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"Sobre la nación se han dicho muchas barbaridades"

"Invocar hoy la fractura de un Estado y hacerlo a partir de toda una serie de elementos falsificados del pasado es un ejercicio políticamente criticable"

Emilio de Diego.

Emilio de Diego. MARA VILLAMUZA

El El profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense Emilio de Diego (Fuente El Olmo de Íscar, Segovia, 1948) es, desde 2014, el secretario de la asociación que organiza los cursos de La Granda y es, asimismo, el secretario general de la Real Academia de Doctores. De Diego es uno de expertos más respetados en la historia del siglo XIX. Conversa con el diario La Nueva España (periódico del mismo grupo editorial que LA PROVINCIA/DLP) en un intermedio de una de las sesiones del primer seminario de la temporada, el que todos los años organiza la Academia Portuguesa de la Historia y que trata de desentrañar las relaciones entre los estados de la península.

¿La península Ibérica da para tres estados?

La península Ibérica ha tenido un proceso histórico, que es el que todos conocemos, a lo largo del cual se han ido conformando diversos espacios políticos y administrativos. Si nos remontamos al mundo antiguo nos encontramos con unas áreas que en tiempo de los romanos, sobre todo, toman unos nombres que perviven incluso hasta ahora. Este tipo de circunscripciones, digamos, tenían dimensiones, en ocasiones, extraordinariamente grandes. Desde luego que, si fuera el presidente Puigdemont, en lugar de reclamar las islas Baleares reclamaría la provincia romana Tarraconense. Bueno, ironías aparte, llegamos a una época medieval en la que el proceso de invasión musulmana y, después, de reconquista -es la palabra justa, no se trata de un ejercicio bélico continuo de ocho siglos, pero sí un ejercicio que, al final, acaba por liberar España del mundo musulmán- facilita la creación de los estados tal y como nosotros los entendemos. España debe ser, seguramente, uno de los estados pioneros. ¿Es aquella España, o Españas, la actual? Pues no. España es un 'multirregno' con un elemento rector común que es la Corona. En el caso de España, además, con dos grandes reinos como fueron Castilla y Aragón. Esto nos lleva a desembocar en la Edad Moderna, en otro marco político y ahí es cuando aparece el Estado nacional tal y como nosotros lo entendemos.

¿Y de qué hablamos cuando hablamos de estado nacional?

Las aportaciones del siglo XIX van a ser nación, Estado, patria y, más adelante, pueblo. Cuando oigo decir que España es un Estado plurinacional no me dejo de sorprender, sobre todo porque escucho a dirigentes políticos que no saben siquiera lo que es una nación sola. Parece una osadía que te pongas a hablar de muchas naciones cuando no sabes lo que es sólo una. No es serio que un lunes se hable de federalismo y un martes de plurinacionalismo.

¿Qué cree que entienden por el Estado plurinacional?

Mire usted, la nación, desde el punto de vista del jurídico-político es el sujeto de la soberanía. Esto lo definen las cortes de Cádiz. Y solo hay una. No se puede pensar en si hay siete o catorce. Nación, desde el punto de vista etnocultural, es obvio que es una realidad plural: somos un país de realidades diversas. Pero, desde el punto de vista etnocultural, no político. De Cádiz arranca el Estado nacional, el Estado liberal, el Estado unitario y el Estado centralista. Y todo esto se afianza a lo largo del siglo XIX. Contra esto, ¿hay alguna propuesta alternativa? Pues sí, por ejemplo la de la Revolución de 1868 que nos lleva a la República de 1873, que acaba como acaba. No tenemos un espacio de convivencia, tenemos un espacio de confrontación: cualquier cantón declara la guerra al de lado y todo esto se convierte en un pandemónium. Con la Restauración se afianza la idea del Estado nacional y queda en la conciencia la experiencia negativa de la Primera República y se avanza sin mayor problema hasta finales del siglo XIX. Tras el Desastre del 98 hay que buscar responsables y, entonces, comienzan las tensiones y en ellas es donde se avivan los regionalismos políticos en clave nacionalista. Estamos hablando del aranismo, que es el germen del movimiento de las Vascongadas que ha llegado hasta ahora.

Volviendo al principio: España ha aceptado a Portugal, pero no a Cataluña.

El Estado catalán no existió nunca. Jamás. Todo eso son elucubraciones y falsedades que se han ido construyendo sobre una pretendida historia de soberanía catalana. Cataluña se genera políticamente en la época medieval, a partir de una serie de condados bajo el liderazgo de señores con ese título de conde: el de Barcelona, el de Urgell, el que sea. Y todo esto nace de los Pirineos hacia el Sur, por el mismo proceso de reconquista del que antes estábamos hablando. Y estos condes, al final, se integran en la corona de Aragón. O sea, el reino es Aragón. En un momento dado va ampliándose hacia el Mediterráneo porque es allí donde coinciden los intereses de valencianos, catalanes, baleáricos. Y toda esta política la impulsa de manera acertada Fernando el Católico, un gran monarca al que los catalanes no miran bien. Y eso que fue quien les integró gran parte de la Cataluña que luego ellos perdieron por los movimientos separatistas. Me refiero a Perpiñán, al Rosellón? Y nada más. Todo lo contrario que en Portugal. Después del ensayo de Felipe II y la sublevación de 1640 acaba afianzando su independencia respecto de España. Curiosamente, esa independencia se hace sobre un pasado histórico propio, pero por los intereses de una rama de la familia de Guzmán, la del propio conde-duque de Olivares.

¿Por qué triunfó Portugal y no Castilla o León?

Hay una dinámica histórica que tiene relación directa con los factores económicos y su proyección sobre el espacio y en su medida que es el tiempo. A medida de que las necesidades y las posibilidades de intercambios económicos más amplios, de relaciones de todo tipo van siendo factibles porque podemos recorrer mayores espacios, tendemos hacia integraciones superiores. Esto que le estoy explicando no se ha detenido en ningún momento de la historia, aunque haya tenido algunas relaciones contrarias. El nacionalismo a lo largo del siglo XIX procura asentar la trilogía Estado, patria y nación en un único término: el Estado nacional. Eso sucedió en España y también en Portugal. A partir de ahí invocar hoy la fractura de un Estado nacional y hacerlo a partir de toda una serie de elementos falsificados del pasado es un ejercicio políticamente criticable, económicamente insostenible y, desde luego, de raíz profundamente insolidaria desde el punto de vista social. Porque todo esto se asienta en ese aserto tan enormemente falso de que España nos roba y nosotros podríamos vivir mejor. Seguramente no. Una realidad social, política y económica no nace en un instante: arrastra tras de sí toda una serie de elementos que la hacen comprensible. Los catalanes han vivido sobre regímenes arancelarios que favorecen la industria desde el siglo XVIII.

¿Qué se hizo de la independencia del País Vasco?

En Cataluña hay un problema grande que no es exclusivamente catalán porque no hay nada exclusivamente catalán. El problema catalán es un problema español en tanto en cuanto, Cataluña es una parte de España. Aquí no hay buenos y malos, eso es una exposición maniquea, porque alguna de las reivindicaciones catalanas tienen sentido y encajan en un ámbito de convivencia común. Lo que sucede es que se ha hecho un ejercicio de desencuentro permanente. Desde los gobiernos españoles se ha planteado la cuestión en términos jurídicos políticos y desde el espacio catalán, desde la visceralidad y el sentimiento de la imaginaria patria catalana. Todo esto son discursos que no pueden encontrarse porque uno va por la vía del corazón y el otro de la cabeza. Habría que haber procurado corregir esto. Ha habido mucha cobardía por parte de amplios sectores de la sociedades catalana y española: las cosas tienen un tratamiento más normal que ir dejando que se pudran. A veces hay que aplicar la norma y explicar por qué se aplica. El tema de Cataluña es, a mi modo de ver, una manifestación de la corrupción moral y política que se vive en España. Los vascos tienen una situación fiscal, de ejercicio financiero con autonomía propia que contradice todos los principios de la Unión Europea. Entonces conviene ir tolerando porque esto nos da una ventaja y ahora los catalanes, que no quisieron un régimen foralista, ahora hacen un ejercicio recurrente de tensión financiera.

¿Qué pasaría si Cataluña es independiente?

Tendríamos que hacer un ejercicio ucrónico que no tiene visos de verosimilitud: que Cataluña sea independiente es física y metafísicamente imposible en el contexto en que estamos. Eso llevaría a un empobrecimiento de Cataluña. Yo lo plantearía al revés: ¿Qué ventajas tiene su independencia?

No tiene buen criterio de los gobernantes.

Los gobernantes son poco ilustrados y la sociedad, poco sensible. España ha tenido un gravísimo problema en los últimos cuarenta años: la autodestrucción de España identificando España con un determinado régimen político que se ha liquidado hace más de cuatro décadas. Para romper el régimen del que todos los entonces vivos habíamos formado parte, con mejor o peor aceptación, se empezó a negar España. La palabra fue proscrita. Y también otros términos: patria, por ejemplo.

Pablo Iglesias Turrión, sin embargo, se siente muy patriota.

Sobre nación se han dicho muchas tonterías últimamente. Parece que se ha convocado un concurso de decir barbaridades sobre la nación. La patria, más allá de la emoción, es una realidad. Los que dicen: "Yo no tengo patria", pues bueno, eso no deja de emitir formulaciones eufónicas, que suenan bien. Porque uno paga la Seguridad Social en algún país. La patria es el lugar de la existencia y no hay nadie que no tenga patria. La hayamos elegido o no vamos a procurar que sea la mejor de las posibles.

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