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Crisis migratoria | Fallos en la acogida

Los migrantes de Las Alcaravaneras malviven en un local sin agua y luz

Cuatro de los ocho magrebíes forman parte de los dos centenares de personas que fueron abandonadas en la plaza de La Feria | Quieren quedarse para trabajar

Liberados de Arguineguín malviven en Las Alcaravaneras C. G.

Un grupo de ocho migrantes que llegaron a la Isla en patera malviven desde el pasado fin de semana en un cuarto de aseo abandonado de los servicios municipales en la playa de Las Alcaravaneras, sin agua y luz, y a la espera de ayuda para encontrar un trabajo y quedarse a vivir en la Isla. Los jóvenes huyen del conflicto entre Marruecos y el Sahara. Es lo que dice Abdelamjid Ammar, de 36 años, voz cantante del colectivo.

Cuatro de ellos formaban parte de los dos centenares de personas que fueron trasladados el pasado día 18 desde Arguineguín a la plaza de La Feria de la capital tras semanas en el puerto custodiados por la policía, cuando, por ley, no pueden estar más de 72 horas retenidos. Todos tienen orden de devolución. El grupo ocupó primero el local de la asociación de vecinos Alcaraván, vacío desde hace un año por peligro de hundimiento del techo, tras reventar una chapa de la cerradura. El vocal de la asociación, Carlos Santana, señaló ayer que los jóvenes “no tocaron nada” y que es la primera vez que les abren el local, de propiedad municipal.

La asociación no ha puesto denuncia contra los jóvenes, aunque sí ha hecho pública su situación precaria en las redes sociales. “Nos dijeron que no venían a robar, que no querían problemas, que solo quieren conseguir un trabajo y nos contaron que habían venido en patera”, dijo.

Primero ocuparon la sede de Alcaraván, vacía por peligro de derrumbe de techo

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Los jóvenes se instalaron entonces en el local municipal de al lado, que, según Abdelamjid, estaba abierto y en el que ayer invitaba a entrar a LA PROVINCIA / DLP. La policía de paisano les acababa de visitar; también lo había hecho el fin de semana la Local.

Abdelamjid, que habla español tras vivir nueve años en Madrid, explicó que llegó el día 18 de octubre a Arguineguín tras ser rescatado en una patera procedente de Dajla, la antigua Villa Cisneros, en la que iban 27 personas, aunque 17 perecieron en el trayecto. El viaje, que costó 1.500 euros, “duró cinco días y estuvimos dos sin beber”. Procede de El Kelaa des Sraghna, en el interior del país, y cuenta que es pintor de brocha gorda y que en Marruecos ha dejado mujer y tres hijos.

Cuando le subieron en guagua pensó que iba a un hotel, pero se encontró que, tras llevar veinte días en el muelle “sin llamar a la familia, sin podernos cambiar de ropa, sin lavarnos y sin agua ni comida”, su destino era la plaza de La Feria. Fue entonces cuando decidió, con otros tres, no regresar al Sur; los otros cuatro se los encontró en la calle deambulado, donde, asegura, hay muchos compatriotas en la misma situación. Hasta ahora nadie les ha prestado ayuda.

Las mantas y utensilios para comer han sido recogidos de la basura, mientras que la comida la compran con el dinero que piden a los marroquíes, aduciendo que son pobres. A la entrada del local hay un plato con restos de comida y un paquete de galletas saladas a medio abrir, donde se acumulan los utensilios de cocina.

Los jóvenes, que se mueven entre los 21 y los 36 años, utilizan el balneario y las duchas de la playa para asearse y lavar la ropa. Las mujeres que atienden el local sostienen que protestan cuando se les indica que no pueden entrar más de tres a las duchas y que deben usar la mascarilla por el coronavirus.

Los jóvenes pasan desapercibidos entre los bañistas, y entran y salen del local de uno en uno.

Los jóvenes utilizan el balneario y las duchas de la playa para asearse y lavar la ropa

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Los usuarios de Las Alcaravaneras están habituados a encontrarse con personas sin hogar en la playa, así lo manifiesta un grupo de mujeres de mediana edad, pero ninguna ha tenido problemas hasta ahora con nadie. Durante el reportaje, un hombre duerme con sus trastos sobre una tarima de madera para evitar el sol y tras la cancha deportiva hay dos tiendas de campaña instaladas.

“Lo que está pasando aquí no me gusta nada; ni aquí, ni en Arguineguín, ni en los hoteles [refiriéndose a los alojamientos que han acogido a inmigrantes]. No sé cuál es la solución, pero tantas mentes pensantes que hay, y no valen para nada”, reflexiona una de ellas, que no quiere dar su nombre.

Su amiga, Reyes Zabalza, apunta a que no todos los migrantes vienen a buscar trabajo, mientras señala el papel de las mafias en esta avalancha de cayucos. “No han pasado hambre, ni problemas económicos, sólo hay que ver los móviles que tienen”. Ambas piden que se controlen las fronteras, la de Marruecos y la de España.Arriba, el grupo de jóvenes en el aseo municipal de la playa de Las Alcaravaneras, situado bajo la avenida marítima, donde comen, duermen y pasan el día a la espera de recibir algún tipo de ayuda institucional canaria, incluida la de Marruecos. A la izquierda, los papeles de devolución que tienen los migrantes.

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