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Teror

Los pregones, exaltación de la romería

Los años setenta del siglo XX infundieron tradición a las fiestas del Pino | Los Gofiones, Los Cebolleros, Los Roneros y el programa ‘Tenderete’ son expresión cultural de la época

El pregón de las sardineras de Agaete. La Provincia

A fines de los años sesenta y principios de los setenta, como continuación de una tradición parrandera que venía de años; una efervescencia por lo popular y la defensa de las tradiciones que también se estaba plasmando en otros muchos lugares de la geografía insular con la aparición de diferentes grupos folclóricos sirvieron de crisol para que las voluntades de unos cuantos preocupados por dar nueva vida a esas maneras y mañas de ser canario que estaban aún latentes, volvieran a revivir. Los Gofiones o Los Cebolleros surgieron de todo ello y en Teror, la noche del 11 de julio de 1970 nacían Los Roneros.

Esa nueva orientación de lo canario hizo que se modificaran los enfoques de otras manifestaciones culturales, entre ellas, las distintas romerías que, al modelo de la del Pino, habían surgido los años anteriores. El programa televisivo Tenderete, nacido también de ese nuevo planteamiento, comenzó con toda la intencionalidad, el 7 de septiembre de 1971. En estudio, en directo y bajo la mano de Nanino Díaz Cutillas, con el impulso musical y folclórico de la víspera del Pino.

Los Viejos de Gáldar –plenamente integrados con su sencilla vestimenta– cantaban en la romería de 1973: Nosotros somos de Gáldar y venimos a Teror a ver la Virgen del Pino; nuestro alcalde nos mandó, una isa antigua, interpretada «por el gorgojeo de la garganta de una anciana».

Y gustó.

Comenzaron así a visualizarse las expresiones más sencillas y populares del ser canario. Y la romería del Pino se llenó por aquellos años de las pescadoras de Agaete, pregonando el pescado; el trasquilar de las ovejas de Valleseco; la cabaña campurria; los frutos tropicales de Mogán; la yunta de Artenara; la cesta de mimbre de Moya; pero no se pudo dejar atrás las maquetas y siguieron apareciendo torres de iglesias, pozos y bodegas, lo que llamaban «el ambiente isleño, rural y ciudadano, villero y marinero, de cumbre y costa».

Además, se produjo un acontecimiento que marcó mucho todo el vivir, festivo o no, de la villa de Teror para los años siguientes, incluidos los últimos de la década, aplicándose los cambios de la Transición.

El nueve de julio del mismo año de 1973 fallecía Monseñor Socorro Lantigua, el cura que había propiciado con su apoyo desde la Iglesia, la aparición y crecimiento de la romería los años anteriores. Muchos esperaban cambios después de ello.

Y vinieron, aunque no fueron los esperados. El fallecimiento de Monseñor propició actuaciones que él no habría consentido; la imagen de la Virgen pudo ser revisada e iniciarse su restauración en el verano de 1974 –detenido durante un tiempo para la celebración de las fiestas–; se tasaron sus joyas y en una tristemente célebre homilía del obispo Infantes Florido el 8 de septiembre se propusieron alteraciones en el modo de ver a la Virgen y en la manera de «entender» las joyas con que secularmente el pueblo de Canarias la había adornado.

El robo en la madrugada del 15 al 16 de enero de 1975 fue el golpe final a muchas cuestiones que hasta entonces habían sido indiscutibles, y el entendimiento entre políticos, intelectuales y pueblo (muchas veces forzado), se rompió ya por mucho tiempo.

Bajo la presidencia del exalcalde José Hernández Jiménez, se constituyó una comisión denominada de ‘Desagravio a la Virgen del Pino’, encargada de recaudar los fondos necesarios para realizar unas nuevas coronas que sustituyeran las sustraídas. Aunque el entusiasmo fue mucho, los donativos no lo fueron tanto, y estas coronas fueron realizadas, no ya en oro, sino en plata de ley y piedras semipreciosas por la Fábrica de Artículos Religiosos Roses de Castellón, siendo su costo cercano al cuarto de millón de pesetas. La ceremonia, no obstante, fue, si no tan brillante como la primera, sí de un alto valor sentimental ya que la sensación generalizada era la de devolver a la Imagen una pequeña parte de lo que, donado por generaciones de gentes de nuestra tierra, se le había sustraído. El 6 de septiembre de 1975, en la víspera de la romería del Pino de aquel año, fueron nuevamente y por segunda vez coronadas las imágenes de Nuestra Señora del Pino y el Niño.

A Los Gofiones les temblaba el timple al pregonarlas, en el día en que «las chácaras de Gran Canaria suenan a ventorrillo»

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Quizá fue ello, unido a que lo popular se fue transformando en populachero lo que devino en que, finalizando la década, se pedía ya con urgencia una renovación de las directrices de la romería, que el patronato de se reuniera «para evitar una sensible disminución de su atracción sobre el pueblo, a causa del descenso de su autenticidad popular, se hace imprescindible que la romería del Pino cuente con un patronato que encauce definitivamente el futuro de esta entrañable manifestación de la religiosidad del pueblo canario», y velara por la calidad de las representaciones municipales.

Su creador, Néstor Álamo, pedía en 1975 un patronato eficaz que aglutinara criterios y esfuerzos en orden a recobrar la pureza y rigor del acto y proyectar el alcance de nuestra cultura popular, descubriendo al folklorista o a personas del pueblo con intuición natural, que fueran capaces de erradicar la vulgaridad y chabacanería en que se había transformado la romería del Pino.

La primera lectura

El terorense Sebastián Sarmiento, periodista y años más tarde pregonero del Pino, afirmaba que la falta de imaginación se repetía año tras año, dándose los mismos defectos que se venían observando en el acto, mitad religioso mitad popular y parrandero y que, por ello, la ofrenda estaba perdiendo interés ya que en la cita de la canariedad se registraba un desfile de carretas improvisadas, pretexto de lo que se quería o intentaba hacer, y no se hacía.

La Delegación Provincial de Educación Popular en «su deseo de dar mayor realce y difusión a la tradicional solemnidad de Nuestra Señora del Pino, Patrona de la Diócesis de Canarias, festividad enraizada en lo más íntimo del alma popular», organizó en 1948 y en colaboración con el Ayuntamiento de Teror, el primer pregón de las Fiestas del Pino, que fue el inicio de las actuaciones que desde el Cabildo se pretendían para su revitalización.

El primer pregón fue pronunciado el día 5 de septiembre de aquel año por el terorense Ignacio Quintana Marrero, director del diario Falange y presidente de la Asociación de la Prensa.

El pregón ha sido desde entonces literatura, anuncio, recuerdo, historia y también tontería u oportunismo de prebendas.

La romería apareció, cosa lógica, en el pregón pronunciado en 1953 por el abogado que dijo de ella, con el único ejemplo de la celebrada el año anterior, que «la isa, la folía, la malagueña y el tajaraste se elevarán en plegaria en honor de la Madre de Dios. Y el ganado y el fruto y el timón y la red serán la plástica oración que la isla, a través de sus pescadores y labriegos, entonan en honor de María».

El historiador Antonio Bethencourt Massieu afirmó en sus pregones de 1956 y 1976 las mismas palabras de llamada cuando dijo «romeros de Gran Canaria, afinad vuestros timples y guitarras, ensayad con voz aún queda nuestras isas y folías. Comiencen las parrandas a inundar todos los caminos que conducen a Teror, porque marchando alegres hacia el Pino nos acercamos con alegría desbordada a la Virgen Nuestra Madre».

Pero es extraña la poca presencia de imágenes festivas y populares de los pregones. Abundan las citas históricas, las crónicas de la aparición o el análisis de aspectos muy devocionales en detrimento de los parranderos; que ambos deben pregonarse. Pero la ausencia de profundizar en las plásticas e inspiradoras imágenes que se repiten hasta la saciedad la tarde del 7 de septiembre es muy sintomática.

Así, la romería aparece más fuerte y presente en los pregoneros y pregoneras naturales de Teror o, en los que no siéndolo, viven la calle, el parrandeo, la amistad y la fiesta con la misma vehemencia que el rezo callado y sereno ante la santa imagen.

María Mérida en 1996 hacía en su pregón un repaso de las canciones que para ella y su particular vivir terorense, más ligadas estaban al mismo, como Barquito velero o Somos costeros.

Mary Sánchez también cantó en su pregón de 2009 desde el íntimo orgullo de saberse pionera, pues ya estaba en la romería y cantaba el Ay, Teror desde la primera hace 60 años. Recordó la primera vez que peregrinó a Teror. «Para ver a mi Madre, la celestial Madre canaria», dijo. Y también la víspera del Pino de 1952 cuando acudió a la villa junto con «don Néstor Álamo» hasta las puertas cerradas de la iglesia unas noches antes de la primera romería. «Mi querido, mi recordado don Néstor».

Santiago García Ramos pregonó en 1993 que lo mejor era dejarse llevar de una fuerte formación religiosa, además de un intenso amor a la tierra canaria. Dos años más tarde, el también periodista Antonio Cruz dijo que «vivir en fiesta es puro vivir en gozo. Gozo de las cosas sencillas, pequeñas, amables, humanas… Todo lo que, como la fiesta, crea el pueblo y en el pueblo vive, se conserva, recibiéndolo de generación en generación por medio de la tradición. No hay nada más tradicional en las fiestas de Gran Canaria que el Pino».

En 1964, el terorense Ignacio Quintana hizo en su segundo pregón del Pino, un enfervorizado canto a lo que era en su sentir más profundo, la romería de Teror y, aunque no sirvió para los que las organizaran en los años siguientes, sí se recuperó en gran parte en el sentido que se le quiso dar a partir de la década de los noventa.

Ignacio Quintana pregonó que «la ofrenda de la isla a los pies de la Virgen es una estampa de color y de fervor imborrables que permanecerá en la historia insular como uno de los más sugestivos espectáculos, desde el punto de vista artístico, y como una de las más auténticas manifestaciones públicas de fe de un pueblo sano, que tiene conciencia de que la Virgen del Pino es el alma de la vida de la isla. Así, con sus carretas tiradas por bueyes enjaezados, sus carrozas de un ingenioso pintoresquismo, todas rebosando de frutos y productos de la tierra y del mar, como gigantes cuernos de la abundancia, se acercan los pueblos a la Señora que, en el marco del templo, desde su rico trono de plata, contempla la maravilla de la isla puesta en pie en cada uno de sus pueblos».

El pasado año, la ministra de Sanidad Carolina Darias afirmaba que para ella la romería era, «el epicentro de la fiesta, de la tradición y de la alegría… El fervor y la devoción se une con la tradición y ésta con las coplas, en décimas o en cuartetas. Qué importante es la música en nuestras vidas. En estas fiestas más. Las isas, las folias, las malagueñas, inundan las calles de esta villa. En cada rincón suena una copla, en cada esquina surge una parranda que invita al encuentro. Tambores y chácaras marcan el ritmo del baile a la patrona. Timples y guitarras, con sus cuerdas afinadas, dan la melodía para que las voces entonen los cánticos a la ‘Madrita mía del Pino’. Así año tras año. De un pregón a otro pregón. De un Pino al siguiente. Cruzando toda la isla, por septiembre, siempre al Pino».

Y este año, Los Gofiones –paradigma de fiesta, parranda y romería– comenzaban diciendo que «cada mes de septiembre el corazón de Canarias late en Teror. Las Fiestas de El Pino son unas fiestas tan nuestras. Las fiestas de la Virgen, de los turroneros, de La Romería, de la tierra colorada. Hoy pregonarlas acongoja nuestros corazones. Tanto, que el timple tiembla de emoción, las chácaras de Gran Canaria suenan a ventorrillo, a chorizo de Teror, a bullicio en las calles, a serenata en los balcones, a canariedad».

Quizá ése sea el valor más profundo de las fiestas del Pino y, en concreto, de su romería. Que en una sola tarde con su noche quien quiera y le apetezca puede vivir pasión, fervor, tradición, música, bebida con amigos, diversión, alegría y ganas de vivir.

Hoy en día, eso por sí sólo es la fórmula exacta de la mejor medicina para terminar de superar el dolor en que hemos vivido los dos últimos años.

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