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La luz de Mafasca

La luz de Mafasca La Provincia

San Borondón, el jardín de las hespérides o la mitología aborigen no son las únicas leyendas que tenemos en Canarias. En Fuerteventura se han documentado numerosos casos de personas que han sido testigos de la luz de Mafasca o luz del carnero. Es el historiador Antonio de Viana (ca. 1578-1650), quien narra la historia completa de cómo pudo originarse la leyenda. Cuenta que llegó a Jandía procedente de Sevilla, una señora acompañada de dos lacayos. Uno de estos sirvientes, Pedro Arias, salió de excursión y se encontró con una joven pastora. Intentó saludarla, pero ella rápidamente le ignoró, gesto que no hizo gracia a Pedro, quien la agarró fuertemente de la mano. La pastora lo miró fijamente y le dijo «tu falta merece pena de muerte. No sabes cuán grande es mi poderío. Para que lo entiendas, convertiré esta piedra en ciervo y luego al ciervo en manantial». Así lo hizo, y desde entonces esa montaña se llama Barranco del Ciervo. La pastora no tardó en convertir a Pedro en una gaviota que, posteriormente, desterró al reino de Majorata. Al llegar a su destino, se volvió a convertir en hombre y, hambriento, decidió degollar a un ovejo, un carnero viejo. Cuando se dispuso a cocinarlo se dio cuenta de que no tenía leña así que cargó al carnero y caminó hasta la Cruz de los Caídos, allí tomó una cruz de madera e hizo con ella un fuego en el que asó al animal. La Cruz de los Caídos fue el lugar en el que las comitivas fúnebres descansaban hacia su camino al cementerio de Antigua. Después de comerse al animal, la pastora apareció de nuevo en sus sueños y le dijo: «Primero profanaste el templo de la hospitalidad; ahora profanas un símbolo piadoso (la cruz). Morirás y después de muerto penarás en estos lugares en figura de ovejo hasta que consigas purificarte». Así, el espíritu de Pedro debía vagar por la isla hasta que su alma pudiera liberarse y esto lo haría en forma de luz o de ovejo. Un conocido testigo es el majorero Domingo Alberto Brito que le contó al periodista José Gregorio González que la luz le acompañó una noche durante más de dos horas en su camino desde Betancuria hasta Antigua. Al llegar a su destino, Brito le dio una patada a la luz y esta estalló, pareciendo haberse hecho de día. Este se asustó, entró corriendo en su casa y nunca más volvió a ver la luz.

El historiador Pedro Cullen del Castillo (1900 – 1982), recopiló información sobre los testimonios de los vecinos de Fuerteventura, quienes, según Cullen, compartían una historia casi unánime. La describían como una llama breve que flotaba en el aire a gran velocidad, rebotando sin control, asustando a los testigos y a sus camellos y burros en los que viajaban. La leyenda, al igual que muchas otras, está basada en testimonios orales, relatos que se han transmitido de generación en generación, por eso resulta curioso las pocas variaciones que ha sufrido a lo largo de tantos años.

La explicación que se le ha intentado dar ha sido la de los fuegos fatuos, un fenómeno en el que ciertas materias son inflamadas, procedentes de vegetales o animales en putrefacción, los cuales forman pequeñas llamas que arden a escasa distancia de la superficie. Existen otras leyendas similares como la de las luces del valle de Hessdalen en Noruega, las luces Min Min en Australia o las de Marfa en Estados Unidos.

Los testimonios de la luz de Mafasca se cuentan por cientos, pero dicen que desde que llegó la electricidad a la isla, los avistamientos han decrecido drásticamente. Mientras unos lo asocian a la iluminación, otros creen que Pedro consiguió, finalmente, purificar su alma, rompiendo así la maldición de la pastora.

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