Lengua

Anglicismos o no, he ahí la cuestión

La globalización y un mayor dominio del inglés son los principales factores que potencian el uso de vocablos en inglés ya no sólo en el ámbito empresarial, sino también en la calle

Anglicismos.

Anglicismos. / Simón Espinosa

Ágatha de Santos

Hoy tenemos las agendas llenas de 'meetings' (reuniones) y 'calls' (llamadas); hablamos de CEO (presidente o director) y 'freelances' (autónomos); mandamos un montón de 'emails' (correos electrónicos) desde nuestro smartphone (móvil), y cada vez compramos más 'on line' (en línea, por internet). Ahora no hacemos un descanso para el café, sino un 'coffe break', trabajamos en 'marketing' y no en mercadotecnia y hacemos 'training' (entrenamiento) con un 'coach' (entrenador). En los escaparates cada vez hay más 'sales' (rebajas) y en los espectáculos se cuelgan carteles de 'sold out'. Los anglicismos están en todas partes. ¿Son todos imprescindibles o los empleamos porque son más 'cool'? ¿Enriquecen o empobrecen nuestro idioma?

Según Inmaculada Anaya Revuelta, profesora del Departamento de Lengua Española y vicedecana de Comunicación, Captación y Diversidad da Facultad de Filología y Traducción de la Universidad de Vigo (UVigo), la globalización, la internacionalización del trabajo y un mayor conocimiento del inglés potencian el uso de anglicismos, ya no sólo en ámbitos como el empresarial y el de las comunicaciones, sino también en la calle. “Como me decía hace unos días Olimpia de Andrés, coautora y responsable de la última edición digital del Diccionario del Español Actual (DEA), ‘hemos cogido la manía de hablar en inglés’. Empleamos muchas palabras en inglés porque vivimos en un mundo globalizado y cada vez se entiende y se habla más y mejor ese idioma”.

Este mejor conocimiento de la lengua de Shakespeare hace que incluso haya vocablos ingleses que entendamos mejor que sus equivalentes en castellano, como sucede con 'feeback' (retorno, retroalimentación), 'tablet' (tableta) y 'overbooking' (sobreventa de billetes). “Hace unos años, en un aeropuerto español me dejaron en tierra cuando tenía mi billete avión. Cuando fui a poner la queja hice la prueba de decir por sobreventa de billetes, pero, lógicamente, no me entendieron. ¿Por qué? Porque 'overbooking' es un término que llegó hace tiempo y que se ha instalado, y nadie habla de sobreventa de billetes”, dice.

En ocasiones, la implantación de vocablos en inglés también se debe a una cuestión de economía lingüística –muchos anglicismos son más cortos que sus equivalentes en español– y al pragmatismo que aporta el empleo de un único idioma en las comunicaciones. Y en un mundo donde la cultura anglosajona es casi hegemónica, la lengua llamada a ser considerada universal es la inglesa.

“La cada vez mayor influencia del inglés viene de Estados Unidos y, más concretamente, de la informática y del mundo de los negocios. Las tecnologías han favorecido una gran expansión del conocimiento y de los negocios. Muchos de los anglicismos que han entrado por la vía de los negocios forman parte ya de nuestra lengua común: 'work shop', 'coworking', 'coaching', 'craquer', 'hacker'...”, sostiene la filóloga gaditana afincada en Vigo.

En su opinión, por tanto, el uso de anglicismos no es una cuestión de moda o de ser más 'cool', sino de la evolución de la lengua, que, acorde con la realidad, va cambiado y adaptándose a las necesidades del momento. “Pensemos que muchos de estos términos provienen del lenguaje de internet, de las redes sociales y de las nuevas tecnologías: 'software', 'link', 'chip', 'hacker', bitcoin, 'click', 'spam', 'like', etcétera. En algunas ocasiones no tiene sentido emplear el término en español. Un ejemplo muy claro es tuit, que proviene del verbo 'tweet' (piar). ¿Se imagina a alguien hablando de una ‘piada’ en vez de un tuit?”, explica.

Como el caso de tuit, el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) recoge otras adaptaciones de vocablos en inglés relativamente recientes, como ciberacoso, criptomoneda (de 'cryptocurrency') y puntocom. En algunos casos, se da una convivencia entre la palabra inglesa y la española, como sucede con 'link' y enlace, y con 'like' y ‘me gusta’, que se emplean indistintamente, aunque la gente joven prefiere el término en inglés, como ha constatado la filóloga preguntando a sus estudiantes con motivo de este reportaje.

Para Anaya, el uso de anglicismos no supone un empobrecimiento del idioma. “Sobre esta dicotomía, en líneas generales, creo que el uso de anglicismos no se puede ver como una amenaza para el idioma, sino como una realidad que denota un mayor conocimiento del inglés en nuestro país y un criterio más laxo en la RAE, que ha admitido y sigue admitiendo muchos anglicismos”, afirma.

“En términos generales, el uso de palabras en inglés no es una amenaza para nuestro idioma”

Inmaculada Anaya Revuelta

— Filóloga

Respecto a esto, Paz Battaner, directora del Diccionario de la Lengua Española (DLE) y académica de la RAE, asegura en conversación con Anaya que la discusión en la que se encuentra ahora la Academia no es si acepta o no los anglicismos, sino si adapta la ortografía a la fonética española o si se mantiene la inglesa. Cederrón, clic, táper, jáquer, friqui o friki y fútbol son algunos de los ejemplos de voces inglesas adaptadas a la ortografía de español. Otras como 'software', 'hacker' y 'spam', sin embargo, mantienen su grafía original y han de escribirse, recuerda Anaya, en letra cursiva o bien entre comillas.

“La RAE desde hace tiempo ha dejado de ser prescriptiva para pasar a ser descriptiva, es decir, da menos normas y se muestra más abierta a recoger el habla de la calle, aunque siempre hay voces más puristas que reclaman el uso de la voz en español cuando es posible. El uso de anglicismos no debemos verlo como una amenaza sino como un signo de progreso y de enriquecimiento de nuestra lengua (ahí están las adaptaciones). Para algunos sectores más conservadores, el uso gratuito de anglicismos empobrece el idioma. Para éstos, si existe una palabra o expresión en nuestra lengua que signifique lo mismo que la voz inglesa, ¿por qué no utilizarla?”, afirma.

Anaya reconoce, sin embargo, que el uso de anglicismos también puede suponer una brecha intergeneracional porque, mientras los jóvenes tienen un mayor contacto con el inglés por cuestiones académicas y de ocio y han hecho de este idioma una seña de diferenciación, una parte de la población de más edad no sabe inglés y, por lo tanto, no lo entiende.

Las lenguas, como las sociedades evolucionan. Y la forma en la que los extranjerismos se incorporan al caudal léxico del español, también. A este respecto, la filóloga detalla que hasta la era de internet, los barbarismos entraban por la fonética: la gente hablaba de 'hall' (entrada de la casa) porque había escuchado el término, no porque lo hubiera visto escrito sobre el papel. Hoy, la mayoría de anglicismos entran por la vista. “Aquí también ha habido un cambio muy interesante”, apunta la experta.

El francés, otro gran prestador de palabras

El modo de expresión oral ha favorecido el contacto y posterior adaptación de palabras entre lenguas, por lo que los anglicismos no son un caso excepcional. “Esto ya sucedió con la llegada de galicismos en el siglo XVIII, con la Ilustración y el enciclopedismo francés, el periodo más rico en préstamos del francés y, también, en el XIX”, afirma Inmaculada Anaya. La filóloga explica que de este modo, fueron entrando voces como cabaré ('cabaret'), carné ('carnet'), champán ('champagne'), bulevard ('boulevard'), beis, ('beige'), chalé ('chalet'), garaje ('garaje'), restaurante ('restaurant') y cruasán ('croissant').

El préstamo de voces de otras lenguas tampoco es una cuestión que afecte sólo a nuestro idioma. El inglés también ha adoptado muchas voces de otras lenguas: yoga, shampoo y pijama del hindi; rucksack, kindergarten y delicatesen del alemán; ballet, croissant y baguette del francés; y mosquito, siesta y patio del español.