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monarquías en ascuas

Tormenta real

La popularidad de la Corona británica se ha mantenido gracias a Isabel II, pero la situación será diferente tras su desaparición - La identificación de los jóvenes con Enrique y Meghan pone en cuestión el porvenir de la institución y echa nuevo combustible al debate global sobre la monarquía

La familia real británica al completo, con Enrique y Meghan en el extemo derecho de la imagen.  | DANIEL LEAL-OLIVAS

La familia real británica al completo, con Enrique y Meghan en el extemo derecho de la imagen. | DANIEL LEAL-OLIVAS

El 19 de mayo de 2018 lucía un sol radiante en Windsor. Desde muy temprano, la policía había cortado al tráfico en las calles y miles de personas se apostaban en las aceras para ver pasar a los novios. Enrique y Meghan Markle recibieron una gran ovación cuando, recién casados, se pasearon en coche de caballos entre la multitud. Una boda real perfecta.

“El día en que la monarquía abraza el futuro multicultural de Gran Bretaña”, pregonaba el Daily Mail, que echaba las campanas al vuelo. Los duques de Sussex “reflejan verdaderamente a la Gran Bretaña moderna”. “Las personas birraciales —proseguía el tabloide ultraconservador— son el grupo étnico que más rápidamente crece en el país, pero pueden a veces sentirse marginadas e incomprendidas. Tener a alguien como Meghan hablando de esos asuntos puede ser lo que hace falta”.

Seguramente hacía falta, pero cuando finalmente Meghan ha hablado de “esos asuntos”, lo último que ha recibido de la familia real o de la prensa como el Mail son parabienes y mensajes de agradecimiento.

La brutalidad y rapidez de la ruptura entre los Sussex con la institución monárquica ha sido un reflejo de los tiempos que corren. La interpretación de la reciente entrevista de Oprah Winfrey ha mostrado la brecha generacional a la hora de valorar lo dicho en ella. Un “así es, si así os parece”, porque cada cual ha sacado las conclusiones que ha querido.

Los defensores de la pareja han visto confirmadas las sospechas de racismo, de incomprensión con los problemas de salud mental y la incapacidad de la monarquía británica de acoger a los que llegan nuevos a “La Firma”, como ya ocurriera con la princesa Diana. Pero también se han sentido validados quienes recelaban de las intenciones premeditadas de una estrella menor de la televisión americana; una arribista, pensaron, y no han dado crédito a sus acusaciones de racismo y maltrato psicológico contra la familia real.

Los sondeos han mostrado que en el primer grupo están la mayoría de los norteamericanos y muchos de los jóvenes en el Reino Unido. En el segundo, los británicos de cierta edad, nostálgicos del pasado, aferrados al ejemplo inamovible de una soberana que ya ha cumplido 94 años y lleva 70 en el trono.

En América han alabado a Meghan, Michelle Obama, Hillary Clinton e incluso el presidente Joe Biden. Los asuntos a los que ha aludido la duquesa trascienden su experiencia personal y traumas, reales o fingidos. El semanario británico The Economist apunta a que quizá la más dañada con la entrevista no sea la monarquía sino “la reputación británica de sociedad liberal, tolerante con la diversidad racial”.

Las acusaciones llegan en un momento de confrontación en el Reino Unido, con la revisión crítica del pasado imperial o la relación de grandes personajes históricos con la esclavitud. En los últimos años se han derribado estatuas y se cuestiona el origen colonial de antigüedades guardadas en los museos.

La monarquía atrapada

El historiador británico Simon Schama, profesor de la Universidad de Columbia, cree que “todo es un asunto de crisis de identidad”. Schama ha hablado en el New Yorker de la polarización sufrida con el brexit y de cómo la unidad del Reino Unido se ve amenazada por la posibilidad de un referéndum de independencia en Escocia. “Hay una especie de neurosis nacional, que normalmente aplacaría la monarquía. Pero la monarquía está atrapada, tratando de hacer dos cosas contradictorias —señala Schama—. Para calmar una crisis nacional debe ser una institución intemporal, pero para la gente joven británica en particular debe ser una institución de nuestro tiempo”.

En un sondeo de Opinium publicado por el dominical The Observer, el 46% de los consultados cree que la familia real ha sido racista “en los últimos años”. La mayoría, un 55%, piensa que el Reino Unido debe seguir siendo una monarquía, pero esa aceptación ha caído seis puntos desde noviembre de 2019.

Crisis y escándalos

Una vez pasada la primera avalancha de reacciones al talk-show de Oprah Winfrey, empieza a haber consenso de que —por el momento— la Corona británica no se tambalea. La institución, anteriormente, ya había salvado otras papeletas iguales o peores.

Estos días se compara exageradamente la espantada de Enrique y Meghan con la abdicación en 1936 de Eduardo VIII por Wallis Simpson. Aquel fue un terremoto que trastocó la línea de sucesión al trono, algo que ahora no está en cuestión. La propia boda de Isabel II suscitó tensiones al haber elegido por esposo a alguien demasiado próximo a la Alemania de Hitler. Las hermanas del duque de Edimburgo estaban casadas con altos oficiales nazis. Hace 25 años, las revelaciones de adulterio de Diana de Gales y la volcánica reacción popular tras su muerte pusieron contra las cuerdas a los Windsor. Los británicos cuestionaron la reacción de la reina Isabel II y la reputación del príncipe Carlos, cuya popularidad nunca ha sido excesiva, quedó destruida.

La última década había discurrido en relativa calma. Guillermo y Catalina han resultado ser una pareja muy aburrida, que se ha amoldado a las exigencias de la institución y a la consigna de lavar los trapos sucios en casa. El escándalo retornó con la entrevista fallida del príncipe Andrés a la BBC, sobre su relación con el pederasta americano Jeffrey Epstein. Quien ha tenido fama de playboy desde sus años universitarios, cuando trabó amistad con Ghislaine Maxwell —inculpada en la red de tráfico de chicas menores de edad—, niega haber mantenido relaciones sexuales con una de las menores del caso. El FBI aún trata de interrogar al hijo de Isabel II, que ha sido apartado de todas las tareas oficiales de la familia real.

Futuro incierto

A pesar de las crisis, la monarquía británica ha mantenido la popularidad década tras década gracias a la figura de la reina. Sin embargo, cuando desaparezca, es de prever que las cosas van a ser muy diferentes. El anacronismo de la institución se cuestionará con más vigor, al igual que se está cuestionando en otros países. De cara a un futuro cercano, el no haber sabido, o no haber querido, encontrar un hueco en la familia real para Meghan puede haber sido una oportunidad perdida.

Cómo gestionar una crisis de calibre real


Los comunicados oficiales con membrete ya no impresionan a nadie


01 Asumir los tiempos.


Las monarquías parecen no haberse dado cuenta de la evolución drástica y disruptiva de la creación de la opinión pública. La nueva medida del tiempo es el instante y entran en juego las plataformas, los influencers, los memes. Todo es vibrante, y los comunicados oficiales en papel con membrete ya no impresionan a nadie. Para ser percibido como una institución actual hay que abandonar las estrategias basadas en el vasallaje. 


02 Mi reino por un buen análisis.


Toda estrategia de comunicación está basada en un diagnóstico que identifica el problema, calibra los daños, mide la correlación del sistema de actores - a favor y en contra-, y diseña los posibles escenarios. A partir de estos básicos, se traza un plan para poner en valor las fortalezas, disminuir las debilidades y, sobre todo, imponer un relato de los hechos favorable.


03 Con datos mucho mejor. 


Ante una crisis reputacional de una institución como la realeza, con derivadas políticas que van más allá de la prensa sensacionalista, urge un buen análisis de la opinión pública, que no es lo mismo que la opinión publicada.


04 Gabinete de crisis.


Es imprescindible formar un grupo especializado que diseñe, dirija y coordine toda la estrategia. Los gabinetes de comunicación al uso no suelen disponer de las herramientas para gestionar una crisis reputacional, así que de forma coyuntural se creará un órgano ad hoc. 


05 Comunicación interna.


En una institución con tantos miembros como los Windsor, el peligro de las voces/opiniones/relatos variados y contradictorios es evidente. En comunicación de crisis se debe seguir un único relato apoyado on the record y off the record por todos los implicados.


06 Un portavoz público.


A pesar de que existan muchas voces autorizadas, ha de haber un portavoz identificable. Ante varias versiones, impondrá la oficial. Suelen ser perfiles profesionales, con poca importancia en la institución, para que pueda ser cesado en caso de necesidad, sin que ello afecte al núcleo dirigente.


07 Decir siempre la verdad.


Omitir un detalle, dar una versión con medias verdades o decir una mentira puede dar al traste con los esfuerzos.


08 Ser accesible.


Las casas reales pecan de inaccesibilidad. En comunicación, “no comunicar es imposible”, como decía el teórico Watzlawick, porque cuando una institución no emite, está comunicando mal. Esto se agrava en comunicación de crisis, donde los silencios son interpretados como la voluntad de esconder algo. 


09 Control de daños.


Una vez trascurrido el momento álgido de la crisis, el gabinete debe empezar a identificar los daños no reparados. Por eso, es necesario volver a realizar encuestas que determinen el estado de la situación.


10 Rehabilitación reputacional.


Con la información de las encuestas postcrisis y una nueva estrategia a medio y largo plazo, se restaurarán aquellos aspectos que deban ser fortalecidos pasada la tormenta inicial.


VERÓNICA FUMANAL, experta en comunicación política 

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