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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El parlamento de Mafeya

Los jefes de la aldea maliense reciben a los militares españoles en una habitación donde autorizan proyectos e intercambian opiniones con los oficiales que proponen desarrollar infraestructuras en colegios y hospitales en el territorio

El parlamento de Mafeya alberto castellano

Llegar a Fegoun desde Koulikoro hasta hace apenas un año se convertía en un largo y tedioso viaje de varias horas pese a que entre ambas localidades hay apenas dos kilómetros de distancia en línea recta. Enmedio, el inmenso río Niger obligaba a bajar hasta Bamako para cruzarlo o utilizar alguno de las ferris que permitía el trasvase de vehículos de una orilla a la otra. Desde principios de este año, estas dos localidades se dan la mano gracias a la cooperación internacional. China construyó un puente que permite reducir aquel trayecto que llevaba mínimo tres horas de ida y otras tanta de vuelta a poco más de media hora en cada sentido. El país asiático se encarga desde hace años de que las infraestructuras del país mejoren, con perfectas carreteras alquitranadas e iluminadas. Y en este contexto trabajan también las fuerzas armadas españolas. Entre los objetivos de la misión EUTM Malí de la Unión Europea, en la que ha participado durante los últimos seis meses un contingente del Canarias 50 formando a militares malienses para combatir el terrorismo y los conflictos interétnicos, están las misiones civico militares (Cimic) para mejorar las condiciones de vida de los pueblos, sobre todo en materia de educación y sanidad.

Es en Fegoun donde decenas de persona esperan impacientes la apertura de las nuevas aulas del colegio. El fervor con el que se celebra la buena nueva se hace patente desde que se abren las puertas de los vehículos blindados en los que se mueven los militares españoles. Enmedio de la nada, en un campo donde apenas se levantan cuatro o cinco edificios al que se llega por una carretera de tierra roja, el jolgorio recibe a los componentes del destacamento desplazado a Malí para agradecerles la construcción de tres nuevas clases. Los niños, así, podrán abandonar la escuela construida en adobe, que además amenaza con derruirse de un momento a otro, por unos inmuebles de bloques que les darán cobijo durante la temporada de lluvias y de las altas temperaturas.

La música no cesa en una fiesta a la que acuden los vecinos de las aldeas cercanas. Dentro de un círculo creado por chiquillos y mayores, los más jóvenes tocan, cantan y bailan acompañando los disfraces de animales que portan la bandera española como muestra de agradecimiento. "Es muy importante para ellos, significa mucho", asegura Modibo Ballo, que desde 2013 trabaja como interprete para los españoles. Ballo afirma que los lugareños están "muy contentos" con la llegada del Ejército español, quienes han generado seguridad en la zona. "Tienen más relación con la población, ellos intentan hablar nuestro idioma y eso es importante para nosotros", dice, refiriéndose a una cualidad que en Malí atribuyen a los españoles y los diferencia del resto de ejércitos europeos que participan en la misión: la cercanía. "Es muy importante tener buena relación con la población y las autoridades", apunta el comandante Ernesto Pérez, quien añade: "Desarrollar actividades de apoyo a la población nos ayuda a mejorar sus condiciones y a ganarnos su simpatía y sus corazones. Para eso el soldado español es especialmente bueno y siempre nos lo reconocen". "Te das cuenta de que te aprecian y te quieren", indica el subteniente Manuel García Vicente, encargado del equipo de cooperación civico militar y quien ve de primera mano cómo el trabajo financiado por el Ministerio de Defensa se ve reflejado en la mejora de las infraestructuras.

García Vicente explica que si bien su labor es una de las más gratificantes, a veces se tropieza con la burocracia. "Son muy reacios a uniformes, más cuando no son de su país", aunque apostilla que "lo cierto es que con el tiempo te los vas ganando por nuestro carácter latino, la manera en la que lo tratamos y se van dando cuenta de que estamos aquí para ayudarles".

La inauguración del colegio supone un día festivo que se alarga durante horas. No obstante, la educación es primordial para los malienses. "Creen, piensan y tienen razón que desde la base, desde los más pequeños, impulsando la educación es como van a conseguir que el país salga adelante y que todos esos conflictos étnicos que existen se puedan resolver con el tiempo", apunta el subteniente. Esa importancia se ve reflejada en Mafeya, un aldea dividida por la carretera RN-27 que conecta Bamako y Koulikoro con el norte del país. En este pueblo el tiempo se paró hace unas décadas o unos siglos. Los teléfonos móviles y las placas solares son las únicas referencias que recuerdan que estamos en el siglo XXI. El resto, casas de adobe, pozos para sacar el agua y una sociedad estructurada alrededor de la ganadería y la agricultura sin mecanización alguna nos sitúa en el pasado más remoto. Pese a esa apariencia de pueblo anclado, las polvorientas calles están desiertas de niños a las once de la mañana. Todos están el colegio. Todos excepto uno. Un pequeño de unos diez años sordomudo. "Tiene que ir al colegio; él también puede aprender pese a no hablar ni oir", pide casi encarecidamente Manuel García Vicente a los jefes del poblado, quienes se reúnen en lo que denominan "el parlamento", una habitación en la que se guarecen del fuerte sol y en la que todos tienen voz, desde el más joven hasta el más mayor; una voz que es respetada por todos con un silencio sepulcral en cuanto uno de ellos la alza. En el "parlamento" de Mafeya es donde García Vicente solicita permiso para poder visitar la aldea, fundada hace ya más de 500 años, y les informa de las mejoras que va a realizar el Ejército español. En esta ocasión, la misión civico militar está centrada en la sanidad, en algo tan simple como aportar paneles solares con el que poder dar energía al centro de salud para que las mujeres puedan parir con unos mínimo de sanidad y seguridad.

Fatumata Kané, de 29 años, es la única doctora del pueblo. De éste y de otros cuatro más que hay en varios kilómetros a la redonda. Ella atiende a todo aquel que se aqueja de algo en una sala que se presupone que algún día estuvo pintada de blanco, pero que el color de la tierra se ha adueñado de las paredes y en el que las termitas ya han dado cuenta de sus ansias por reducir la madera a un fino polvo. En esa sala, en la que unos pocos medicamentos adornan las estanterías, Kané también duerme sobre un colchón tirado en el suelo a la espera de que llegue algún enfermo. Cuenta que durante los últimos cinco meses ha asistido 28 partos sobre una rudimentaria mesa de madera tapada parcialmente por un mantel adornado por manzanas. Es ahí donde nacen los bebés de Mafeya. "No es un trabajo fácil, es muy duro", comenta en bambara, el idioma local. Por ello, la doctora espera con ansias que las obras del nuevo centro de salud, financiado por el emirato de Qatar, finalicen cuanto antes. "Estoy muy feliz, sobre todo porque hay varias habitaciones y una para los partos con la mesa nueva, que es mucho mejor" que la que utiliza ahora, que en un país desarrollado pasaría por la de cualquier comedor familiar. En ese centro de salud es en el que también trabaja el Ministerio de Defensa aportando los paneles solares con los que poder dar luz a los nacimientos. Y es que la baja calidad de la sanidad es uno de los principales problemas de Malí, sobre todo para luchar contra el paludismo, la conocida malaria, como apunta el subteniente Manuel García Vicente. Pone como ejemplo que el 50% de la población de Koulikoro lo ha padecido. "El 97% de los pacientes que acuden al centro de salud para hacerse la prueba del paludismo dan positivo", apostilla el subteniente, quien explica que es entonces cuando se le tiene que realizar un tratamiento de choque aunque en algunos casos apenas cuentan con material de laboratorio suficiente para ello.

Y a pocos metros del futuro centro de salud, el sonido de las aulas del colegio de Mafeya. Alrededor de un pozo construido por el gobierno japonés se alzan dos edificios. A un lado, la educación primaria de los más pequeños. Al otro, aquellos que se preparan en la educación secundaria. En total, más de 400 alumnos entre 6 y 14 años, 11 profesores y nueve cursos. "Muchos vienen desde otros pueblos, comen aquí lo lunes, martes y viernes se van a sus casas; eso supone un alivio económico para sus padres", indica el teniente del Canarias 50 Francisco José Aguilocho. Uno de los profesores apunta que las familias se preocupan porque reciban la mejor educación. "Ellos conocen la importancia de la formación para el futuro de sus hijos y todos los envían al colegio", indica Senou Sougoré, director del primer ciclo. El gran inconveniente con el que se encuentran tiene nombre: el mencionado paludismo. "Durante todo el curso unos 20 alumnos lo contraen", declara el docente en inglés, lo que conlleva a su vez a que tengan fuertes brotes que les impiden asistir a las clases. Pese a ese inconveniente, consiguen que el 30% de los 400 alumnos que ahora se forman en las aulas lleguen a la Universidad que es gratuita, como recalca el sargento primero del equipo de cooperación civico militar del Ejército, Luis Sánchez.

Durante la charla que mantienen docentes y militares, estos últimos hacen saber que tienen conocimiento de que quieren que se construya un muro para separar el colegio de la carretera principal, donde pasan a toda velocidad camionetas cargadas hasta las topes y alguna que otra motocicleta con el consiguiente peligro de atropello que ello significa. "Les hemos dicho que sabemos de la necesidad del muro, pero que de momento lo tenemos aparte porque el agua potable es una prioridad y tenemos que repartir los proyectos en otros pueblos". El agua, la educación y la sanidad, tres pilares donde España trabaja con más de 60 proyectos durante los últimos seis años para conseguir que Malí no sólo reciba formación para conseguir que sus militares recobren la estabilidad a un país cada vez más asediado por el terrorismo, los conflictos entre etnias y el cambio climático, que está desplazando a los habitantes del norte hacia el sur ante el avance del desierto; sino también mediante el desarrollo de las necesidades básicas y elementales que escasean en uno de los pueblos más pobres del mundo.

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