Turismo | El frágil equilibrio entre ciudadanos y viajeros

Las Islas contra el ‘síndrome de Venecia’

El Ejecutivo prepara una campaña contra los mitos negativos de la ‘industria’ para evitar la ‘turismofobia’

Preocupa el «choque» entre residentes y visitantes

Afluencia de turistas en el Paseo de Las Canteras

Afluencia de turistas en el Paseo de Las Canteras / Juan Castro

Canarias habrá recibido al cabo del año alrededor de 16 millones de turistas. Es muy probable que se bata el récord de afluencia de 2017, cuando el número de visitantes se quedó solo un poco por debajo de esa cifra. Así que la Comunidad Autónoma tiene una población residente de 2,2 millones de personas y una población flotante casi ocho veces mayor. Sin embargo, la relación entre el isleño y el viajero ha sido siempre cordial. Lo ha sido desde finales de la década de los sesenta del siglo pasado, cuando se produjo en el Archipiélago el boom del turismo de masas. Y lo sigue siendo. Un éxito colectivo y un antídoto eficaz contra una turismofobia que sí se ha propagado con virulencia por otros destinos de España, en especial en Cataluña y Baleares. Pero que la región no haya padecido turismofobia –un sentimiento generalizado de rechazo hacia el negocio turístico y, por extensión, hacia el visitante– no la convierte en inmune. Ni muchísimo menos. De hecho, este mismo año se han contado distintos episodios en distintas islas, sobre todo en Tenerife.

Dos ejemplos. En agosto, en un sendero de la Rambla de Castro, que es uno de los atractivos naturales del municipio de Los Realejos, los paseantes se encontraron con un cartel con doble mensaje: el primero, en inglés, decía Beach closed contaminated water –playa cerrada por contaminación del agua–; el segundo, en español, precisaba: Playa abierta. La contaminación son los guiris en masa. Unos meses antes, en mayo, varias decenas de personas se manifestaron en Arona –localidad eminentemente turística– al grito de vete para tu casa, queremos ecotasa; no es turismo, es colonialismo; o el ‘clásico’ tourists go home, el mensaje más repetido en los centenares de carteles y pancartas distribuidos a lo largo y ancho de Venecia. No por nada el síndrome de la enfermedad de la turismofobia es el síndrome de Venecia. Fue allí, en la capital de la región del Véneto –menos de 50.000 habitantes y unos 20 millones de viajeros al año–, donde se detectó el primer brote de aversión por los turistas. Los ciudadanos se sentían desplazados, casi subyugados, por los visitantes. El documental The Venice Syndrome –e incluso el ‘slasher’ Veneciafrenia, de Álex de la Iglesia– muestra la situación.

En Venecia se rompió la convivencia entre los locales y los turistas. Y en Magaluf. Y en la Barceloneta. En Canarias no se ha roto, pero no se ha roto porque, en realidad, nunca hubo una convivencia en sentido estricto. Al contrario: siempre hubo una clara delimitación entre las zonas residenciales y las zonas turísticas. Distintos espacios para quienes vienen a disfrutar de las bondades del Archipiélago y para quienes viven en el Archipiélago. Un equilibrio que hoy es más precario que nunca.

«Cómo vive la ciudad el turista no tiene nada que ver con cómo la vive el residente»

Jessica de León

— Consejera de Turismo del Gobierno de Canarias

El auge de negocios digitales como Airbnb, Booking o VRBO aceleró el proceso de urbanización del turista, cada vez más interesado en experiencias ajenas a la piscina del hotel o del apartamento. El viajero ya no para en un pueblo o una localidad para comer, cenar, disfrutar de sus paisajes o visitar sus museos, sino que se aloja y duerme allí. Alquila una vivienda o un piso vacacional y queda puerta con puerta con el vecino que el lunes ha de levantarse a las siete de la mañana para ir a trabajar. Es la turistificación de las zonas residenciales, esa que, ahora sí, obliga al canario a convivir con el visitante. El choque era, por tanto, inevitable, y de ello dan fe esos episodios, de momento aislados, de turismofobia. «Canarias ha especializado su modelo durante más de treinta años; y ha sido un modelo de éxito en el que los turistas estaban en las zonas turísticas con unos servicios aparejados, pero ahora residen en ciudades». Eso, continúa la consejera de Turismo y Empleo del Gobierno autonómico, Jessica de León, «genera un inevitable choque de convivencia». Al final, ni el síndrome de Venecia ni la turismofobia son fenómenos sociales complejos; más bien al contrario: son hasta predecibles. Y es que nada tienen que ver las circunstancias del isleño y del visitante que se encuentran en el ascensor del mismo edificio. Uno regresa a casa tras la jornada laboral y el otro, en bermudas, vuelve de la playa. Antes el canario iba a su piso en el primero A y el viajero se iba a su hotel o apartamento; pero ahora este último se queda en el primero B.

En definitiva, tal como ahonda la consejera, «el cómo vive la ciudad un turista no tiene nada que ver con cómo la vive un residente, porque el residente seguramente no coja el ascensor a las tres de la mañana, pero el turista sí, y eso pasa todos los días». Al fondo aparece así la cuestión de la vivienda vacacional, pero De León prefiere no señalar directamente a esta actividad como el mayor riesgo de un estallido generalizado de turismofobia. La representante del Ejecutivo regional insiste, eso sí, en ese «inevitable» encontronazo entre viajero y residente, un encontronazo que, en última instancia, «es resultado de la transformación del producto turístico, de las estancias, del cómo se vive la experiencia turística y de lo que todo ello está generando en la población residente».

«Hay que empezar a hablar menos de ‘turismofobia’ y más de ‘turismofilia’»

Jorge Marichal

— Presidente de Ashotel

Más contundente en el análisis de las causas de la turismofobia y del riesgo de turismofobia en las Islas es el presidente de la Asociación Hotelera y Extrahotelera de Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro (Ashotel), Jorge Marichal. El también presidente de la confederación hotelera nacional, la Cehat, recuerda que desde Ashotel llevan «diez años» advirtiendo de los problemas, también sociales, que acarrearía la multiplicación de las viviendas vacacionales. «Ya todos tienen casas o pisos vacacionales», explica el empresario, con lo que se han producido la turistificación de zonas residenciales y, en paralelo, la residencialización de zonas turísticas, que es la otra cara de la moneda. Esto último afecta sobre todo a Gran Canaria, donde un mayor número de apartamentos ha pasado del uso turístico al uso residencial, ya sea para destinarlos para alquiler de larga estancia, para fines particulares o para transformarlos en viviendas vacacionales y obtener así mayores beneficios.

En cualquier caso, también la residencialización de las zonas turísticas es un evidente acicate para el síndrome de Venecia, porque de nuevo se obliga a la convivencia entre unos ciudadanos y unos visitantes con intereses que distan un mundo entre sí. «Desde luego, lo que está claro es que nosotros [los hoteleros] no somos los culpables», ahonda Marichal, que recuerda la contribución que tanto en términos de empleo como de recaudación vía Impuesto General Indirecto Canario (IGIC) hacen el sector turístico en general y el hotelero en particular a la economía y sociedad isleñas. En este sentido, el máximo representante de Ashotel apunta que quizá «hay que empezar a hablar menos de turismofobia y más de turismofilia».

Tanto el presidente de la Asociación de Empresarios Turísticos de Fuerteventura (Asofuer), Antonio Hormiga, como su homóloga de la Asociación Insular de Empresarios de Hoteles y Apartamentos de Lanzarote (Asolan), Susana Pérez, coinciden en lo fundamental con Jorge Marichal. Primero, en que «no se puede demonizar al turismo cuando vivimos del turismo», subraya Hormiga; segundo, en que en estos momentos no puede hablarse de que haya turismofobia en las Islas; y tercero, en que lo anterior no es óbice para reconocer que «sí se están dando condiciones» para que el síndrome de Venecia también alcance al Archipiélago. ¿Y cuáles son esas condiciones, ese caldo de cultivo de la turismofobia? El presidente de Asofuer lo tiene claro: la proliferación del «invento» de la vivienda vacacional y ese «choque inevitable» entre viajero y residente al que aludía la consejera De León. «Cuando cada uno [ciudadano y visitante] estaba en su sitio no pasaba nada; ahora hay una anarquía», enfatiza Hormiga, que pone el ejemplo de la localidad majorera de Corralejo como uno de esos lugares en que hay una seria amenaza de ruptura entre turistas y residentes.

«Cuando cada uno estaba en su sitio no pasaba nada; ahora hay una anarquía»

Antonio Hormiga

— Presidente de Asofuer

Es ese convencimiento de que evitar el contagio de turismofobia pasa de manera inexorable por ordenar y limitar la vivienda vacacional el que lleva a los presidentes de Asofuer y Asolan a valorar la hoja de ruta que al respecto se ha impuesto el Gobierno de Canarias. La consejera de Turismo ya ha adelantado, por un lado, que la ley en que trabajan los técnicos de su departamento «protegerá» a los pequeños propietarios que complementan su renta con el alquiler vacacional, pero, por otro, que no va a gustar a todo el mundo. Hay unas 46.000 viviendas y la friolera de 193.000 plazas –camas– en este tipo de oferta, pero la normativa que las regula –capitidisminuida en los tribunales tras distintos recursos de propietarios afectados– está desfasada a juicio de la consejera, «obsoleta».

«Se está expulsando a gente de sus barrios, por eso el control y la ordenación de las viviendas vacacionales son fundamentales si queremos alejar la turismofobia; solo en Lanzarote hay 7.000», denuncia Susana Pérez, que recuerda la paradoja que en su momento se dio con la coexistencia de la ley de 2013 que solo permitía construir nuevos hoteles si eran de cinco estrellas con la entonces incipiente multiplicación de la oferta de alquiler vacacional. «Hay que poner control, estándares y vigilancia, porque ya no es que estén conviviendo turistas y residentes, es que están malconviviendo», añade la presidenta de Asolan.

Faltan casas

También desde la visión de la patronal, el presidente de la Federación de Empresarios de Hostelería y Turismo (FEHT) de la provincia de Las Palmas, José María Mañaricua, es tajante al afirmar que más allá de «alguna protesta residual en el sur de Tenerife», en Canarias «no existe turismofobia». Pero, además, el representante de la FEHT se desmarca de algún modo de las otras voces del sector al asegurar que él no está por «culpar» a la vivienda vacacional, aún menos en una Comunidad Autónoma «en la que no se han hecho viviendas sociales desde el año 2012». En esta línea, la Asociación Canaria del Alquiler Vacacional (Ascav), que de entrada niega «categóricamente» que esta actividad sea responsable de fenómenos de gentrificación, de la falta de casas para los residentes y aun de «conflictos vecinales» –y, por supuesto, tampoco de la turismofobia–, expone en sus argumentos contra la ley que prepara el Ejecutivo regional que en el Archipiélago «se necesitan de manera imperiosa 46.000 viviendas sociales, y cada año esa necesidad es más acuciante dada la pasividad absoluta a este respecto del Gobierno de Canarias; hace 15 años que no se construye vivienda social».

Al margen de la cuestión inmobiliaria, el presidente de la FEHT considera que si aquí el síndrome de Venecia no se ha generalizado como en, por ejemplo, distintas zonas de Baleares se debe en buena medida a la desestacionalización del turismo. Porque los 16 millones de turistas que vienen cada año a las Islas se reparten en los doce meses, mientras que los millones que se deciden por al archipiélago mediterráneo se concentran en el verano. «La densidad es allí cuatro veces mayor que en Canarias en esos cuatro meses», ahonda Mañaricua. Es decir, que en esos 120 días en Baleares apenas hay distancia entre visitantes y residentes. Los roces son así incontrolables.

Con todo, Jessica de León avanza que en el departamento están ultimando una campaña informativa para «desmontar» los «mitos» negativos asociados a la primera industria regional. Se trata, adelanta la consejera, de que los canarios se conciencien del sinsentido de la turismofobia en un territorio que no solo vive del turismo, sino al que el turismo sacó de pobre. En última instancia, la meta es promover la turismofilia, aquella que nunca faltó cuando el residente regresaba cada noche a su casa en el primero A y el turista, al hotel.

Los «mitos» del motor económico

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La consejera de Turismo y Empleo del Gobierno de Canarias, la popular Jessica de León, está convencida de que las Islas aún están a tiempo –«estamos a tiempo»– de evitar cualquier posible riesgo de contagio de ‘turismofobia’. En primer lugar, tanto su departamento como las otras consejerías implicadas, sobre todo la de Vivienda, que dirige el nacionalista Pablo Rodríguez, trabajan ya en la nueva ley reguladora del alquiler turístico o vacacional. En la Ascav, la asociación de propietarios de estos inmuebles a medio camino entre la vivienda y el negocio del turismo, niegan la mayor y aseguran que nada tiene que ver esta actividad con la ‘turismofobia’, pero lo cierto es que en el Ejecutivo autonómico es mayoritaria la opinión de que el alquiler vacacional es foco de problemas sociales. En cualquier caso, la consejería de De León no va a quedarse solo en la regulación u ordenación de la vivienda vacacional, consciente de que alejar el ‘síndrome de Venecia’ exige mucho más. De entrada, concienciación ciudadana sobre el sinsentido de demonizar al sector del que come la mayoría de los ciudadanos. Para ello se va a poner en marcha una campaña informativa con el objetivo de «desmontar» los «muchos mitos», asegura la consejera, en torno a la primera ‘industria’ regional. El primero, su pretendido carácter depredador de suelo. «Pues bien, en estos momentos consume el 1,8% de todo el territorio», afirma De León.

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Otro de esos mitos generalizados sobre la ‘industria’ turística, expone la representante del Gobierno de Canarias, es ese de que «no genera beneficios para la población residente». Y si hay una Comunidad Autónoma en la que es fácil cuantificar lo que los visitantes dejan durante su estancia, o mejor dicho, lo que dejan en las arcas públicas, esa es el Archipiélago. A diferencia de en Baleares, Cataluña o Andalucía, donde lo recaudado por el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) va a la caja común del Estado, lo que en el Archipiélago genera el Impuesto General Indirecto Canario (IGIC) se queda en las arcas autonómicas. Un IGIC que también abonan todos los turistas cuando pagan la cena en un restaurante, la entrada para un parque de atracciones o la cerveza en el chiringuito de la playa. Y esto de manera directa, es decir, sin incluir lo que las empresas del sector, como los hoteles, pagan por el IBI o en el mismo Impuesto sobre Sociedades. Por cierto, el 58% de lo que se recauda por IGIC se transfiere a los municipios, que en última instancia son los que soportan la ‘presión’ del turismo sobre sus servicios públicos. Es una compensación, por decirlo de algún modo, con la que no cuentan las localidades de, por ejemplo, Baleares.

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La aportación del sector turístico al empleo en la Comunidad Autónoma es incontestable, pero en ocasiones se orilla por los problemas para una redistribución de la renta más equitativa, lo cual no es un mal únicamente achacable al turismo, ni mucho menos. La actividad da trabajo directo a unas 340.000 personas en Canarias. Y eso solo de forma directa. L sostenibilidad Comunidades circulares Además, la consejera cree que la campaña de sensibilización, y los mismos hoteles, deben poner en valor iniciativas medioambientales que pasan desapercibidas. «En Tenerife hay una comunidad de hoteles circulares donde se ha conseguido reducir la generación de residuos en hasta el 35%. Ese residuo se convierte en compost que llega al sector primario y que este utiliza en sus cultivos, donde se genera la producción que luego el hotelero le compra», dice De León.

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Otro mito, tal vez el de mayor magnitud, es el de la supuesta falta de apoyo o reconocimiento social a la ‘industria’ turística. Nada más lejos de la realidad. Una encuesta del Istac ya dejó claro que hasta el 80% de los residentes considera que el turismo ha sido bueno o muy bueno para el desarrollo de la región.