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Dos semanas de lucha contra el fuego

Rubén Pulido encuentra un manto negro en Las Tabladas

Regreso a casa agridulce para los vecinos de los barrios de Valleseco y Artenara más afectados por el fuego

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Consecuencias del incendio: De Valleseco a Artenara

Los vecinos de los caseríos situados entre Valleseco y Artenara, los más castigados en las primeras horas del incendio de la cumbre grancanaria, pudieron regresar a mediodía de ayer a sus casas, pero solo se dieron prisa los que tienen animales que atender y los que quisieron comprobar con sus propios ojos que las viviendas no han sufrido grandes daños. Como Rubén Pulido, que junto a sus cinco perros se puso en marcha desde el alba y, tras cuatro horas de espera en el cruce de Lanzarote y Madrelagua, pudo llegar a mediodía a sus terrenos en Las Peñas, totalmente calcinados.

Los demás residentes de Cueva Corcho, Pinos de Gáldar, Los Garajes, El Tablado o Las Arbejas han preferido esperar unos días más, conocedores de que sus hogares siguen intactos. Todas esas localidades permanecen semidesiertas, a la espera de que el incendio se declare controlado y extinguido. Tampoco hubo actividad en los otros barrios de Valleseco y en el pueblo de Artenara, salvo el ir y venir de los coches de los bomberos y las brigadas forestales.

Tras el realojo la noche del martes de las personas cuyas casas quedaron por debajo del perímetro del fuego y las noticias de una inminente estabilización del incendio, varios vecinos de los barrios altos alcanzados por las llamas se dirigieron desde primera hora a la cumbre para intentar acceder a sus fincas y viviendas, la mayoría en furgonetas cargadas de comida para los animales.

Primer problema. La carretera de Artenara seguía cerrada y desde la nueve de la mañana ya había una fila de veinte coches en el cruce de Madrelagua, con sus conductores impacientes por llegar a sus domicilios. Las autorizaciones para pasar llegaban a cuentagotas, primero los de las viviendas más cercanas. El sistema de permisos no estaba claro, lo que generó el enfado de los que permanecían bloqueados.

Tras las protestas por la gestión en las carreteras -"estamos indignados, si consigo llegar a Artenara no me vuelven sacar más de allí", aseguró uno de más intranquilos-, a mediodía se abrió la carretera para todos. En la caravana de coches, Rubén Pulido ya se fue haciendo una idea de lo que iba a encontrar al llegar a sus tierras.

El desastre medioambiental ya se percibe desde antes del cruce de Cueva Corcho. Pinos y eucaliptos quemados, monte bajo arrasado, señales de tráfico calcinadas y un olor a chamuscado que permanecerá aún varios días.

Segundo problema. La mayoría de los desalojados se dirigen a los caseríos cercanos a Juncalillo, pero la carretera que baja a esa localidad permanece cortada por la policía autonómica. Unos se quedan en el cruce de Los Garajes, en otra tensa espera, y los demás buscan alternativas. Rubén Pulido, conocedor de los atajos, optó por llegar hasta Las Arbejas, punto de inicio del primer incendio, y desde allí a Las Peñas, donde se encuentran los terrenos de los herederos de José Godoy.

Allí encontró un manto de ceniza y numerosos árboles frutales totalmente calcinados, sobre todo los nogales. "Estas higueras se recuperarán en un par de años, pero los demás matos están perdidos", comentó mientras empezaba a soltar a sus perros, cuatro hembras y un macho tan fiero y ladrador dentro del coche como manso cuando vio tierra para correr.

"La podenca la tengo que llevar atada porque se me va a esas zarzas a buscar conejos y no hay quien la saque de allí, aunque creo que no queda ni ratón vivo en kilómetros alrededor", bromeó. Desde Las Peñas, el hombre pudo divisar el barrio de El Tablado, al otro lado del barranco, y confirmar que su vivienda está igual que el sábado por noche, cuando la abandonó a toda prisa y por segunda vez en siete días. Su mujer, Blanca Rosa Medina, no quiere más sustos y ayer se quedó en otra vivienda de la familia en el barrio capitalino de Las Mesas.

Toallas mojadas

Pulido, jubilado de 62 años y con tres hijos, conoce bien el fuego. Durante 20 años trabajó para el antiguo Instituto para la Conservación de la Naturaleza (Icona) y en ese tiempo se enfrentó a todos los incendios que se declararon en Artenara y sus alrededores. "Antes -recordó- era muy distinto, íbamos al fuego con lo que teníamos a mano, un sacho o una rama, y lo apagábamos, pero cuando volvíamos a casa no nos reconocía ni nuestra propia madre, porque teníamos la cara negra y las cejas quemadas; cuando había mucho humo nos poníamos una toalla mojada en la cabeza".

Claro que en aquella época había menos masa forestal, se recogía la pinocha y "la gente tenía que caminar kilómetros para reunir un puño de leña, pues todos los terrenos estaban cultivados y limpios, no como ahora, que están cubiertos de retama y maleza", explicó mientras señalaba a su alrededor con el dedo.

Por su experiencia, consideró que un incendio como los dos desatados en la cumbre de Gran Canaria "es imposible de controlar, porque el viento lo va llevando de un lado a otro y en cualquier momento te deja en medio de las llamas".

Para llegar a su vivienda, Rubén Pulido aún tuvo que recorrer a pie 500 metros de terreno carbonizado, cruzar el barranco que separa los municipios de Artenara y Gáldar y subir otros centenares de metros por la ladera de El Tablado. "Chicos, ya estamos otra vez en casa", le gritó satisfecho a sus cinco perros.

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