La película maldita del cine español

La muerte del director Claudio Guerín cuando rodaba ‘La campana del infierno’ en Galicia reavivó una vieja leyenda

Se cayó de lo alto de una iglesia, un castigo por acabar una de sus torres según una supuesta maldición

Fachada occidental de la iglesia de San Martiño de Noia (A Coruña), con la torre inacabada.

Fachada occidental de la iglesia de San Martiño de Noia (A Coruña), con la torre inacabada. / LP/DLP

Alberto Leyenda

El director Claudio Guerín Hill llegó a Galicia en el invierno de 1973 buscando los paisajes tenebrosos que le diesen el ambiente adecuado a su película más ambiciosa. La campana del infierno era una coproducción hispano-francesa que pretendía llevar el género de terror a un terreno más sutil del que se estilaba en la época en España. El cineasta encontró en tierras gallegas lo que buscaba a nivel creativo, pero sobre todo dejó, en palabras del guionista del filme y testigo Santiago Moncada, una «imagen espantosa»: la de su propio cuerpo ensangrentado junto a la iglesia de San Martiño en la localidad coruñesa de Noia. Desde entonces, esa película es considerada como «la más maldita del cine español»; su leyenda negra no desmerece a la de los clásicos hollywoodienses de este tipo de listados, como La semilla del diablo o Poltergeist.

Aquel 16 de febrero de 1973 era el último día de rodaje en Galicia. Luego el equipo se trasladaría a Madrid para grabar unas pocas escenas más. Guerín, entonces de 34 años, estaba encaramado en la zona superior de la fachada del imponente templo gótico, a unos 20 metros de altura. La portada principal de San Martiño está inacabada, ya que la torre de la nave de la epístola nunca se terminó. Pero el guion exigía obras en esa estructura para la macabra escena clave de la película, así que se levantó en escayola un campanario inexistente en la realidad y quedaron a la vista los andamios. «Dios nos sigue hablando a través de sus campanas», dice el cura en esa secuencia, una frase que cobra un cariz aún más lúgubre a tenor de los hechos.

Guerín se estaba moviendo por una pasarela en dirección a la parte reconstruida cuando se precipitó al vacío, ante el gentío reunido en la plaza de O Tapial para observar el rodaje. En su caída, forzó el gesto para evitar el impacto contra la verja de la entrada del templo. Pero el golpe contra el suelo resultó fatídico: murió de camino al hospital de Santiago.

El suceso se abordó con amplitud en la prensa de la época, tal y como recopila en el libro Memoria do franquismo el historiador local y catedrático Xerardo Agrafoxo. La hipótesis que se afianzó fue la del accidente. Familiares de Guerín que se desplazaron a Galicia contaron que el hombre padecía vértigo; fuentes de su equipo apuntaron, además, que estaba agotado por las exigencias del rodaje en los días previos. Un simple tropezón habría propiciado la caída.

Sin embargo, alrededor de la muerte del joven director había demasiados elementos colaterales como para que el asunto se zanjase tan rápido. Circularon versiones alternativas —el suicido—, rumores —que la caída estaba guionizada y que corría a cargo de un especialista— y también apareció en escena una extraña maldición: todo aquel que intentase completar el templo estaba condenado a la muerte. «El destino ya barajó tus cartas», le advierte un personaje de La campana del infierno al protagonista, que replica: «Sí, pero las jugaré yo». Un diálogo que también alimenta lecturas malditas.

En cuanto a la hipótesis de que el cineasta decidiese acabar con su vida, no mantenía demasiados adeptos públicamente, hasta que el crítico y exdirector del Festival de San Sebastián Diego Galán publicó en 2006 su biografía sobre la directora Pilar Miró, Nadie me enseñó a vivir. Según narra, Miró, que por entonces mantenía una relación con Guerín, acudió a Noia días después de la muerte y pidió subir a la torre, desde la que habría pronunciado: «¿Por qué te tuviste que suicidar, Claudio querido?»

La alternativa de la maldición ha quedado en el imaginario colectivo de Noia en estas décadas, y también en los círculos de seguidores del cine de terror. La leyenda narra que la iglesia de San Martiño, consagrada en 1434, nunca llegó a terminarse porque nadie hizo frente a la amenaza de fallecer en el intento, después de las muertes del maestro cantero y de su hijo. Guerín, con su propósito de levantar un segundo campanario para la película, habría sufrido la imprecación medieval.

Pero, ¿cuál es el motivo de semejante castigo? Una explicación apunta a que la majestuosidad de San Martiño había desatado los recelos de la élite eclesiástica de Santiago de Compostela, que no podían consentir que un templo tan cercano rivalizase con la catedral. No hay, sin embargo, constancia documental para sustentar tal idea. Si se aplica la navaja de Ockham, —en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable—, lo más factible es que la iglesia no se remató por falta de financiación, como ha ocurrido con tantos templos. Los historiadores locales, como el citado Agrafoxo, tampoco han encontrado referencias anteriores a la maldición.

Es decir, parece que la trágica muerte de Claudio Guerín sirvió para galvanizar un relato que permanecía de manera nebulosa en la memoria colectiva noiense y que servía para explicar la asimetría de su templo principal, uno de los mejores ejemplos del gótico marinero gallego. Es la hipótesis del guionista e ilustrador sevillano Javier Prado, que devolvió a la palestra el suceso con un hilo de Twitter. Prado, autor de Monstruos ibéricos: ogros y asustaniños españoles, conoció la historia porque el cineasta era primo de una de sus abuelas.

Una película extraña e inquietante

La campana del infierno, disponible en la plataforma Filmin, cuenta la historia de un joven de familia rica que sale de un psiquiátrico para vengarse de su tía —que administra la herencia que le dejó su madre— y de sus tres primas, con las que mantiene una turbia tensión sexual. Su venganza comienza con bromas pesadas, pero el juego va in crescendo en perversidad.

Con los paisajes del castillo de Santa Cruz, acantilados atlánticos, el rural gallego y Noia como telón de fondo, es una película extraña, «deslavazada», según la definió su guionista y amigo de Guerín, Santiago Moncada. Las últimas escenas las rodó el director Juan Antonio Bardem y luego se procedió a un montaje que resultó una pesadilla. El problema es que Guerín, que había rodado 3.000 metros de cinta, se había cuidado de contarle a nadie cómo quería armar el puzle. Él mismo, en declaraciones a la prensa durante el rodaje, había comentado que la obra sería «una gran pieza de relojería que exigía una gran precisión narrativa». Pero como solo él conocía los engranajes, el mecanismo tiene un funcionamiento renqueante.

La cinta fue abucheada en el Festival de San Sebastián y su paso por las salas españolas fue discreto. Tuvo algo más de éxito en Estados Unidos y en Francia, donde, a diferencia de España, ha sido editada en DVD. Pese a todo, la película contiene recursos narrativos y visuales que demuestran las condiciones de Guerín, por entonces gran promesa del cine español. El cineasta exhibe influencias surrealistas y capacidad de riesgo tanto estética como argumental. Su muerte, en cambio, ha impedido calibrar hasta dónde podría haber llegado. Como afirma uno de sus personajes en otra de esas frases que a posteriori resuenan más inquietantes, «en todas las tragedias tiene que haber una víctima inocente».