PLAYAS

La Laja y sus instantáneas cotidianas

Una joven pareja elige la playa de La Laja como escenario para un álbum de fotos familiar a la espera de su segunda hija 

La lluvia aparece para asombro de bañistas tras una semana intensa de calor

Los surfistas buscan las olas en el Cono Sur

Emily no lo sabe, pero este sábado no amaneció soleado en Las Palmas de Gran Canaria. Tras una semana de sofocante calor en Gran Canaria, la panza de burro quiere dar este fin de semana una tregua a los residentes y turistas. Se agradece tanto que hasta chispea para asombro de los bañistas y surferos que han acudido a la playa de La Laja a refrescarse. Su mamá Rosa Gómez se remoja los pies junto a su papá Franco Ortíz y su futura hermana Ainhoa y, a los tres, los acarician las olas del Atlántico, el mismo océano que a sus familias de origen. La joven familia posa para una sesión fotográfica en la que Emily es la protagonista. A la pequeña le queda mes y medio para venir a este complejo mundo, pero La Laja ya irá de por vida ligada a su vida.

La dulce escena se desarrolla a pocos metros de las piscinas naturales de la playa que da la bienvenida a Las Palmas de Gran Canaria. «No hemos elegido un buen día», dice la joven mamá, luciendo barriga con un bonito bikini y preocupada por cómo saldrán las fotos, que quieren enviar a la familia, lejos de España. Eso parece, aunque las expertas  Soraya Guerra y Alba Rodríguez lo niegan rápidamente. «En los días nublados salen también muy buenas fotos», dicen a los papás las fotógrafas, dedicadas a lo que en el argot fotográfico llaman BBC (Bodas, bautizos y comuniones). «Les damos algunas ideas a la familia sobre el tipo de reportaje que podemos hacer, aunque son ellos los que eligen el sitio. Les aconsejamos que sea un lugar que sea significativo para la pareja», explica Guerra sobre cómo trabajan.

Adonay Rodríguez y su primo Juanfra Rodríguez, a punto de coger olas en la playa este sábado.

Adonay Rodríguez y su primo Juanfra Rodríguez, a punto de coger olas en la playa este sábado. / JOSÉ PÉREZ CURBELO

Tienen razón. Solo hay que mirar al bello escenario sobre el que posa la familia - entre charcones y arena negra, mientras la espuma blanca de las olas golpea en la roca volcánica- para descubrir que lo de menos es que hoy el día este nublado. Al menos no saldrán con los ojos cerrados en las fotos por el sol. 

Adonay y Juanfra, primos hermanos, vienen de Telde a buscar olas en la bahía capitalina

 «Ayer [por el viernes] si que tuvimos un día malo. Fuimos a hacer fotos a una familia y el hermano mayor, de un año, comenzó a vomitar, mientras que el pequeño no paraba de llorar. Tuvimos que dejarlo para otro día», contaba Soraya, sobre lo complicado que es hacer una sesión fotográfica con niños de por medio. 

En este caso, Ainhoa posa sin problemas con sus papás. Y en cuanto hay un parón fotográfico lo aprovecha para meter las manos entre la arena, impregnándose como si tocara un tizne de carbón. Está contenta con la llegada de su hermana, que no llegará con un pan debajo del brazo, sino con «un coche de color rosa», que la regalará, según cuenta. 

El viento no impide a Miguel Martel echar la caña para pescar alguna zalema entre las rocas

La pequeña ha nacido en Canarias, aunque sus papás son de Argentina y Paraguay. Ella reivindica sus orígenes, y niega ser canaria. «Yo soy paraguaya», afirma enérgica. «Tiene mucho genio», dice su mamá, sosteniendo unos pequeños zapatitos para la futura Emily.

La sesión fotográfica continúa para la familia Sudamérica, que ha tenido suerte ya que apenas hay niños que se les cuelen en el encuadre. Ya lo dijo el gorrilla aparcacoches a pie del túnel de acceso: «Según está el día, la gente viene, se pega un baño y se va. Solo está para los surferos. Hoy no me saco ni diez euros aparcando». 

Efectivamente, los pocos inquilinos que a media mañana disfrutan de La Laja dando la espalda a la panza de burro se agolpan en las piscinas naturales. La marea está alta y apenas se distingue el muro de contención, pero los bañistas entran sin miedo. 

El grupo está preparado para pasar el día. Hamacas, toallas y neveras se esparcen en la rampa de acceso y entre las rocas colindantes, en los que algunos hermosos lagartos salen a cargar pilas. Están tan mimetizados con el entorno volcánico que apenas se les distingue, salvo cuando corretean huidizos y hacen ruido. 

 No hay ningún chiringuito como en las otras playas de la ciudad así que, o se viene con la tartera repleta, o uno pasa muy mal la jornada. Es el handicap de La Laja.

Las piscinas naturales de la playa del Cono Sur concentran los pocos bañistas que este sábado visitan la bahía

La zona está limpia, aunque el camión de la basura tiene que recoger aún unas cuantas bolsas ya cerradas junto a los cubetos de reciclaje de la basura, instalados por Ciudad de Mar. «No te pedimos que limpies la playa, solo que no la ensucies», reza un grafiti sobre un parachoques de hormigón a la salida del túnel y que debería estar en sentido contrario, en el acceso, ¿o no?. Al menos la gente es consciente del mensaje, que debe respetar a esta salvaje bahía que a punto estuvo de desaparecer por la construcción de la Autovía.

En la playa de La Laja nunca faltan los surferos. Este sábado han venido Adonay Rodríguez con su primo Juanfra Rodríguez desde Telde. «Vamos a dónde sea para coger olas. Si las hay en Las Canteras, vamos allí; si las hay en norte, en el norte; si las hay aquí, venimos aquí», cuenta Adonay sobre el modus operandi de los buscadores de olas, mientras se sube el mono de neopreno para aguantar el frío. ¿Quién sabe cuánto tiempo estará en el agua?.

Peligro de las rocas

 «Hoy las olas vienen del norte», explica el joven, que estrena su primera jornada de quince días de vacaciones, mientras su primo Adonay, estudiante de Derecho, ya lleva unos cuantos días por delante de asueto. «Lo peor son las rocas», indica, mientras enseña una raspadura en la mano sobre el peligro de volar sobre la espuma en esta zona de la playa, casi exclusiva para los más expertos. 

Efectivamente, la mayoría de los surferos que están en remojo en La Laja lo hacen en paralelo a la playa de arena, más allá del torreón redondo, que quedó como un vigía de recuerdo de las antiguas casas autoconstruidas que existían antes de que la Autovía hacía el Sur se ampliara. Allí, al menos, si el mar te revuelca, no te estrella contra las rocas. No obstante, un puesto de la Cruz Roja vigila a los bañistas; también hay otro a la altura de las piscinas naturales, aunque este es itinerante sobre una furgoneta, acondicionada como una UVI móvil. Curioso, pero en las piscinas naturales ondea la bandera verde, mientras que, al otro lado de la playa, es la amarilla la que se menea al viento.

Miguel Martel entre las rocas pescando.

Miguel Martel entre las rocas pescando. / JOSÉ PÉREZ CURBELO

Entre las rocas también se encuentra Miguel Martel, que ha venido a pescar a La Laja, una de las ventajas que tiene la playa del Cono Sur frente a otras bahías de Las Palmas de Gran Canaria. Le delatan las cangrejeras, la caña de pescar y el sombrero. Él también pasará horas mirando al horizonte, pero más seco que los surferos.

«Hoy no sé si pescaré algo, hay viento y el mar está muy revuelto», dice sosegado el jubilado. Viene tanteando el terreno desde la zona del Tritón. «Allí no se puede estar hoy, hace mucho viento. Aquí creo que podré pescar algo», dice, instalándose a la altura de la salida del túnel, mientras enumera que se pescan sargaos, zalemas y hasta viejas. 

«Vengo a pescar todos los días. Por la mañana, voy a un sitio, y ,por la tarde, a otro. No se puede estar uno todo el día la caja cuadrada, que te atonta. Aunque esta tarde la dejo para los nietos», relata el hombre. 

La pesca ha dado pie a que recuerde parte de su historia vital que, como la de tantas personas de su generación es la de hombre hecho a sí mismo. «Soy de San Mateo, mi familia eran agricultores. Mi madre murió muy joven, así que yo que era el mayor de mis hermanos tuve que empezar a buscarme la vida. Con trece años ya estaba trabajando, me daba lo mismo lo que fuera; solo quería trabajar, quería aprender, aunque me gustaba la hostelería. Me fui hasta Alemania a trabajar de freganchín porque me pagaban más que aquí», recuerda Martel sobre ese espíritu aventurero nacido de la necesidad.  

«Con veintitantos monté un negocio, pedí un crédito al banco y de eso he vivido toda la vida. No he tenido ni vacaciones, ni descanso de fines de semana», explica sobre lo duro que es el trabajo de la hostelería y de ser autónomo. «Hoy lo que falta es espíritu de sacrificio», dice sobre la falta de camareros jóvenes en su sector.

El día no levanta, pero le es indiferente a Miguel. Se coloca entre las rocas y tira la caña dispuesto a tener un buen día en La Laja.