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ANÁLISIS

La epidemia de cólera de 1851 en Las Palmas

La Habana sufrió en 1850 la tercera pandemia de cólera del siglo y desde allí llegó la enfermedad a Las Palmas, con la muerte de dos vecinas de San José

Tumbas del cólera morbo de 1851, delante de la ermita de La Concepción de La Atalaya de Santa Brígida.

Tumbas del cólera morbo de 1851, delante de la ermita de La Concepción de La Atalaya de Santa Brígida. PEDRO SOCORRO.

A lo largo del siglo XIX hubo seis pandemias de cólera morbo asiático que afectaron a extensas regiones del planeta. La primera tuvo su foco en el Asia sudoriental en 1817. La segunda se originó en la India en 1829, siguiendo lentamente a Rusia, Polonia y países occidentales, incluyendo España. Desde Inglaterra pasó a Canadá y los Estados Unidos. En 1833 alcanzó La Habana, al parecer desde un puerto de la costa Este de los Estados Unidos. Se dijo que la transmitió un marinero infectado que murió a su llegada a la bahía habanera. En los meses de febrero y abril produjo 8.315 víctimas en la capital cubana. No se hizo entonces una estadística oficial y este cifra se fundamentó en los registros de entierros parroquiales. En cualquier caso, tuvo una tasa de elevada letalidad, cercana al diez por ciento de la población de La Habana en la época. El escritor cubano Ricardo Palma afirmó entonces que la ciudad "parecía el cadáver de lo que había sido, todo en pavoroso silencio y abandono". Y el historiador José Antonio Saco escribió que, para hacer frente a la enfermedad, eran necesarias la higiene, la cuarentena y evitar las aglomeraciones, recomendaciones de gran actualidad en las circunstancias que vivimos aquí.

Años después, en los finales de marzo de 1850, La Habana era víctima de una nueva pandemia de cólera, la tercera del siglo. Se extendió hasta febrero de 1854, con un balance de 8.154 fallecidos. Esta nueva oleada produjo 6.180 fallecidos. Aludo a la presencia del cólera en La Habana en aquellos años porque, según todos los indicios, desde allí llegó la enfermedad a Las Palmas en 1851. La epidemia se manifestó aquí en el mes de mayo de aquel año, con el extraño fallecimiento de dos vecinas del barrio de San José. La opinión que se generalizó entonces sobre la causa que dio origen a la epidemia en nuestra isla fue que el cólera había sido transmitido por el bergantín Trueno, procedente de Cuba, con motivo de su arribada a la bahía de la Luz. Este barco había partido de La Habana el 10 de marzo y, después de una escala en la bahía de Matanzas, había salido de este último puerto el día 20 del mismo mes. Arribó a Las Palmas el 29 de abril, mostrando patente limpia, la cual acreditaba oficialmente que en los puntos de procedencia no se padecía el cólera morbo, lo cual era incierto. Sin embargo, posteriormente circularon rumores de que existían casos de cólera cuando el bergantín salió de La Habana y que en algunos barrios de Matanzas había afectados por la enfermedad. Por otro lado, circuló otra versión diferente sobre el origen de la epidemia, según la cual ésta habría sido introducida por un marinero de los pesqueros que faenaban en la costa de África.

Un bergantín desde Cuba

El Trueno traía setenta y un pasajeros y tripulantes. Durante la travesía habían fallecido dos personas: un bebé y otro pasajero que, al parecer, sufría tuberculosis, aunque otra versión señaló que padeció cólera en Cuba, habiendo superado la enfermedad. En la aduana se hizo el reconocimiento normal de los pasajeros y tripulantes, así como de sus pertenencias, sin que se encontrara circunstancia digna de ser anotada. Se dijo entonces que un bulto con las ropas del viajero fallecido, que se guardó en la aduana varios días hasta que fue entregado a sus familiares, pudo ser el causante del brote epidémico. Parece ser que aquellas ropas fueron lavadas por una mujer llamada María de la Luz Guzmán, que vivía en el barrio de San José, quien fue la fallecida el 23 de mayo. Según esta versión, un vecino que asistió a esta pobre mujer fue atacado por la enfermedad a los tres días, muriendo en pocas horas. Y otros siete vecinos que tuvieron contacto con el anterior manifestaron los mismos síntomas, iniciándose así en dicho barrio el foco de la infección. En un informe del mes de julio siguiente, el doctor Domingo José Navarro expuso que se desconocían las causas que generaron el brote epidémico, pero que corrían voces "de que principió con una mujer que lavó ropa sucia traída de La Habana". En cambio, otro informe emitido en 1852 descartó la verosimilitud de aquella explicación. Pero sí puede afirmarse que su rápida difusión se debió a la situación que había entonces en el suministro y abastecimiento de agua, a la falta de higiene propia de la época y a las condiciones de vida existentes en los suburbios, propicias al rápido desarrollo de la enfermedad.

El día 5 de junio de 1851, la junta local de Sanidad de Las Palmas declaró oficialmente que la población padecía una epidemia de cólera morbo. En los días anteriores a esta fecha ya se había extendido la alarma, a causa de los varios enfermos existentes y por algunas muertes que se habían producido con sospechosa rapidez. El 23 y el 27 de mayo habían fallecido, respectivamente, dos mujeres en el barrio de San José. Aunque aquellos fallecimientos habían pasado desapercibidas por no haber sido asistidas por facultativo, no dejaron de inquietar a algunos vecinos. Se supo, además, que el 1 de junio había muerto una persona, aquejada de vómitos y dolor de estómago. El día siguiente, uno de los médicos que ejercían en la ciudad había manifestado al subdelegado de Sanidad haber visitado a algunos enfermos en el citado barrio y concretamente a una mujer que llamaba especialmente la atención por los síntomas que presentaba. Esta enferma, cuyo nombre era el de María del Pino Gil, vivía en la más absoluta miseria y no había tenido asistencia médica hasta aquel momento. El subdelegado la encontró en un estado de suma gravedad y en la mañana del día 3 dio cuenta al alcalde del resultado de su reconocimiento, manifestándole que los síntomas observados en la paciente le hacían sospechar que padecía el cólera morbo.

Aquella misma noche, el alcalde convocó en su casa a los doctores Rodríguez Carmen y Domingo J. Navarro, los cuales manifestaron las mismas sospechas. Ya el día 4, ante los extendidos rumores de que en el citado barrio se había declarado una enfermedad mortífera y contagiosa, el alcalde ordenó al subdelegado sanitario que hiciese todos los reconocimientos necesarios, por lo que éste visitó, junto al doctor Domingo J. Navarro, a veinte enfermos aquejados del mal. Al día siguiente fue declarada oficialmente la existencia de la epidemia en Las Palmas, después de haberse celebrado una reunión en la que estuvieron presentes los cuatro facultativos que entonces había en la ciudad.

Así, antes del 5 de junio ya había muchos enfermos de cólera en Las Palmas. Se había difundido la inquietud de que en el aludido barrio se extendía un andancio que había hecho tantas víctimas mortales como eran los aquejados, lo cual tenía alarmada a la población. El brote principal se manifestó en su extremo sur, pero según parece se habían registrado también otros casos en el Risco de San Nicolás y en la zona de San Telmo. Enseguida, la epidemia adquirió grandes proporciones. La explosión de la enfermedad en un primer período de ocho a diez días fue muy intensa. Al hacerse pública la noticia oficial de su existencia, la población de Las Palmas se estremeció ante el peso de la desgracia.

Una ciudad herida y aterrada

Los vecinos se vieron dominados inmediatamente por el espanto y el pánico al contagio. Muchos huyeron a refugiarse en las casas de campo del interior de la isla, tratando de evitar cualquier contacto con los enfermos. Etre ellos estaba la familia de Benito Pérez Galdós, entonces un niño, y la familia de Tomás Miller, cuya esposa, María Vasconcelos y varios de sus hijos fallecieron en la casa de las Magnolias, Tafira. Pero el número de contagiados y de fallecidos se multiplicó en pocos días. El día 9, la epidemia hacía estragos en toda la ciudad. Se hizo necesario entonces utilizar carros para la conducción de los numerosos cadáveres. Éstos permanecían amontonados en el cementerio, porque no había quien pudiera sepultarlos. Muchos cuerpos sin vida quedaban abandonados en las casas o en las cuevas de los Riscos. Al propio tiempo, los cadáveres transmitían potencialmente la enfermedad. La ciudad estaba sumida enteramente en la desolación. Se trataba de la mayor catástrofe que asoló a Las Palmas en toda su historia. El 10 de junio la autoridad gubernativa decidió la incomunicación absoluta y el aislamiento de Gran Canaria respecto al resto del archipiélago, situación que se prolongó hasta casi el final del año.

Ante circunstancia tan terrible, las autoridades, los médicos, grupos de vecinos y también el obispo mostraron un heroico valor, prestando su ayuda y su apoyo a los enfermos, y contribuyendo a mantener el orden en la población. Afrontando los riesgos del contagio y llevados de la mayor filantropía, un determinado número de ciudadanos comenzaron a sacar de las casas los cuerpos sin vida de los fallecidos, trasladándolos al cementerio y abriendo las zanjas necesarias para inhumarlos. En una situación de caos total, tuvieron incluso que hacer frente al problema del hacinamiento de los cuerpos, que obstaculizaban la entrada al camposanto. La guarnición militar estuvo dedicada también a prestar estos servicios. Varios de sus miembros murieron a consecuencia de la enfermedad. Los pocos hombres disponibles que se podían encontrar fueron obligados a conducir enfermos al hospital de San Martín, así como a transportar a los muertos y a enterrarlos. Además, se reclutaron los presos de la cárcel para colaborar en tan luctuosa tarea. A pesar de la bonhomía, del heroísmo y del valor humanitario de muchos, la población estaba dominada por el terror y el miedo a la muerte.

En un informe que sobre el trágico episodio escribió posteriormente el abogado Antonio López Botas, éste se lamentaba con las siguientes palabras: "Si a tal punto llegó la mortandad y el desamparo, si tanto llegó a encarnizarse el mal, si tan voraz llegó a ser en sus ataques y en sus efectos, no debe extrañarse que llegara el caso de hallarse los moribundos y los muertos, enteramente abandonados, y los cadáveres de dos, tres, cinco y más días apilados en los cementerios; y se comprenderá también que hubo un momento de terrible agonía en que se pensó con razón que el único medio de salvación que restaba era abandonar a la ciudad y darle fuego para que éste pudiera contrarrestar y sofocar el incendio devorador del cólera y de la putrefacción de los cadáveres".

Por otra parte, también fueron afectados los pescadores que habitualmente faenaban en la costa de África. Al parecer, un marinero de un barco costero denominado el Cuervo había visitado el 30 de mayo en Las Palmas a un pariente suyo, que se encontraba enfermo. Al día siguiente salió a la pesca, a bordo de dicha embarcación. Durante el viaje a la costa se sintió enfermo, con vómitos y cursos. A los cuatro días arribó a las cercanías de Cabo Blanco, en cuyas inmediaciones faenaban otros cuatro pesqueros canarios. Pocos días después comenzaron a enfermar varios de los pescadores del Cuervo, en cuya tripulación se produjeron después varios muertos, resultando afectados, en total, cuarenta hombres de sus cincuenta y dos tripulantes. Desde el Cuervo la enfermedad se contagió al pesquero Federico, cuya tripulación estaba integrada por cuarenta y siete hombres, dieciocho de los cuales eran muchachos. Varios de ellos habían estado a bordo del Cuervo, en donde contrajeron la dolencia. Inmediatamente, el Federico regresó a Gran Canaria. En los once días que duró el viaje de retorno, murieron diecinueve hombres. Otro costero, el Telémaco, intentó entrar en los puertos de La Orotava y Santa Cruz, sin ser admitido. Tras arribar a Las Palmas, permanecieron en puerto, pero al beber el agua que subieron a bordo desde la ciudad, varios tripulantes enfermaron, falleciendo once de ellos. Las tripulaciones de los pesqueros Esmeralda y Gabriel también se vieron atacadas, perdiendo once y cinco hombres, respectivamente.

Gran mortandad

A pesar de los cordones sanitarios que se establecieron, casi todos los pueblos de Gran Canaria sufrieron la epidemia, excepto la localidad de Mogán, algunos pagos de Tejeda y el casco de Agaete, que también había sido acordonado para evitar cualquier contagio. En Telde, de donde se dijo que procedía uno de los viajeros del Trueno, se declaró el 7 de junio. En los días siguientes se extendió a Valleseco, Tejeda, la Aldea, Tirajana, San Lorenzo, Teror, Santa Brígida, Arucas y Gáldar, alcanzando todos los puntos de la isla. En un lugar entonces tan distante, en términos relativos, de Las Palmas como es La Aldea, se creyó que fue una vendedora ambulante de ropa la que introdujo el mal. Y en Gáldar el primer enfermo fue un marinero de una pequeña embarcación, que transportaba también a una familia de vendedores ambulantes. El último caso que se dio en la isla se registró en Valsequillo el día 18 de septiembre. De una población de 47.832 almas en Gran Canaria -sin contar los habitantes y los afectados en Las Palmas- fueron atacados por la epidemia 18.970 personas y murieron 3.520.

En el antes citado escrito de López Botas, que lleva la fecha del 15 de agosto, se relatan penosas escenas y dolorosas circunstancias de indescriptible dramatismo: "?el mal llegó a hacerse tan general y fulminante que en pocos momentos desaparecían familias enteras; hería con la rapidez del rayo, arrebataba las criaturas con la furia del huracán, y en pocos segundos reducía a polvo y cenizas a personas que un minuto antes se hallaban en perfecta salud: ha vístose a un padre de familia que hoy se hallaba rodeado de su esposa y de sus numerosos hijos y sirvientes, y que mañana se encontraba solo en el mundo, porque su esposa, todos sus hijos y sus sirvientes todos habían muerto en veinticuatro horas, teniendo el mismo para colmo del dolor que abrirles las sepulturas con sus propias manos y enterrarlos en su propia casa para que sus cadáveres no fueran presa de los animales carnívoros; también pasaron por tal cruel dolor e hicieron tan penoso sacrificio los hijos respecto a sus padres, los hermanos de sus hermanos, los esposos entre sí y las madres respecto de sus hijos: ¡Las madres! esos seres tan sensibles y que abrigan ese amor tan intenso como indefinible por los seres que han llevado en sus entrañas".

El día 6 de agosto de ese año 1851 se registró el último caso de cólera en Las Palmas. La epidemia había empezado a remitir en la ciudad avanzado el mes de junio. Todos los médicos de la población contrajeron la enfermedad. Murieron los doctores Pedro Avilés y José Rodríguez Carmen. En cambio, se dijo que ninguna de las once hermanas de la Caridad, que atendieron constantemente a enfermos y moribundos, resultó afectada. El número de muertos contabilizado en la capital fue de 2.050. Esto supuso la desaparición del 15%, aproximadamente, de la población de esta ciudad, índice muy elevado de letalidad. Así, la cifra total de víctimas del cólera en Gran Canaria ascendió a 5.570. La mortandad que se produjo en Las Palmas fue, en proporción al respectivo número de habitantes, muy superior a la de los municipios y pueblos del resto de la isla, en donde los fallecidos representaron un 7,4% de la población total. La epidemia de cólera morbo de 1851 quedó en la memoria histórica de la ciudad como un trauma que tardó mucho tiempo en olvidarse. El 23 de noviembre se celebró en Las Palmas un Te Deum de acción de gracias que señaló el final de la enfermedad en la isla. El impacto demográfico en la segunda mitad del siglo fue de notoria relevancia, hasta que, después de la construcción del Puerto de la Luz, nuestra ciudad remontó su crecimiento poblacional. La tercera pandemia de cólera morbo del siglo XIX había producido en Gran Canaria efectos catastróficos.

Alfredo Herrera Piqué. investigador, abogado y escritor.

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