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Ramón Mayor conoció el infierno

Un pastor de Cueva Corcho pasa los cuatro días del incendio encerrado en su casa-cueva l "No lo volvería a hacer, pensé que no lo contaba", afirma

El pastor Ramón Mayor echa de comer a sus animales entre el paisaje de alrededor quemado por el paso del incendio. ANDRÉS CRUZ

Reconoce que puso en riesgo su vida. "Pensé que no lo contaba". Que se saltó todas las órdenes, que hizo caso omiso a las indicaciones de que debía abandonar su casa y su rebaño de 200 ovejas y 20 cabras. "No lo volvería hacer". Y que "si el infierno existe, no es peor que lo que yo viví". Es Ramón Mayor, un pastor de Cueva Corcho, el pago del municipio de Valleseco donde el pasado sábado se inició el incendio que ya ha calcinado 10.000 hectáreas, quien se mantuvo en su vivienda durante cuatro días viendo cómo llamas de hasta 50 metros le pasaban por encima. Sólo quería salvar a sus animales, a los que "quiere más que a mí", cuenta su esposa, Margarita González, con humor, después de vivir unos días donde se temió lo peor.

Y es que Mayor, de 55 años, no tiene teléfono móvil. Tampoco línea fija en la casa-cueva en la que reside y en la que se encontraba la tarde del pasado sábado cuando el concejal de Seguridad del Ayuntamiento de Valleseco, Pacuco Rodríguez, les avisó de que tenían que abandonar sus pertenencias, que en el barranco se había iniciado un fuego que avanzaba muy rápida. El pastor y su mujer dejaron el lugar. Ella, que acudió hasta la casa de su hermana en el barrio del Zumacal, asegura que aquello "no era un incendio, era un volcán", por la enorme nube de humo negro que había creado. Él se quedó en la curva de los depósitos, cerca de Lanzarote, para seguir la evolución de las llamas.

"Creo que no va a alcanzar mi casa", decía con una calma que sorprendía entre tanto ajetreo de recursos de emergencias que se organizaban ante lo que ya se preveía que podría ser un incendio de grandes dimensiones. Con un cachorro en la cabeza y un papel en la boca, Mayor, que ya ha vivido varios fuegos en los alrededores de su propiedad, decidió aquella noche saltarse la orden de desalojar las viviendas. Sabía que sus animales tenían que comer, que no los podía dejar allí. Confiado en que el viento, que entonces soplaba de componente este, llevaría las llamas hacia el Montañón Negro, regresó para humedecer los alrededores y dar de comer a los animales. Cometió una temeridad. Puso en riesgo su vida. Y pronto se daría cuenta.

Dice que ocurrió la noche del sábado al domingo. "El ruido era como el que hacían los aviones en el aeropuerto". El incendio había llegado con fuerza a Cueva Corcho. "La suerte es que la casa está por detrás del risco. El fuego pasó muy rápido". En ese momento pensó: "Si escapo hoy, vuelvo a nacer". Y asevera: "Esto fue el demonio. Si el infierno existe, no creo que sea peor que lo que yo viví". Afirma que, gracias a que le "transcurrió" la cabeza, pudo humedecer la ventana y la puerta de su casa. "Si hubiese entrado por la ventana hubiese cogido el techo de madera de tea y hubiese salido por la puerta", comenta, mientras el funcionario del servicio de aguas del Ayuntamiento de Valleseco Domingo Vega arregla una manguera picada y que hace que el agua que llega a su terreno pierda fuerza. "Jamás en la vida pensé que el incendio iba a llegar aquí", repite más de una vez para mostrar su sorpresa por lo ocurrido.

Cuando lo peor pasó comprobó que sus animales estaban vivos. Algunos, sin embargo, sufrieron el embate de las llamas. "Algunas ovejas tienen las pezuñas quemadas", comenta, para añadir que ya el veterinario pasó para tratarlas. Lo hace mientras las suelta para que puedan comer la ración de paja de avena cedida por el Cabildo de Gran Canaria. "Ya no hay comida para ellas, se lo llevó todo el incendio", cuenta su mujer Margarita González, quien bajo una tranquilidad sólo rota por las cencerras de los animales y el sonar de las palas de los helicópteros que aún sobrevuelan la superficie afectada.

González vivió otro infierno desde la casa de su hermana. Se pasó tres días sin saber de su marido, con el que no tuvo forma de contactar. "No tiene móvil y no podíamos pasar", cuenta. "Lo pasé mal". También sufrieron sus dos hijos, un chico de 27 años y una chica de 25. Ya el lunes sabía que no le había pasado nada. Ese día pudo subir a su casa. Cuando subía vio el paisaje aterrador que había quedado a su alrededor: laderas cubiertas de un manto negro que estaban adornados por árboles esqueléticos, a los que no les había quedado ni una hoja viva. "No me podía creer que esto sea Cueva Corcho", aquel bosque de pinos en el que los pastizales pintaban de verde el paisaje de invierno y en amarillo de verano, pero que ahora habían mudado a un negro tétrico. "Pensé que estaba en otro mundo".

Cuando se topó con Ramón, lo encontró con la cara tiznada de negro después de llevar tres días viviendo en medio del infierno. Afirma Margarita que lo que hizo su marido no estuvo bien. "Ni se lo aconsejo tampoco a nadie que lo haga", agrega. "Él no se cree que siga vivo, lo hizo por los animales y por eso se arriesga, porque una persona que ha vivido desde que nació con ellos, los quiere más que a su mujer", cuenta. Y apunta que no lloró cuando se reencontraron, que el pastor se mantuvo fuerte. "Si se le hubiera quemado el ganado, entonces sí que hubiera llorado".

Mayor vuelve a repetir que no lo volvería a hacer. Que lo que había hecho había sido una temeridad. Que temió por su vida. "Pero jamás pensé, en la vida, que fuera a pasar", apostilla. Lo hace rodeado de su rebaño de ovejas que vuelven a campar por Cueva Corcho, alimentándose de la paja de avena aportada por el Cabildo y plátanos verdes que le dieron otras personas para poder alimentarlas. Algunas de las ovejas cojean, otras apenas pueden caminar por las pezuñas que se les quemaron por el suelo caliente sobre el que caminaron. Lo mismo que le ocurrieron a las suelas de las botas del ganadero, que se derritieron por el calor que desprendía la tierra. "Da sentimiento", apunta González, quien se encarga de elaborar los quesos semicurados de leche de oveja de Quesos de Cueva Corcho. "Él sufre al verlas así", cuenta cuando ya el sol se apaga y deja de iluminar los ennegrecidos pinos de Cueva Corcho, que se intercalan con algunos que consiguieron mantener su vender tras el paso del infierno, ese al que Ramón Mayor conoció.

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