CRÓNICA

La restauración de Nuestra Señora del Pino

Hace medio siglo se pudo contemplar por primera vez en mucho tiempo la talla de la Virgen, en el anual proceso de cambiar las vestiduras

Isabel Pozas, Joaquín y Raimundo Cruz, con sus distinciones.

Isabel Pozas, Joaquín y Raimundo Cruz, con sus distinciones. / C. T.

Las Fiestas del Pino de hace medio siglo fueron las primeras en las que otros ojos, aparte de los de Monseñor Socorro Lantigua pudieron contemplar en mucho tiempo la talla de la Virgen, en el anual proceso de cambiarle las vestiduras. Y el asombro ante lo que vieron inició un proceso de actuaciones que culminó en la recuperación de la misma casi a punto de hacerse polvo y según la opinión de algunos, también en el sacrílego robo de inicios de 1975.

El lunes 17 de septiembre de 1973, sin demora alguna ya que la Subida al Camarín había sido la tarde anterior, fueron a la Basílica de Teror el obispo Infantes Florido junto al párroco en funciones Nicolás Monche -quien inició aquellos primeros pasos desde que vio la deteriorada imagen sin vestimentas- y el Consejero Provincial de la Dirección General de Bellas Artes que lo era José Miguel Alzola, que expresó en términos contundentes en su primera comunicación a Madrid lo impactante que fue lo que pudieron ver. «Mucho se ha hablado -pero a hurtadillas- de las dolorosas huellas que el paso de los siglos había ido dejando en esta talla, pero nunca llegamos a pensar que fueran tan graves y tan apremiante la necesidad de su completa restauración». Cuando entraron en el Camarín estaba todo preparado para la inspección. Nicolás Monche trasladó él mismo la talla hasta otro lugar más iluminado para ello y su camino fue quedando señalado por la línea que formaba el reguero de madera carcomida que iba dejando atrás.

Nuestra Señora del Pino se desmoronaba; la carcoma la invadía por completo; cavernas y galerías afectaban a zonas de la espalda y costados y al hombro izquierdo del Niño; la policromía se encontraba profundamente dañada por repintes en los rostros y había desaparecido hasta dejar al descubierto la madera; el manto estaba recortado y el Niño presentaba un brazo postizo muy artificial por su alargado tamaño; los pies y la base habían desaparecido por lo que la talla se mantenía dentro de un cajón, ya que no tenía ninguna estabilidad; campos de moho y diversas grietas y desencolados de los ensambles se podían apreciar desde un primer vistazo y el rostro de la Virgen del Pino, la cara ante la que habían rezado y suspirado miles de personas durante siglos, estaba partida en dos mitades que se sostenían con una cinta metálica que rodeaba la cabeza. Al día siguiente, el obispo emitía una nota en la que informaba a toda la diócesis del destrozo absoluto en que se hallaba la talla y a raíz de ello, el 1 de octubre de 1973, Alzola dirigía un extenso escrito al Director General de Bellas Artes Florentino Pérez Embid. Le solicitaba la indiscutible idoneidad de las personas a las que se encomendara el trabajo y que este se realizara en las propias dependencias de la basílica. En las semanas transcurridas durante la realización de estas gestiones, Nicolás Monche pasaba a ocupar la coadjutoría y el 29 de septiembre tomó posesión Isidoro Demetrio como nuevo párroco del Pino.

La Virgen del Pino había tenido a lo largo de los 500 años transcurridos desde su llegada a Teror anteriores actuaciones de limpieza, repintado y arreglos en algo tan lógico como eran las consecuencias del paso del tiempo; que en muchas ocasiones fueron más torpezas que aciertos y además eran causa de parte del deterioro sufrido por la talla. Destacan María de los Reyes Hernández y José Concepción en su trabajo sobre El Patrimonio Histórico de la Basílica del Pino de Teror que una de las severas y desacertadas fue la efectuada bajo compromiso de absoluto secreto en agosto de 1894 por el artista Arsenio de las Casas Martín y a que califican de nefasta y agresiva, justificándose solo porque la polilla había afectado a determinadas partes de la imagen mariana y del Niño, como manos, orejas y pies.

El 8 de septiembre de 1974, el obispo Infantes firmaba una Instrucción Pastoral que tituló Las alhajas de la Virgen del Pino

Tuvo un primer inicio por parte del biólogo alemán Gustav Krämer, especialista en el tratamiento de carcoma, reconociendo los huecos en la talla y procediendo a una labor de desinsectación e inmunización de la misma. El equipo de restauración enviado por la Dirección General de Bellas Artes estaba integrado por Isabel Poza Villacañas, su esposo Raimundo Cruz Solís y el hermano de este, Joaquín Cruz, quien era asimismo Jefe del Departamento de Escultura del Taller de Conservación y Restauración de Obras de Arte. Las mismas personas que habían restaurado en Sevilla el Cristo del Cachorro el año anterior y que Alzola había solicitado. Llegaron a la Villa el 22 de julio de 1974 donde encontraron a Nuestra Señora del Pino dentro del bote de detergente en polvo Colón que por su tamaño y forma cilíndrica se utilizaba para mantenerla erguida. Detallaron en informe su lamentable estado y que este «no correspondía a las referencias que se tenían de que la restauración era cosa de una semana».

La encontraron muy atacada por la carcoma, estando por todas partes llena de cavernas, sobre todo en la parte posterior y totalmente desintegrada en la base, hasta los pies, cubierta por una burda restauración, hecha con masilla de cristales y estopa, que no había conseguido el que la imagen se mantuviera de pie, teniéndola que introducir en un cajón para mantenerla vertical, desde hacía más de un siglo. Aparte de estos daños y el abandono durante siglos; la imagen había sido mutilada para poderla revestir, en los pliegues laterales de la cintura y frente, mangas de la mano derecha e izquierda y caída del manto de los dos brazos hasta el borde inferior. La cara de la Virgen estaba suelta y sujeta por unas pletinas de plata, clavadas con clavos también de plata. En la cabeza del Niño, se apreciaban varias restauraciones; la primera para ponerle los ojos de cristal casi sobrepuestos sobre los originales, y en otra ocasión, encima de la policromía de esta primera restauración para disimular el defecto de los ojos, se había vuelto a emplastecer sobre la frente y pómulos, haciéndole después unos mechones de pelo, también de pasta, sobre los suyos originales. Sumaban entre estas dos restauraciones un espesor de cerca de dos centímetros sobre la superficie original, dándole a la cabeza del Niño un tamaño excesivo que no le favorecía en absoluto, siendo además postiza y muy alargada su mano izquierda. Las caras y las cabelleras de la Virgen y el Niño se encontraban totalmente repintadas.

La restauración comenzó el 23 de julio de 1974, desmontando primero todos los emplastecidos de masilla de cristales y estopa. Se hizo un agujero en la base de 25 mm. de diámetro por 50 cms. de profundidad, para cabeza abajo, llenar todos los días este agujero con productos desinfectantes y consolidantes que se esparcían por todo su interior.

En los profundos huecos de la carcoma se colocaron piezas de cedro para proceder posteriormente a su tallado. Era tan extremado que solo el primer día de restauración se colocaron veinticinco piezas en el exterior y cinco en el interior.

Al desmontar la masa aplastada y agrietada de la base aparecieron pequeños restos de cómo arrancaban los pies de la imagen y cómo eran los pliegues de la parte baja del manto y túnica. En esa zona se colocaron piezas para tallar los nuevos bajos de los pliegues, pies y base donde descansaría la Virgen en perfecto equilibrio. Para que al revestirla tuviera el tamaño del manto, se realizó una peana supletoria de treinta centímetros de altura con molduras góticas.

Al guardar la Camarera de la Virgen, Carmen Bravo de Laguna, el bracito izquierdo del Niño fue fácil retirar el brazo falso y reponerle el original.

A la cabeza de la Virgen se le quitaron las pletinas de plata y se encoló su rostro. Con el Niño resultó un tanto más difícil. Se levantó la primera capa de masilla emplastecida de cerca de un centímetro y apareció la policromía de la primera restauración, con los ojos muy saltones que se retiraron también.

El policromado

Tras esta fase, se levantaron los repintes; se calcó de los adornos del manto el que mejor se conservaba y se hizo con el calco una plantilla para después de darle con el pigmento al huevo sobre el dorado de los rombos, estofar con dicha plantilla todos los adornos que le faltaban; asimismo se reintegraron los colores de las cabezas de la Virgen y el Niño, manos, manto y túnica de la Virgen y el Niño con colores al temple. Tras el repaso de estuco y color de las manos postizas de la Virgen; se doró la moldura de la peana supletoria de la Virgen.

Pese a que se había estimado en un primer momento que la imagen estuviese restaurada a fines de agosto, el deterioro era tan grande que obligó a realizarla en dos fases: la primera acabó el 2 de agosto de 1974. Según declaraciones del equipo, la imagen les había robado el corazón. Y también el pueblo, del que pudieron disfrutar en aquellos días alojados en la casa del sacerdote Juan Nuez y su hermana.

El 8 de septiembre de 1974, el obispo Infantes firmaba una Instrucción Pastoral que tituló Las alhajas de la Virgen del Pino, que habían sido retiradas para poder realizar la restauración. En la misma expresó que lo trascendente era la devoción popular y lo contingente es la forma con que tal devoción se expresaba en el contexto social. Dijo que la devoción a la Virgen del Pino era algo trascendente que hemos heredado con gozo de nuestros mayores y que debemos transmitir, pero que se debía evitar que los signos de la devoción se convirtieran en signos de ostentación. Infantes Florido dijo que al lado del fulgor de las joyas destacaba el contraste los rasgos dolorosos de la pobreza, la ignorancia y las marginaciones más hirientes; por lo que en orden a que la Diócesis tuviera conocimiento de lo que realmente constituía el tesoro de la Virgen, evitando tergiversaciones y cálculos desacertados, creía llegada la hora de que se hiciera el inventario valorado de los bienes preciosos que se conservaban en el Santuario de nuestra Patrona y que de cara al futuro la devoción debía estar en consonancia con la actualidad de la Iglesia, de forma que cada objeto precioso que la devoción inspirara entregar a la Virgen del Pino, llevara implícita su voluntad de que en un momento pueda destinarse a socorrer las necesidades del prójimo. Por tanto, ya no se aceptaría ninguna donación de objeto precioso sin la aceptación de este principio de comunicación cristiana de bienes. Por lo que respecto al exorno de la imagen y aún, salvando el decoro que le correspondía, estimaba Infantes que era el momento de que se adoptara una actitud más sobria.

Las reacciones fueron rápidas y muy diversas; por lo que se generó un gran malestar que a su vez se manifestó en mil opiniones en torno a la propuesta del obispo que anunciaba que cuando finalizara la segunda fase de restauración, se pondría la imagen a la exposición de los fieles para que pudieran cerciorarse del encanto y belleza de la misma sin las vestiduras. El que esta propuesta episcopal pudiera convertirse en permanente removió a toda la sociedad grancanaria.

El sacerdote José Rodríguez Rodríguez dijo que nada podía invocarse, dentro del contexto de renovación conciliar que justificara el privar a una imagen de cuanto había puesto junto a ella la piedad y la devoción popular; el periodista terorense Ignacio Quintana afirmaba ser partidario de que siguiera con las vestiduras que a lo largo de siglos estaban acostumbrados a contemplar; el catedrático Alfonso de Armas expuso que era recomendable que el pueblo se acostumbrara a desnudar a las imágenes y no sólo de vestidos; el sacerdote Manuel Acosta Henríquez, que lo importante que era el ver a la Virgen del Pino en su talla no fuera un privilegio de unos pocos; el exalcalde José Hernández Jiménez entendía que poner al culto a la Virgen del Pino sin ornamentos era una grave equivocación, puesto que durante siglos tal como estaba, la devoción del pueblo canario había sido plena. En medio de todo ello, el pueblo de Teror convocó la tarde del 13 de septiembre una manifestación de agradecimiento al Gobierno por la creación del Instituto de la Villa en las instalaciones de lo que había sido el colegio Salesiano y luego Diocesano; que terminó con más de trescientas personas llegando al ayuntamiento, tratando del tema y agradeciendo la mediación del mismo. Al final, en medio de aquella expresión de movimiento popular surgió el tema de las vestimentas, el obispo, la tasación de las joyas, la talla e incluso la imprevista programación de la primera procesión del Día de las Marías que se iba a celebrar dos días más tarde.

La opinión generalizada se expresó muy duramente contra el obispado e incluso el clero de Teror, pero especialmente en que no se hubiese tenido en cuenta la opinión de los hombres y mujeres de la Villa. La manifestación acabó al final en la sacristía de la Basílica, donde estaba todo el mundo ya que era día de novena y aquello había dado para mucho hablar durante muchos días; pero sobre todo para colocar ya permanentemente en el imaginario del pueblo, la culpabilidad -e incluso la autoría- clerical del robo que cuatro meses más tarde se produciría en el Camarín del Pino. Pero este es otro tema.

En medio de todo ello volvió el equipo de restauración a realizar la segunda fase, que tuvo lugar entre el 23 de septiembre y el 14 de octubre. El día de finalización estuvieron presentes también el propio obispo y Gonzalo Perales, Director Técnico del Instituto de Conservación y Restauración de Obras de Arte. Vicente Rivero, como Vicario General de Pastoral, invitó a contemplar de cerca la singular belleza de la talla antes de que fuera revestida de nuevo el día 20 de octubre. Todo lo que rodeó a nivel social aquel proceso y el enfrentamiento de opiniones surgido a raíz del mismo, ha dejado relegado durante este medio siglo transcurrido, el extraordinario trabajo de las personas que salvaron la imagen de Nuestra Señora del Pino de su desaparición total.

La maestría, el buen hacer, la profesionalidad de los hermanos Cruz Solís e Isabel Pozas les hacen por ello merecedores de estar presentes con nombre y apellidos en la historia del Patrimonio Artístico de Canarias y de que el pueblo de Teror, de toda la diócesis, sepa que fueron ellos quienes esculpieron de nuevo el foco del fervor, de la devoción y de la historia religiosa de la isla de Gran Canaria.

Andújar

Naturales de Andújar, la labor restauradora y escultórica de los cinco hermanos Cruz Solís, conjuntamente con la de Isabel Pozas -esposa de Raimundo- está presente en infinidad de imágenes que son símbolos de fe para toda España. Desde el Cachorro, el Cristo del Gran Poder, la Virgen de la Amargura, el Señor de las Penas, el Señor del Descendimiento de la Quinta Angustia, Nuestra Señora de África de Ceuta, el Cristo de la Caída de Úbeda, el Nazareno de Puente Genil, el Cristo de la Columna de Priego de Córdoba, la Virgen del Mar de Almería, el de la Buena Muerte de Madrid, Nuestra Señora de Covadonga, la gestación del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico y una larga relación merecedora de otro artículo de investigación y difusión de su obra. Relación en la que debe incluirse también la magnífica restauración de la imagen del Cristo de la Vera Cruz; trabajo realizado por ellos mismos en Madrid tras el accidente sufrido en la procesión del Viernes Santo del 17 de abril de 1987 ante la Catedral de Santa Ana; y de cuyo traslado y retorno se encargó Miguel Rodríguez y Díaz de Quintana.

Joaquín Cruz falleció en Madrid el 21 de febrero de 2021. Raimundo Cruz e Isabel Pozas viven aún. Buen momento para ser agradecidos con quienes hace cincuenta años hicieron posible que sigamos teniendo a Nuestra Señora del Pino en su casa de Teror.