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MEMORIAS GASTRONÓMICAS

“Yo nací cambullonera”

Mary Sánchez, una de las mujeres folclóricas más internacionales de nuestra historia. Escucharla junto a un timple es para un grancanario el mayor orgullo

“Yo nací cambullonera”

“Yo nací cambullonera”

Mujer de voz singular, de carácter y raíces, de salitre en la piel y de vivir descalza, hoy en día sigue saliendo todos los días por esa playa que la vio nacer y crecer. Verla todos los días es sentirse muy afortunada. Ella es Mary Sánchez, una de las mujeres folclóricas más internacionales de nuestra historia. Escucharla junto a un timple es para un grancanario el mayor orgullo. Nació en la playa y la playa la verá morir.

¿Dónde nació?

Nací en El Refugio, en pleno istmo de la península de la Isleta. Soy isletera, nacida en la calle Salvador Cuyás, número 11, en plena playa. Tanto es así que aún recuerdo cuando el agua entraba en casa y teníamos que sacarla a cubos. Nuestra casa era una casa terrera que siempre, siempre tenía las puertas y ventanas abiertas, porque el salitre entraba en toda ella. Era increíble. Pero no éramos de ninguna parte, ni de la isla grande ni de la isla chica, y más cuando el nivel del mar subía.

¿Y cuándo?

Nací un 4 de agosto de 1934. Este año, si dios quiere, cumpliré 87 años, y sigo batallando.

¿Con quién vivía?

En nuestra casa terrera, con mis padres y con mis ocho hermanos. Yo fui la sexta. Mis abuelos maternos vivían frente a nuestra casa.

¿A qué se dedicaban sus padres?

Yo nací cambullonera. Soy hija de un cambullonero, Santiago Sánchez, y de una mujer que hacia cigarros puros con sus manos en la Tabaquera La Regional, Lolita Ramírez. Mi madre era una gran luchadora, una mujer de arrastre.

¿Su infancia fue dura?

Seguramente sí, porque no teníamos de todo y pasábamos desconsuelo. Yo era pequeña, estábamos en la Guerra Civil y la posguerra. Nunca pasamos hambre ni falta de comida, mis padres trabajaban para que nunca faltara el plato en la mesa. Mi padre era todo un buscavidas. De esa época tengo miles de anécdotas.

Cuéntenos alguna.

Cuando probé el whisky por primera vez, ¡vaya sofoco pasé! Le habían traído una botella a mi padre para que la guardara, y mi hermano el mayor se enteró y me decía: ‘María Dolores, tráeme la botella’. Yo no quería, pero termine accediendo. Y así varias y varias veces. Hasta que en uno de esos ir y venir cogí a pulso la botella y me eché un trago. Me entró un sofoco horrible. Mi padre llegó al poco y me tuvo que sacar a la marea a coger fresco. Cosas de niños, yo veía a mi hermano y no lo pensé.

Sabemos que canta de bien desde pequeña pero, ¿había algún cantante ya en su familia?

Mi madre cantaba con mucho sentimiento o al menos así lo recuerdo. Me llegaron a contar que yo lloraba; me causaba mucho sentimiento escucharla. Recuerdo cuando se ponía a cantar unas folias o al dolor de unas malagueñas... a mí se me encogía el corazón. Aún recuerdo ver a mi padre cogiendo la guitarra para acompañarla. Él no sabía mucho, pero sí lo justo para montar un buen tenderete.

¿Qué comidas recuerda de esos tenderetes?

Nunca podían faltar en la mesa el ron y las jareas, que en aquella época eran el enyesque habitual cuando se ponían a cantar y mi padre cogía la guitarra.

Cierto es que aquella época fue difícil. ¿Hay algún plato que recuerde? ¿Quién cocinaba?

Aunque era una época de escasez, en nuestra casa siempre teníamos carne fresca, leche o huevos. En la misma casa criábamos conejos, cabras y gallinas y en nuestra misma casa y como algo normal se mataban, pasaba en todas las casas de esa época. Mi padre iba y venía con su carro. Salía por la mañana en dirección al puerto para hacer sus ventas y alguna vez traía galletas o jamón. Tenía la suerte de tener a mi madre y ella siempre cocinaba. Algún día mi abuela materna, que vivía frente a nuestra casa. Aún recuerdo ver a mi madre en la cocina preparando esa carne con papas o el sancocho que después todos comíamos.

¿Ayudaba en la cocina?

Realmente no o muy poco. Ya con apenas 10 años andaba cantando en fiestas populares, reuniones de vecinos y en la emisora de radio, y poco más adelante solo iba al colegio y cantaba.

¿Cuándo empezó a cantar sobre los escenarios?

Donde primero actué fue en la iglesia de San Pedro porque mi madre me llevó engañada. Había un festival donde cantaban muchos artistas. Yo tendría unos 12 o 13 años. Nunca me creí una gran cantante; recuerdo que cuando cantaba en mi casa la gente pasaba por la puerta y aplaudía y mi madre me decía ‘mira cómo te aplaude la gente, qué bien cantas Mary’. Yo le respondía: ‘Sí, sí, mamá… sí, todo lo que tú quieras, pero no me lleves a un escenario”.

Empezó a cantar por las fiestas pero, ¿cuándo pasó a ser Mary Sánchez?

Cuando pequeña, para todo el mundo era María Dolores. Pasé a llamarme Mary Sánchez a principios de los años 50. Néstor Álamo, un gran compositor de la época, me descubre y comienza a crear para mí muchas de las piezas que hoy son las más conocidas de mi repertorio. Él se convirtió en mi protector y mentor artístico, y a los 16 años me presentaron en sociedad en el Teatro Pérez Galdós donde se organizó un recital. Hablamos de 1953. Tuvo gran éxito, sin precedentes, tuve que llegar a repetir cuatro veces porque el público lo pedía. A partir de ahí me pusieron el apodo de la voz de la isla y, a partir de aquí, fue un no parar por Canarias. Hasta que decidimos marchar a hacer las Américas, así decían.

Durante muchos años no paró de ir y venir. ¿Qué paso cuando se marchó a hacer las Américas?

Mira, mi madre nunca me dejo sola, ¡era peor que la madre de la Pantoja! (sonriendo). A los 21 años pensamos ir a Venezuela, y mi hermano Reinaldo nos acompañaría, pero ella no me dejaba marchar si no me casaba. Nos tuvimos que casar Maso y yo para poder viajar.

Visitó tantos países... ¿Se adaptó a las comida de todos esos lugares?

Gracias a dios que me gusta todo y no tuve problemas para adaptarme a las comidas de los distintos países. Por ejemplo, tuve la suerte de que en Venezuela había muchos canarios. Vivíamos en hoteles y de un lugar a otro. Después de Venezuela nos fuimos a Colombia, Uruguay… Estar tantos años viajando por el mundo me hizo no tener problemas con la comida; me atrevía a probar todo, pero también es verdad que siempre encontrábamos canarios por todo el mundo.

Cuando volvía a Gran Canaria, ¿dónde vivía?

Vivimos toda la vida con mi suegra y cuñada. Gracias a ellas, que me cuidaban a mis hijas, pudimos seguir viajando. Fue muy duro dejar a mi hija atrás, estuve casi tres años fuera y al volver llamaba mamá a mi suegra. Se me partió el corazón y ese mismo día le dije a mi marido que no volvería a estar tanto tiempo fuera de la isla. Serían a partir de ahora viajes más cortos.

Cuando estaba en casa y en familia, ¿quién cocinaba?

Debo reconocer que no me gusta nada la cocina, además, me pone muy nerviosa, pero cocino. Si te refieres a aquella época, mi suegra cocinaba para nosotros y eso nos permitía salir a trabajar. Éramos los que traíamos el dinero a casa. Recuerdo ese rancho canario que nos cocinaba o la carne compuesta.

Después de sus 36 años decidió estar más en casa y en 2015 se retiró. ¿A qué se dedica hoy por hoy?

Con 36 años perdí a mi suegra que tanto y tanto me había ayudado y, aunque tenía a mi cuñada, tenía que estar más en casa para cuidar a mi mayor tesoro, mis hijas, María Elena, María Dolores y Virginia, y en 2015 ya decidí retirarme de los escenarios porque la edad no perdona y quería dejar un buen recuerdo de mi trabajo. A partir de ahí me he dedicado al cien por cien a cuidar a mi familia, a estar con mis hijas y nietos, a pasear cada día por nuestra playa de Las Canteras y a disfrutar cada vez que vienen mis hijas a comer, que hago yo la comida y los potajes me quedan increíbles, según dicen ellas.

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