Entrevista | Juan Ramírez Pérez Cestero de junco y anea

Juan Ramírez Pérez: «Si la cestería de junco no entra en las escuelas, se perderá para siempre»

«Me he pinchado muchas veces con la aguja, pero eso es bueno porque así veo las estrellas», afirma el artesano de junco y alfarero

Juan Ramírez Pérez, artesano cestero de junco.

Juan Ramírez Pérez, artesano cestero de junco. / Juan Castro

Juan Ramírez Pérez (Santa Lucía de Tirajana, 1931) es artesano de junco y alfarero desde hace más de 50 años, una labor que desarrolla después de coger la materia prima en el barranco y de darle forma en su taller. Considerado el último cestero tradicional de junco de Gran Canaria, a sus 91 años le da miedo que, cuando ya no esté, este oficio se pierda. «Cuando ya no esté, se acabará, porque no hay relevo», lamenta. el artesano.

¿Cómo recibe el premio?

Para mi fue una alegría muy grande cuando el presidente del Cabildo me llamó para comunicármelo; solo me faltó llorar. Estoy muy contento porque se reconoce una labor artesanal que practico desde hace muchos años y todos los días, y con la que llevo el nombre de Santa Lucía de Tirajana a muchos sitios como Segovia, Lugo, Madrid y hasta a Cuba, a una feria internacional.

Juan Ramírez Pérez, artesano cestero de junco.

Juan Ramírez Pérez, artesano cestero de junco. / Juan Castro

Lleva 50 años dedicándose a la fibra vegetal, pero antes de vivir para eso atesoró un amplio currículum.

Mi abuelo hacía los aperos de labranzas y desde niño me gustaba la artesanía y los estudios, pero no pude estudiar porque éramos diez personas en casa y no se podía así que yo tuve que ir a trabajar desde chico para sacar a la familia adelante. Mi padre era carnicero, pero eso se terminó y tuvimos que ir a plantas tomateros hasta que mi hermano se marchó a trabajar en una tienda y me quedé yo como jefe, responsable de sulfatar, regar, o echar el guano. Hacíamos grandes zafras, aunque las grandes empresas nos robaban los kilos de tomate.

Y, de ahí, al mundo del café e incluso a la enseñanza.

Sí, luego me fui a trabajar al café y estuve 18 años en el tostadero de la calle Aguadulce de Las Palmas de Gran Canaria, y también estuve un tiempo como listero. Y después dedicaba las noches a dar clases a niños y mayores lo que yo había aprendido con la enciclopedia que tuve toda mi vida, la que había tenido para yo aprender en la escuela; y hoy le haces una pregunta a un niño y nunca sabe nada. En las clases les enseñaba a leer y a escribir y allí había eminencias, tanto que yo a veces tenía que repasar un poco para poder explicarles. Yo no pude estudiar, pero sí cogí una enciclopedia para aprender.

¿Cuándo conoció el junco y cómo da el salto a la artesanía profesional?

Desde pequeño empecé a trabajando la cerámica e incluso hacía nacimientos, cosa que aprendí de forma autodidacta, y los juncos los conocí un día que acompañé a mi padre al abrevadero para ayudarle a que no se acercasen las palomas a beber agua, y al lado había juncos y anea y allí me ponía a hacer camisillas. Así empecé con las fibras vegetales. Ya de adulto, llegó un momento en que no me interesaba seguir en el tostadero y me marché, pero no conseguía trabajo así que me puse con la artesanía. Primero me dediqué a la cerámica, pero al principio eran todo problemas también porque tenía que pagar el seguro de autónomo, que por último eran 24.000 pesetas, solo trabajaba para el seguro, pero me mantuve en esto porque me gustaba, porque solo trabajaba para pagar. Y ya después, estando un día en el Museo Canario, los dueños de Mundo Aborigen me vieron realizando trabajos de fibras vegetales y fueron a buscarme pensando que yo sabía hacer tamarcos para vestir a los maniquíes, pero yo no sabía y les dije que a los 10 días les avisaba. En ese tiempo me fui al museo, hacía dibujos y hasta me daba golpes con los cristales para inspirarme para sacar el dibujo (ríe). Además de para ellos, también hice tamarcos para Pinolere.

 ¿Cuándo se siembra y se cosecha? Cuénteme cómo es su día a día como artesano.

Hay que ir a recoger el junco y la anea al barranco y hacer una prueba, porque si están muy tiernos no se pueden coger porque cuando se sequen no tendrán fuerza, pero el centeno y el lino lo siembro, el primero se me seca porque no llueve y el segundo estoy a punto se cosecharlo. Y el procedimiento es sencillo: en el barranco primero tiro el junco al suelo para que pese menos y luego lo seco y lo estiro. Hay que recogerlo entre mayo y junio, pero lo cojo en mayo porque no hace tanto calor. Y luego para empezar a trabajar primero hago las tomisas para ir hilvanando después el junco. Hacer una pieza grande se tarda entre ocho y diez días, y luego cuando se va a cobrar la gente se asombra...

Juan Ramírez Pérez, artesano cestero de junco.

Juan Ramírez Pérez, artesano cestero de junco. / Juan Castro

¿Y usted va solo con 91 años a los barrancos?

Iba. Ahora mi hermana Concha ya no me deja ir solo (ríe). Ahora siempre aparece alguien que me acompaña a buscar los juncos.

Dice que la gente se asombra cuando le va a cobrar. ¿Considera que su trabajo está valorado o la gente no es consciente de lo que esta labor supone?

No es consciente. Y además lo peor es que muriendo yo se acaba este trabajo porque no hay relevo en Gran Canaria. Sí que en el Sur hay una chica que tiene el carnet de artesano pero no tiene experiencia.

¿Y qué pasará?

Yo he querido que estas labores se impartan en los colegios y como salga un solo niño, ya la labor se mantiene y cuando sea adulto y no tenga trabajo aquí tiene una salida. A nosotros nos llevaban a la labranza y aprendimos. A nosotros en clase nos enseñaban cómo se preparaba la tierra y cómo se plantaban las papas. Pero parece que hoy eso no interesa, muchos piensan que estos trabajos no merecen la pena. Pero o la cestería de junco entra en la escuela o se perderá, como pasó con la agricultura en Santa Lucía. Porque yo he dado muchos cursos, pero siempre a personas mayores que luego no continúan; así que estamos en las mismas.

Dedica a este trabajo muchas horas. ¿Las manos de Juan no descansan?

Todos los días le dedico un ratito, hasta los domingos por la noche cuando estoy viendo el fútbol estoy haciendo las tomisas. Yo no puedo estar con los brazos cruzados.

Por su taller pasan muchos turistas, ¿qué impresión se llevan?

Les encanta todo lo que ven y cuando les digo la edad que tengo se asombran. Los colegios son los que más vienen, hacen muchas preguntas, se me sientan aquí en el suelo y yo les cuento cómo se hace. 

¿Le ha resultado muy complicado mantener esta labor?

Demasiado, porque aquí no se gana dinero para guardar dinero en el banco, sino para ir escapando día a día (ríe). Pero sí he recibido muchas alegrías, como varios reconocimientos en Pinolere y el primer premio internacional en la elaboración de cestones entre 32 países.

¿Cuál es su mejor recuerdo en ese oficio?

Cuando obtuve el primer premio entre 32 países y el segundo premio de un concurso regional con un cestón que está en el museo del Gobierno de Canarias en La Orotava. También estoy orgulloso de haber colaborado con la restauración de la talla de la Virgen del Rosario, la que sale el Día de Los Labradores, y con el Cristo de la iglesia de Santa Lucía.

¿A qué se hubiese dedicado si no hubiese conocido este mundo?

Yo soy artesano, pero a mi me hubiese gustado estudiar y haber sido maestro. No obstante, este oficio me ha dado muchas alegrías, estoy satisfecho y muy contento con lo que he hecho.

Está usted en plena forma y parece que va a seguir trabajando porque se va a la Feria del Sureste. Pero está jubilado.

Y menos mal porque si a estas alturas tuviera que seguir pagando la cuota de autónomo me daba de baja de todos estos trabajos (ríe). Dicen que a los artesanos se les ayuda, pero yo nunca he recibido ayuda de nadie. Cuando he dado un curso lo cobro, pero lo he trabajado. Ganas no me han faltado de dejar todo esto, pero no puedo, me atrae mucho. Y sobre todo, nadie me manda. Yo quiero seguir trabajando y quisiera llegar a los 100 años, pero no creo que haya material para seguir trabajando, porque los barrancos están secos o hay que caminar muy lejos. Aunque yo lugares secretos. ¡Secreto de artesano! (ríe).

¿Tiene un cálculo de cuántas piezas ha elaborado a lo largo de su vida?

No, pero sí le digo que me he pinchado demasiadas veces en las piernas con la aguja cuando estoy poniendo las tomisas. Pero oye, eso es bueno porque veo las estrellas en el firmamento aún con el techo, cosa que no se ve todos los días (ríe).