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ANÁLISIS

El año de la gripe

Adjudicar a España el origen del virus en 1918 se debe a que la neutralidad del país en la Primera Guerra Mundial hizo que nuestros periódicos fuesen los primeros en informar sobre aquel brote

Imagen de un barco de la Línea Pinillos que hacía la ruta de Cuba.

Imagen de un barco de la Línea Pinillos que hacía la ruta de Cuba.

Aquí nos llegó en un barco con rimbombancias monárquicas, procedente de las tierras gallegas tal como han destacado muchos investigadores y estudiosos de la epidemia más mortífera de la historia, en un mundo que empezando el siglo XX se creía ya dueña de todo lo necesario para asegurarse avances, bienestar y por supuesto progresos de todo tipo entre otros el sanitario.

Tal como reseñara Toby Saul en artículo de la National Geographic "durante los últimos meses de la Primera Guerra Mundial, una virulenta cepa del virus de la gripe se extendió rápidamente por todo el planeta infectando a un tercio de la población mundial y causando la muerte de decenas de millones de personas. La pandemia de 1918 y 1919, también conocida como la gripe española, se extendió a gran velocidad por todo el mundo y en sólo 18 meses infectó a un tercio de la población mundial. La férrea censura de los países implicados en la Gran Guerra escondió su gravedad, pero los estudios actuales elevan el número de muertes de 20 hasta 50 o incluso 100 millones? Aunque los epidemiólogos todavía debaten sobre el origen exacto del virus existe cierto consenso en que fue el resultado de la mutación de una cepa aviar originaria de China".

Lo de adjudicar a España su origen no se debe a otra razón a que la neutralidad del país en la Primera Guerra Mundial hizo que nuestros periódicos, no amarrados por la censura que soportaban las naciones en guerra, fuesen los primeros en iniciar las informaciones sobre aquel brote violento de la enfermedad que se extendía rápidamente por toda Europa y que en realidad procedía del cuartel de Fort Riley, cuyos soldados llevaron en sus mochilas este triste bagaje a partir de que Estados Unidos cambiase su política inicial y entrara en contienda en abril de 1917.

Desde ese primer caso en este país producido el cuatro de marzo de 1918, las tropas norteamericanas llevaron consigo la muerte en sus mochilas sin necesidad para ello de disparar una sola bala.

Traspasando los Pirineos llegó a la Península y ahí no se detuvo su avance ya que no aplicándose medidas de cuarentena y retención de viajeros, el virus se desplazó por todos los medios que por entonces podía moverse el ser humano incubando en sus cuerpos la trágica expansión de la gripe española.

Del puerto de A Coruña salió hacia el de Las Palmas el 28 de septiembre de 1918 el trasatlántico Infanta Isabel, así llamado por Isabel de Borbón y Borbón, hija de la reina Isabel II. De los miembros de la Casa Real era uno de los más queridos por el pueblo madrileño que la llamaba La Chata y que fallecería en 1931. De los tres barcos que por entonces fueron bautizados con este nombre, el que nos referimos había sido construido en 1912 en Inglaterra y como nos dice Xosé Alfeirán en La Voz de Galicia, "pertenecía a la compañía naviera Vapores Correos Españoles de Pinillos, Izquierdo y Compañía de Cádiz? Hacía la ruta de Cuba, recorriendo los puertos de Barcelona, Valencia, Cádiz, A Coruña, Las Palmas y La Habana, con emigrantes pobres que marchaban para Cuba".

Un virus oculto

Cuatro días más tarde llegaban al horizonte de La Luz ondeando la bandera negra y amarilla que dejaba claro a los habitantes de Las Palmas que se acercaba un barco con pasajero no deseado.

Muchas investigaciones y artículos han tratado este suceso y profundizado en él como el origen de la llegada de la gripe española a las Islas.

El alcalde de Las Palmas por entonces, el médico Bernardino Valle y Gracia, contraviniendo las órdenes que desde el gobierno central llegaban para que les dieran cobijo y tratamiento en la propia ciudad, no aceptó y los envió en acertada decisión al lazareto de Gando, acompañando la travesía del barco por tierra con todo lo necesario para darles el debido tratamiento sanitario en el maltrecho edificio.

Esa fue la primera andanada con que atacó la gripe española a las Islas. Y así se mantuvo durante los meses siguientes hasta que los cambios estacionales de la primavera de 1919 la hicieron casi desaparecer aunque su cepa se mantuvo al igual que en algunos otros lugares del mundo con casos aislados durante aquel año.

Hasta que en enero de 1920 muchas voces comenzaron a avisar alarmadas del nuevo brote de gripe que en La Isleta y el Puerto volvía a repetir las mismas macabras imágenes de enfermedad que el año anterior y que además lo hacía cuando toda Europa comenzaba a alegrarse del fin de la Primera Guerra Mundial y de que fuese acompañado además del fin de la funesta epidemia.

Así comenzó el brote más virulento de la gripe española en Canarias. En un momento de alegría generalizada porque el fin de la guerra, significaba el que nuevamente las exportaciones y la economía isleña volviesen a florecer. Por ello, las dos primeras semanas de enero de 1920 no se habló y hasta se ocultó lo que estaba ocurriendo. Que además le ocurría a la clase social más necesitada y que vivía en el Puerto y del Puerto: los hombres y mujeres del barrio de La Isleta.

Hasta que la prensa comenzó a pedir, a exigir actuaciones.

El 14 de enero, a través de las páginas de LA PROVINCIA se decía a todos los lectores que ya era inútil callar, que la caridad exigía que ese silencio inútil e inhumano acabara y que "aunque la prensa enmudeciera para evitar alarmas, de nada serviría, pues los cortejos fúnebres pregonan constantemente la triste realidad". Así se estuvo, en una espera extraña y un tanto insensible, mientras los casos de gripe iban apareciendo en varios municipios grancanarios. El Puerto de La Luz era un buen transmisor de cultura, telas, cantares, costumbres y virus, que eso traía el extraordinario trasiego humano que desde el siglo XIX ha tenido toda La Isleta y sus contornos.

Hasta que LA PROVINCIA en editorial de 16 de enero publicó una tajante actuación: "La ciudad se despuebla. La fatídica epidemia gripal se ceba cruenta y sanguinaria, en este pueblo infeliz, abandonado. Un día y otro día venimos clamando en vano contra la desidia inaudita de la autoridad local. Letal ambiente de cobardía invade los corazones y paraliza la acción redentora. De hora en hora la epidemia se extiende y devasta de un modo aterrador sin que se intente poner remedio. Especialmente en la clase obrera, impedida por la enfermedad de ganarse el sustento, la situación es espantosa.

En sus viviendas insalubres, sin medios para alimentos ni medicinas, la gripe más benigna se complica y cede su puesto a la fatal broncopneumonía, que nace y se desarrolla voraz en esos antros de miseria que se convierten en tocos permanentes de infección? Ha llegado la hora, señor Valle, de que el Alcalde propietario ocupe el sitio del peligro. Sabemos que el sacrificio que se exige es grande, pero grande será también la gratitud de sus conciudadanos y mayor aún la satisfacción del deber cumplido. Señor Valle, a la Alcaldía, a su puesto de honor y de peligro. La gravísima situación de su ciudad lo exige; la opinión pública lo demanda".

Atentos a la llamada por su acuciante ímpetu, aquella misma noche el alcalde convocó a los médicos y tenientes de alcalde, que acordaron nombrar tres comisiones que actuarían en el Puerto, en el barrio de Arenales y en Vegueta; presididas las de Vegueta por el doctor Millares, la de Arenales por el doctor González y la del Puerto por el doctor Roca; a Mr. Pavillard se le encargó presidir y organizar la comisión de Socorros y la de los hospitales que se iban a crear en la zona de La Isleta. Decidieron asimismo organizar una cuestación pública para arbitrar recursos con que atender a las familias necesitadas en estas circunstancias; visitar al General Gobernador solicitando su cooperación; establecer turnos de guardia nocturna entre todas los médicos de la población, al objeto de que en todo momento pudieran los enfermos ser atendidos; empezar un suministro de caldos y leche en La Isleta e instalar un hospital de aislamiento en el Puerto de la Luz y si lo permitieran los recursos otro fuera de la Portada.

El virus, en La Gomera

Al día siguiente, el mismo periódico publicaba el bando de Bernardino Valle, alcalde de Las Palmas, la población más afectada pero no la única en aquellos momentos debido en parte al silencio inicial con que se trató el segundo brote de la gripe española en Canarias: "la ciudad entera está atacada por la epidemia gripal. Más de dos mil casos. Pasan de 500 los bronco-pneumónicos. Familias enteras carecen de todo: huelgan los esfuerzos demostrativos. Sobrada elocuencia tienen estas escuetas afirmaciones. La ciudad -esta alcaldía así lo espera- sabrá ser digna de sí misma. Ante el grito de angustia de los infelices, los pudientes acudirán con la cooperación económica qué les es debida en justicia y en caridad. El Excmo. Ayuntamiento necesita la cooperación de todos para cumplir su misión. Los ciudadanos de Las Palmas sabrán cumplir su deber".

Iniciada la respuesta a la epidemia de gripe sencillamente aceptando su existencia, los acontecimientos vinieron atropelladamente pero también resolutivamente.

Se dieron como siempre en estos casos infinidad de anecdóticas noticias como la de que no pudiera aplicarse la medida de dar leche todos los días a los afectados porque los lecheros de Teror -suministradores de la misma a Las Palmas- no querían pasar de Tamaraceite; o la de que la primera isla no capitalina que se introdujera en el torbellino de la gripe fuera precisamente La Gomera. Casi justamente un siglo antes que se anunciara el primer caso de coronavirus en Canarias; el 24 de enero de 1920 el Delegado del Gobierno en la Gomera dirigía un telegrama al Gobernador civil exponiéndole la urgente necesidad de que se le remitieran fondos y material sanitario para estar a las contingencias de cualquier invasión de la gripe y que no se repitiera lo que había sucedido el año anterior.

Junto a las decenas de personas de clases humildes -sobre todo en La Isleta- que cayeron en la epidemia de gripe hace un siglo -que pareciera que no se enfermaban más que los pobres que no podían pagar médicos y boticas- también cayeron personas de la burguesía y de la clase política. Basten para reseñarlo, los dos casos destacados en uno de sus escritos por Humberto Pérez: "El 14 de enero fallecía en su casa del Trapiche el que fuera diputado provincial e insular por los republicanos federales Rafael Mª Suárez Suárez, como consecuencia de la gripe-neumónica, testimonio claro de que la gripe no miraba la posición social de los contagiados. El 29 de enero moría también Graciliano Fernández del Campo Madan, sobrino del Marqués de Arucas y hermano político de Felipe Massieu de la Rocha; había sido diputado provincial y en este tiempo era diputado insular del Cabildo de Gran Canaria, obedeciendo su fallecimiento a la misma causa de la gripe-neumónica".

Mientras tanto, los gobernantes se aprestaban a asegurar las medidas necesarias para impedir que la mortandad (mínima en Canarias en comparación con el resto de las provincias) no creciera en contagios. El 23 de enero, Alfonso XIII firmaba una Real Orden según la cual disponía que no se permitiera el embarque de emigrantes en vapores que tuvieran foco gripal u otras enfermedades contagiosas hasta tanto estuvieran en las debidas condiciones sanitarias para ello.

Y la prevención tomó en materia sanitaria un papel mucho más importante que el que tenía hasta entonces. Dentro de esa prevención la gente de nuestra tierra comenzó a interesarse por infinidad de productos que por su simplicidad o por su ingenuidad nos parecen hasta graciosos hoy en día.

Medicación

Se anunciaron y comercializaron en los primeros meses de 1920 decenas de remedios, que iban desde el Suero Antigripal Universus que "hacía desaparecer la fiebre, los dolores saborbitarios así como la depresión muscular"; una copa diaria de Coñac Real Tesoro "para prevenirla"; las pulverizaciones nasales de Mentocorina "el más eficaz preservativo contra la gripe y otras enfermedades contagiosas"; una copita en una taza de café "por la mañana, otra antes de almuerzo y comida como aperitivo del Ron Jamaica marca "Dos Cabezas de Negritas"; la Emulsión Scott; el Jerez Quina Varela que era "reconstituyente, regeneraba el organismo y lo fortificaba preventivamente contra el microbio de Pfeiffer"; el suero anti-neumónico del Instituto Llorente y por el que no debían pagar mayor precio "del que aparece marcado en todas las etiquetas", etc. En la ignorancia y sobre todo en la desesperación, uno come piedras.

A final de enero se inició un cambio brusco en el tiempo y en toda Canarias comenzaron a decaer poco a poco. Pese a ello no se detuvo la actividad en todas las medidas adoptadas por el ayuntamiento y ya en febrero, se remitían a la cárcel 15 litros de leche con destino a los enfermos allí existentes, y continuaban Obispo y Delegado del Gobierno la colecta de fondos.

El cambio del clima trajo el final de la gripe de una forma brusca pero radical: en el último fin de semana de aquel fatídico enero se desencadenó un frente de tormentas que combinadas con fortísimos vientos que arrastraban calima estuvieron durante varios días cayendo sobre el Archipiélago.

El Puerto de La Luz se cerró al tráfico; el oleaje arrancó con fiereza enormes piedras de su malecón; las mercancías depositadas en sus muelles fueron violentamente arrastradas hacia la costa conjuntamente con gabarras de las Casas Hamilton, Élder; en La Palma, un cronista angustiado por aquel terrible golpe de la naturaleza con el que culminaban los tristes días de la enfermedad nos dejó constancia de una manera angustiosa en su dolida sencillez, al describir "la situación desoladora de la comarca del Paso. La presencia de un anemómetro hubiera apreciado las millas de velocidad que el viento tenía; la granizada fue inmensa durante toda la noche alcanzando el pedrisco el peso de algunos gramos y causando la rotura de infinidad de cristales; su tamaño era tal que las hojas de chumberas parecen apedreadas por manos de niños; las chispas eran tan continuas e intensas que la noche se hacía día; los ensordecedores truenos unidos al impetuoso viento eran motores poderosos de puertas y ventanas que toda la noche no dejaron de temblar. Noche de tormenta fue la pasada como edades avanzarlas no recuerdan ver ninguna, la que costará muchos sinsabores y fatigas".

Este temporal invernal volvió varias veces a combinar viento, lluvia y polvo sahariano sobre los desolados habitantes de las islas hasta dar sus coletazos finales a mediados del mes de febrero.

Datos oficiales

La gripe siguió por el mismo camino y se produjeron los últimos casos en lugares como La Matanza, La Victoria y Tacoronte en la isla de Tenerife además de Telde, Teror y Valleseco en Gran Canaria; los municipios donde más agarró el virus y su presencia enfermiza.

A mediados de febrero las autoridades, con la intención de "desvanecer rumores" informaban con minuciosidad de datos del discurrir de la epidemia en los municipios norteños y fríos de Teror y Valleseco para calmar a la población grancanaria. Autoridades deseosas de superar aquella situación que aunque no nos dañó, reitero, en mortandad sí lo hizo en sensibilidad y en exigencias a esas mismas autoridades de un aumento en los servicios de higiene y salubridad que se prestaban a la población así como en la capacidad social de prevenir y actuar con la debida presteza en situaciones como la vivida, en las que prevenir y curarse en salud siempre eran exigibles y preferibles.

Antonio Yánez Matos, médico de Teror y también Valleseco y Enrique Vicente Torrent y Gregory, médico en este pueblo, informaban a la opinión pública que según la estadística de la Inspección de Sanidad de Teror, Antonio Yánez tuvo trescientos enfermos de gripe y treinta de neumonía y de todos ellos murieron tres de broticopneumonia gripal, uno de pneumonitis y otro de tuberculosis pulmonar. El doctor Cabrera Medina había tenido 38 de broncopneumonia y pneumonía, sin ninguna defunción. Además el doctor Felipe Reymond certificaba una defunción en Teror por bronco pneumonia gripal. Habían sido traídos a ingresar en donde les correspondía -el hospitalillo de infectos contagiosos de la calle Reyes Católicos- solo cinco enfermos atacados de gripe.

Con la misma fuente, según los datos obrantes en su Registro civil durante el mes de enero habían fallecido en Valleseco ocho personas de distintas enfermedades relacionadas con los procesos gripales.

Nada en comparación con los datos que sitúan a la gripe española de 1918-1920 como la causa de mayor mortalidad documentada que ha sufrido la Humanidad con una cantidad que oscila entre 70 a 100 millones de personas en sus dos años de funeste singladura.

El martes de carnaval se celebraba aquel año el 17 de febrero y dos días antes La Provincia afirmaba que la alegría seguía escondida en Las Palmas "miedosa aún por el palizón de la gripe y los chaparrones de arena y lluvia"

El 1 de abril, el abogado Emilio Valle y Gracia sucedía a su hermano en la alcaldía de Las Palmas y la gripe fue poco a poco quedando atrás. Como todo.

Pero el recuerdo de 1920, "el año de la gripe" como se refirió a él mi abuela la primera vez que escuche referencias directas de ello siguió muy presente en los que la vivieron.

Para mí, anecdóticamente por la presencia de un producto que estuvo durante toda mi infancia ligado a muchos patios de casas en el campo grancanario: el zotal.

Este producto, de singular e intenso mal olor, empezó a utilizarse aquí con gran profusión a principios del pasado siglo para acabar con el pulgón, la hormiga y demás insectos de todo tipo de arbustos y plantas, singularmente para naranjeros y plataneras. Había sido creado por la compañía londinense Burgoyne Burbidges como insecticida y desinfectante y por consejo de la Junta Médica de Las Palmas utilizado en los días de mayor intensidad de la epidemia en zaguanes y patios de las casas de La Isleta y después de toda la isla para prevenir con su fuerza de futuras infecciones.

Hasta que en los años sesenta las narices isleñas comenzaron a sentirse agobiadas con su olor, los patios de lajas y cerámicas de las entradas a las casas canarias olieron a zotal.

La llegada de nuevos productos que olían a limón o pino comenzaron poco a poco a desbancarlo de su podio hasta relegarlo, en última instancia, casi totalmente.

Y yo que tanto me alegré.

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