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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Los vendedores del Rastro se resisten al inminente traslado al Guiniguada

La mayoría insiste en quedarse en el Puerto y prepara movilizaciones de protesta | Los comerciantes aseguran que no han recibido ninguna notificación para irse

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Rastro en el Parque Blanco Andrés Cruz

Si los trámites administrativos no lo impiden el de este domingo ha sido el último Rastro del parque Blanco, porque el Ayuntamiento trabaja con la idea de que el próximo domingo, Día de Canarias, el mercadillo municipal abra sus puertas en el nuevo emplazamiento del Guiniguada, en un tramo de subida de la GC-110, entre la calle Obispo Codina y el Teatro Pérez Galdós. Sin embargo, los comerciantes no tenían muy claro que fuera el último domingo porque hasta la fecha no les ha llegado ninguna resolución municipal ni nadie del Ayuntamiento les ha dicho nada. La mayoría se resiste a irse al Guiniguada porque consideran que el traslado es sinónimo de reducción de clientes y ventas y siguen exigiendo al concejal de Desarrollo Local, Pedro Quevedo, que les busque otro lugar por la zona Puerto, preferiblemente, el Sanapú, en los alrededores del Acuario. Sólo una mínima parte ve bien el traslado o, al menos, no se opone.

La mayoría de los consultados, entre ellos José Gómez, presidente de la asociación Rastro-Parque Blanco -que no todos los vendedores reconocen como su representante-, anuncia que se prepara una protesta contra el traslado. «Estamos decidiendo qué hacemos. De brazos cruzados no nos vamos a quedar. Somos muchas familias a las que esta medida nos perjudica», advierte Gómez, que admite que desde el momento en que les llegue la resolución municipal de traslado, habrá que irse con los puestos a la carretera del centro. Habla de «trato inhumano y de falta de respeto hacia casi 400 familias».

«Siempre hemos estado aquí. Parece que lo que quieren es que desaparezca el Rastro»

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María Carmona, dueña de un puesto de moda se resiste a marcharse. «Todas mis clientas son de La Isleta y el Puerto. Este siempre ha sido el mercadillo del Puerto. La gente nos conoce. Tenemos buena relación con todo el mundo. Hacemos los cambios de ropa sin problema», explica Carmona, quien añade un largo listado de razones para seguir en el Puerto: «la zona tiene buena ubicación, paran las guaguas perfectamente y hay sitio donde aparcar. Nuestro gusto sería continuar en este entorno, no donde nos quieren mandar, aunque todavía no sabemos nada fijo porque no nos han dicho nada. Hay un poquito de malestar porque nos van a llevar al quinto pino sin saber. Nos van a mandar a un sitio donde no paran las guaguas, donde no hay nada. Si nos quieren quitar el pan de la boca y dejarnos morir, esto es lo mejor que pueden hacer».

Ramona Santiago Carmona tampoco quiere saber de mudanzas. Y eso que ella ha vivido unos cuantos traslados porque es de las más antiguas del mercadillo municipal. «Me gustaría quedarme aquí porque está cerca del muelle, vienen los barcos y hay mucha clientela, que no va a ir al Guiniguada. Toda la vida de Dios se ha hecho aquí en el Puerto, aunque no va a quedar más remedio que irnos, porque donde manda patrón no manda marinero», afirma resignada. A sus 87 años aún sigue al pie del cañón, al frente de un puesto de bermudas. Como ella misma dice se ha pasado «toda la vida de Dios trabajando. Si me quitan de esto, qué hago», pregunta.

«Si nos quieren quitar el pan de la boca, esto es lo mejor que pueden hacer»

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Nacida en Melilla, aún recuerda cuando empezó a trabajar, aunque apenas tenía 15 años. Eran aquellos unos tiempos muy ruines, cuando la pobreza y el hambre se adueñaban de los hogares y la ropa había que venderla pateando la ciudad y los pueblos, con un hatillo al hombro. «Vendíamos con un matú. Era una vida mucho más dura, porque ahora por lo menos tenemos los mercadillos», afirma. Su hijo José Carmona Santiago también lleva en el Rastro toda su vida. Dice que ahora pasa lo mismo que «cuando nos echaron de San Telmo, aunque nos iba bien. Estamos más perdidos que el barco del arroz».

Un poco más allá, el artesano Rómulo también teme el momento del traslado. «Siempre hemos estado por esta zona. Parece que lo que quieren es que desaparezca. Nuestro miedo es que al final termine desapareciendo con el traslado, como pasó con el mercadillo de Arucas». Rómulo se gana la vida creando figuras de madera y metal, pequeños pescadores, futbolistas, guitarristas o pacifistas que salen de su imaginación. «Vivimos de la artesanía. Yo tengo una hija en la Universidad y entre lo que saco aquí, en Mogán y en Vecindario vamos sobreviviendo, aunque las ventas han bajado muchísimo después del covid. Todavía no nos hemos podido levantar y ahora esto», se queja Rómulo quien asegura que la gente prepara una manifestación. «Estamos luchando para quedarnos aquí», exclama Loly Carmona, «porque donde nos quieren llevar los clientes no van».

«Espero que los clientes de aquí nos sigan al Guiniguada, donde vamos a tener más limpieza»

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En opinión de María, otra vendedora, «el Ayuntamiento debería esperar y dejarnos por la zona del Puerto hasta que mejore la situación económica. Y después, que hagan lo que quieran con nosotros. Pero ahora, lo que se va a formar es una guerra, porque se le ha dado oportunidad a todos los sectores menos a nosotros. También somos padres y madres de familia y también tenemos que pagar el agua y la luz». Entre los que no se oponen a irse al Guiniguada está Manuel Heredia Flores. No es que le haga mucha ilusión el traslado, pero lo asume. «Yo lo llevo estupendamente. No sé si vamos a vender más, pero seguro que vamos a tener más limpieza», sin puestos que venda ropa usada o chatarra. «Espero que todo eso desaparezca del Guiniguada, porque la imagen es muy importante. Yo espero que los clientes de aquí nos sigan al Guiniguada, donde también habrá turistas y hay sitio para aparcar hasta El Batán», subraya Manuel, quien confía en la «palabra del concejal Pedro Quevedo, que nos dijo que está buscando una ubicación para dejarnos de manera definitiva en la zona puerto, una vez que terminen las obras de la metroguagua». Lo único que pide Heredia es «más limpieza y puestos en condiciones, como en Mogán, donde la gente se pueda probar la ropa en condiciones». También le parece muy bien que se retire la licencia a los puesteros que no pagan «desde hace muchos años. Aquí pagamos 110 euros cada seis meses. En Arguineguín se pagan más de 200 euros al mes».

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