras que la parte que persiste en invierno aparece más fragmentada, lo cual favorece el proceso de fusión, ya que las aguas libres absorben el 93 por ciento de la radiación solar, frente al 15 por ciento que captan las superficies heladas. Cerrando el círculo, el calentamiento resultante de las aguas superficiales dificulta la formación de la banquisa. Un estudio de la NASA ha cifrado en 1,2 millones de kilómetros cuadrados la pérdida de hielo marino desde 1979, lo que da una media de unos 35.000 kilómetros cuadrados anuales. Sin embargo, esa disminución no ha sido homogénea: entre 1979 y 1996 la reducción del hielo ártico fue de 21.500 kilómetros cuadrados anuales, mientras que desde 1996 se ha acelerado y el valor medio anual ha sido de 50.500 kilómetros cuadrados. Es un proceso generalizado en las regiones árticas (con pocas excepciones) y común a todos los meses del año. Los científicos sostienen que, si la tendencia actual no se corrige, en 2040 -a la vuelta de la esquina- el Ártico estará completamente libre de hielo en verano. Estos fenómenos han cobrado fuerza en el siglo XXI, pero están documentados de forma sistemática ya desde 1979, mediante seguimiento vía satélite. El empeño obedece a la relevancia global de los cambios en esta región.

No se trata sólo de que el oso polar se quede sin el hábitat helado que necesita para cazar focas: las alteraciones repercuten en la productividad del plancton, pilar del ecosistema ártico y de la vida en los océanos, de modo que se trasladan a las pesquerías y, en consecuencia, a la alimentación humana, están modificando el clima y afectan a la economía, la salud y a muchos otros aspectos de la vida de los pueblos del hemisferio Norte. El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) advirtió en 2007 que los impactos del cambio climático en el Ártico a lo largo del próximo siglo pueden exceder lo previsto en otras regiones del planeta y tener consecuencias "significativas globalmente". Ese vaticinio ya se está cumpliendo. El permafrost (la capa de subsuelo helada) se derrite; los matorrales y las hierbas invaden la tundra (su vegetación típica es una cubierta rala de musgos y líquenes), y el bosque boreal (taiga) se expande gradualmente hacia el Norte. Hay poblaciones de osos polares, de morsas y de renos que ya tienen problemas. Los oceanógrafos destacan que el Ártico es el "canario en la mina" en lo que concierne a los efectos del cambio climático, en referencia a los canarios que se utilizaban en la minería subterránea para detectar las emanaciones de grisú. Aquí es donde más y mejor se están percibiendo las consecuencias del calentamiento del planeta. El análisis de las mediciones del hielo ártico realizadas desde 1979 muestra que en las casi cuatro décadas transcurridas se ha perdido más de la mitad de la masa de hielo polar, tanto por contracción como por adelgazamiento. Este proceso tiene graves repercusiones, que alcanzan a todos los estratos del ecosistema, desde los microorganismos hasta las grandes ballenas. Las redes tróficas funcionan como un castillo de naipes: si la base (las algas fotosintéticas) se desestabiliza, todo el ecosistema se desmorona. Al mismo tiempo, la pérdida de hielo se traduce en una mayor absorción de dióxido de carbono (las aguas frías captan más que las cálidas, y al haber más superficie descubierta ese efecto se potencia), lo cual acidifica el agua y reduce la disponibilidad de carbonatos, sin los cuales los moluscos no pueden formar su concha.

Los efectos climáticos del calentamiento del Ártico son más difusos que los impactos apreciables en el ecosistema. Se presume que la pérdida de contraste entre temperaturas y presiones a ambos lados (Norte y Sur) del llamado vórtice polar (una masa de aire frío que se mueve a gran altitud y con rapidez de Oeste a Este por encima del Círculo Polar) está frenando el flujo de esa corriente y ampliando su ámbito de influencia. Por ejemplo, se ha vinculado la pérdida de hielo en los mares de Kara y de Barents con los inviernos extremos en el este de Asia. Por otro lado, si el hielo de Groenlandia se derritiese a finales de siglo, como predicen algunos modelos climáticos, se produciría una elevación del nivel del mar de hasta siete metros, que haría desaparecer bajo el agua amplias extensiones de costa, especialmente en la cuenca mediterránea. No en vano, el sur de Europa es una de las zonas más sensibles al cambio climático: los científicos prevén aquí una notable subida de las temperaturas, una mayor frecuencia de las olas de calor, incendios más numerosos, virulentos y duraderos, problemas de abastecimiento de agua y la naturalización de insectos exóticos que actuarán como vectores de nuevas enfermedades.

Incluso si se cumple con los objetivos de reducción de las emisiones de dióxido de carbono para limitar a menos de dos grados el aumento de las temperaturas al final del siglo XXI, como se acordó en la última Cumbre del Clima celebrada en París, la reducción del hielo ártico persistirá durante décadas. Esta circunstancia conlleva un problema añadido: los pasos abiertos por el deshielo en las aguas polares han incrementado el tráfico marítimo, y también han crecido en paralelo las actividades humanas e industriales en la zona. Por eso los científicos del proyecto Arctic Climate Change Economy and Society (ACCESS) advierten de la necesidad de prevenir y regular los impactos humanos, incluyendo las emisiones de gases a la atmósfera y la contaminación acústica.

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