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San Bartolomé de Tirajana

La cementera, una fábrica de generaciones

La cementera homenajea a su plantilla con un mural con fotografías - Abilio, Nuhacet, Lita, José Francisco, Pedro y Óliver, padres e hijos, cuentan sus historias

Lita Cabrera y su hijo José Francisco Trujillo, en su puesto de trabajo.  | LP/DLP

Por la fábrica de Cementos Especiales de las Islas (Ceisa) en El Pajar han pasado decenas de trabajadores en 64 años de historia, empleados a los cuales la compañía homenajea con un mural en una exposición. Esa muestra cuenta la historia de la empresa, historia que han forjado sagas de trabajadores de hasta tres generaciones cuyos recuerdos personales, familiares y laborales están vinculados a la compañía.  

Cuando en 1955 comenzó el desmonte del terreno para levantar en El Pajar una gran fábrica cementera que produjese material para construir las presas, a nadie se le pasó por la cabeza que aquella instalación soportaría el paso del tiempo y sería la industria que ha dado de comer a decenas y decenas de pajareros y trabajadores llegados desde otras partes de la isla. El vínculo de Cementos Especiales de las Islas (Ceisa) con El Pajar es absoluto, cuentan los vecinos: llegó para transformar un pequeño barrio marinero en un pueblo de progreso y en 64 años han pasado por ella gran parte de los residentes de la zona. Tantos, que sus puestos de trabajo casi podrían anotarse en la herencia laboral de abuelos, padres y nietos. Muchos de ellos incluso han coincidido en el tiempo dentro de la empresa. La cementera se ha convertido en poco más de medio siglo en una fábrica de generaciones y a todos ellos la empresa homenajea con un gran mural con fotografías antiguas de los empleados que puede contemplarse en la exposición Un pueblo, una fábrica, tejiendo juntos nuestra historia que puede visitarse hasta el viernes en el centro cultural del barrio.

Mural homenaje al personal de la empresa. | | LP/DLP

Por la fábrica han pasado ya numerosas sagas familiares y todos esos empleados han sentido y sienten la fábrica como suya: han nacido, crecido y convivido con ella durante toda su vida.

Pedro y Óliver Lasso, padre e hijo respectivamente, coincidieron trabajando en ella hasta que el progenitor se jubiló hace ya 15 años. Pedro, de 77 años, reside en el poblado Cesa que la compañía construyó para los trabajadores a medio kilómetro del recinto. Ingeniero químico de formación, llegó allí desde Las Palmas de Gran Canaria con 29 años «de rebote», ya que se enteró a través de la hermana de un amigo que la empresa buscaba un químico. Y para abajó que se fue, a trabajar primero como jefe de laboratorio tres años y luego como jefe de producción. «En esa fábrica trabajé tremendamente a gusto y feliz», relata. Oficialmente trabajó 36 años en la empresa, pero 15 años después de su jubilación aún no se ha quitado el uniforme de jefe, porque semana sí y semana también Pedro continúa preguntando a su hijo Óliver por la producción: está desvinculado de sus antiguas responsabilidades pero mantiene el mismo interés por la compañía. «Me decían que cuando me jubilase seguiría pendiente de la empresa y los mandaba al carajo», cuenta con humor, «pero ahora no hago más que pensar en cómo les va el trabajo».

Una fábrica de generaciones

Su hijo Óliver tiene 48 años, lleva 25 en la empresa y ahí tiene pensado jubilarse. Llegó a la compañía con 22 años, primero trabajando durante los veranos mientras estudiaba Derecho y hoy es jefe de producción. «Mi familia ha vivido de la fábrica toda la vida, es un proyecto de vida», señala, «nos ha dado la posibilidad de desarrollarnos social y económicamente, de tener una familia y conseguir una casa».

Como todos los vecinos de la zona, Óliver no se imagina El Pajar sin la fábrica. «Si desaparece, el pueblo cae detrás», augura, «y aún así no creo que haya tanto turismo aquí, no me imagino una zona turística con un pueblo a unos metros y que los accesos a la misma sean los mismos que los del barrio». Además de coincidir en casa, Pedro y Óliver coincidieron en el mismo departamento porque el padre era el jefe del hijo, aunque para tranquilidad de la familia había mandos intermedios y su relación directa en la empresa fue mínima.

Los mejores recuerdos de padre e hijo están siempre vinculados a la empresa y son además los mismos recuerdos que atesoran otros muchos trabajadores: la celebración del día de Reyes, un dia especial en que la compañía organiza una gran fiesta para los hijos de sus empleados, con regalos incluidos. Celebración que todavía se organiza y que aquellos padres hoy disfrutan como abuelos y aquellos hijos hoy lo hacen como padres. Un cambio generacional, sí, pero sin variar esta tradición.

En 1973, Lita Cabrera se convirtió en la primera mujer en acceder a la compañía, en su caso a las oficinas, y lo hizo como transcriptora a máquina de los textos que los responsables de la empresa escribían de su puño y letra. «Entré porque mi primo Carlos, que trabajaba allí, escuchó que necesitaban a alguien que supiera escribir a máquina», recuerda. Empezó a trabajar con 18 años, allí lleva 47 y a sus 65 años no tiene pensado jubilarse aún. «Quiero seguir uno o dos años más; me gusta mi trabajo y la gente con la que estoy». Allí trabajaron sus dos primos, dos sobrinos de ella y su hijo.

Lita manejaba perfectamente aquellas máquinas «a las que había que pegarle fuerte con el dedo» y pronto se hizo un hueco entre sus compañeros, ya que pasó a transcribir los textos de todos los jefes de los distintos departamentos. «Siempre me trataron bien, nunca hubo diferencias por ser mujer, cuajé en el puesto y me quedé». Hasta hoy. Cuarenta y siete años después, las nuevas tecnologías permiten que cada jefe elabore sus propios escritos y Lita se dedique a la facturación, los registros y los envíos. «La fábrica ha sido mi vida, llegué con 18 años y me permitió criar a mis hijos».

«Ganarse el puesto»

Una familia a la que llegó su hijo José Francisco Trujillo hace 20 años después de dedicarse a la ferretería y al servicio técnico de un complejo de apartamentos. Accedió primero sustituyendo en vacaciones y luego se qudó fijo en la plantilla. «Al principio siempre dicen que todos entramos aquí enchufados por nuestros familiares, pero luego te das cuenta de que realmente no es así», relata. «Y aunque así fuese luego tienes que ganarte el puesto, porque si no vales te vas a la calle».

José Francisco y Lita apenas se ven en los pasillos, porque ambos trabajan en departementos distintos, una en oficinas y otro como molinero. «Para mí la empresa lo es todo, nunca me ha faltado la nómina a final de mes y el trato es excepcional; ojalá mis hijos trabajen aquí».

Juan Jiménez, alias Abilio, metió el golazo de su vida cuando entró en la fábrica. «Jugaba al fútbol y los dueños del equipo me dieron trabajo, pero no quiere decir que estuviera enchufado porque yo me tuve que ganar el puesto», afirma. Como al resto, la fábrica le aseguró un empleo para toda la vida. «Si me hubiese dedicado al turismo ahora mismo estaría en el paro», sostiene. A sus 62 años, lleva 43 en la empresa y ya tiene la vista puesta en su jubilación el año que viene. Este responsable de mantenimiento no imagina El Pajar sin la cementera. «Siempre estuvo, está y seguirá ahí, si no el barrio se quedaría huérfano y vacío».

Él, asegura, no enchufó a su hijo Nuhacet, de 40 años. «Él solito fue a hablar y lo contrataron, y ahora es medio jefe; yo me enteré después de que pidiese trabajo». «Llegué como todos: al tener familia dentro y conocer ya la empresa, esperamos por una vacante para acceder», responde su hijo, quien lleva ya 17 años en la compañía.

Ingeniero civil de formación, ha pasado por distintos puestos hasta alcanzar la jefatura de producción. «Si la fábrica se marcha sería un golpe importante y el principio del fin de El Pajar», dice convencido. «La fábrica para mí es todo; he comido de aquí desde pequeño, primero con el sueldo de mi padre y ahora con el mío», dice. Sin embargo, pese a que la cementera está en su pueblo, nunca se planteó trabajar allí. «Pero llegó el momento, entré y hasta hoy». Y ahí quiere seguir.

En la cementera trabajan ahora mismo padres, madres, hijos, tíos primos, sobrinos. Trabajadores con lazos familiares que han forjado el pasado, presente y futuro de una empresa que ha fabricado generaciones de pajareros.

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