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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Con mucho geito | Manuel Rodríguez Domínguez

El hombre árbol

Manuel Rodríguez es una enciclopedia de la Naturaleza, pionero del conservacionismo isleño

El hombre árbol

Cuando Manuel Rodríguez Domínguez se sienta a la vera de un mato se transforma en un hombre árbol, en uno de los miles que ha plantado, cuidado y repartido desde que en el año 1946 se abriera la semilla que lo dio a nacer en Vega de San Mateo.

Es hijo y nieto de agricultores y desde pequeño andurriaba por Utiaca, donde comenzó a estudiar en la escuela unitaria del pago para, con 16 años, entrar en el Seminario. «Oh, quería ser cura», dice muerto de risa.

A los dos o tres años se le esfuma lo de ser cura e ingresa en la academia Franco Cárdenes donde recibe estudios de Administración de Empresas, Contabilidad, Inglés y Cálculo Comercial para rematar en el Tomás Morales, «en el nocturno», porque de día y «que salí de los curas», estaba metido de lleno en el Gimnasio Las Palmas en la práctica del judo con los maestros Amado Ramos y Andrés Coruña. «El primer día ya me dieron leña. Me dijeron, tú mucho cuerpo pero ni idea de nada. Me rompieron una costilla flotante pero yo seguí yendo».

Y tanto siguió yendo que con 21 años se vio dando clases con Coruña en el Claret, y monta su propio gimnasio, el Marodo, acrónimo de Manuel Rodríguez Domínguez, «pero que luego me enteré por una japonesa que significa el camino de la voz del futuro, que era lo que me faltaba: un extraterrestre del más allá hablándome».

Con el tiempo introduce en Canarias el jiu-jitsu, «que luego se ha convertido en el arte de defensa personal del ejército, la policía, la seguridad privada…»

Pero con todo, lo que nunca dejó de lado fue la naturaleza que le embebió desde los primeros días de su vida. Primero plantando y acrecentando un cacho que le dejó su madre, «porque desde niño me enseñaron a amar el campo», para luego ir participando como uno de los pioneros de la repoblación en Gran Canaria de la mano del Grupo de Montañeros de Gran Canaria y también de Ascan, con José Jaén, entre otros, en los tiempos de la presidencia de Pepe Julio Cabrera, y sobre todo con sus alumnos, a los que implicaba en el amor por el medio natura velando por su cuidado, su difusión y conocimiento.

“Salíamos al campo a replantar, pero también hacíamos labores de guardería en aquél paisaje inmenso en el que habían muchos agricultores y ganaderos que le daban vida, y que hoy en su ausencia, lamentablemente se destruye».

Manolo recuerda con especial cariño cuando con 25 años inició esa tarea en Los Vicentillos de Tirajana, «en una finca de la familia de Miguel Navarro, en la que comenzamos con pino canario, pero a lo que se añadían los almácigos, la palmera canaria, los dragos, los acebuches, las vinagreras, el cornical y la siempreviva, a veces a semilla, «porque de lo más pequeño es donde empieza la vida», empleando técnicas como el uso de un nopal de tunera en el agujero para que no perdieran humedad. Y si el caso es que temiera por el progreso de un plantón al solajero, «llenaba el coche de garrafas y me iba a regar los pinos y sabinas».

No en balde, nunca mejor dicho, estuvo una década al frente del vivero de Ascán, que ubicó en sus terrenos, sacando adelante tanto especies autóctonas como medicinales, de las que él destaca el mayo leñoso Pericallis hadrosoma, considerada por el Atlas Rural Gran Canaria como una «especie rarísima que podemos encontrar en el centro norte de Gran Canaria, si bien es difícil verla ya que esta especie cuenta con unos diez individuos salvajes».

Toda esa experiencia le va dando un amplio saber de lo que se trae entre manos. «Recuerdo que aquí vino a hacerse un congreso que se gastaron una partida de millones para dilucidar dónde coño se encontraban las palmeras auténticas canarias, sin hibridación. Llegaron a la conclusión que estaban en Acusa, que era donde decíamos ya gratis Isabelita Vega y yo desde hacía tiempo».

Además, el señor Rodríguez Domínguez, se arralló un espectacular millo cuando en una excursión con un grupo de alumnos del Garoé descubrió la que fue clasificada como Sonchus Leto Acaulis, «una lechuga de risco que descubrí que fueron clasificadas por los propios niños del colegio», explica rodeado de sus tres perros en su abigarrada finca de Utiaca, Manchita, Nublo y Samurái.

Porque, a todo esto, Manolo combina la cultura japonesa con la pella del gofio con una facilidad pasmosa. «Mi película favorita es La leyenda del samurái. 47 ronin, explica agarrando con una mano la rueca que acaba de hacer con una caña para coger tunos, e ilustrar al detalle con la punta de la propia rueca el cómo se ejecuta como el shogún manda un definitivo harakiri en condiciones.

Al fin y al cabo, el isleño también conoce a fondo toda la fontanería y la instalación interior del cuerpo humano, y no hay luxación, quiebro, desatasque y avería de rótulas y cojinetes de huesos o cartílagos que se le resistan.

A su lista de habilidades, que no caben en un Linkedln al uso, se añade el de las cabañuelas. «En la víspera de San Juan se cogen doce cáscaras de cebollas correspondientes a los doce meses del año y se les pone la misma cantidad de sal en todas ellas. Se dejan en un sitio en el que no les caiga humedad, que puede ser hasta debajo de la cama, y al día siguiente las que tengan agua son los meses en los que caerá lluvia, y le digo que funciona porque la ciencia tampoco es que lo sepa todo».

Un saber antiguo que, afirma, se pierde al ritmo con el que los más jóvenes «se quedan pegados a las pantallas mientras el mundo transcurre alrededor de ellos sin querer saber nada, sin caer en la cuenta que cada vez que muere un viejo se entierra un libro».

Al interminable currículum de Rodríguez hay que añadirle el de difusor en las ondas, con programas en Radio San Mateo en el que se despacha con todo lo que tenga que ver con el campo, con especial atención a las hierbas medicinales, pero también sirviendo de plataforma para el reparto de miles de plantas, además de ofrecer nociones de cómo luchar contra las plagas de una manera natural, cómo aprovechar los restos de los cultivos y la materia orgánica para la fertilización de la tierra, o, incluso, cómo disponer de todos los elementos a mano de los isleños para hacer una ‘economía circular’ desde mucho antes de que siquiera existía el término, como ocurre con el ‘kilómetro cero’, «que era justo lo que hacíamos antes, ni más ni menos».

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