Cultura

Artesanía ‘made in’ Molino de Viento

En la calle de Arenales afectada por la drogadicción y la prostitución un taller de cerámica pretende ofrecer normalidad artística y cultural al barrio capitalino

De izquierda a derecha Florencia Hinze y Carmen Sánchez trabajan en unas piezas en el taller Molino de Viento. | | JOSÉ CARLOS GUERRA

De izquierda a derecha Florencia Hinze y Carmen Sánchez trabajan en unas piezas en el taller Molino de Viento. | | JOSÉ CARLOS GUERRA / Gretel Morales Lavandero G.M.L.

El taller de cerámica Molino de Viento nació en una de las calles más conflictivas de la ciudad. Sus fundadoras, Florencia Hinze y Carmen Sánchez, quieren contribuir con un proyecto artesano y cultural que aporte al barrio experiencias positivas. «Nuestra fantasía, sin querer venir a salvar a nadie, sería darle un ambiente de normalidad a este barrio, y quién sabe si poder generar sinergias y actividades con las ONG», aseguran.

El taller de cerámica Molino de Viento se ha convertido en un espacio de encuentro cultural ubicado en una de las calles más conflictivas de la capital, atravesada por la droga y prostitución. En medio del complicado panorama se encuentra un remanso de paz que ha despertado la curiosidad de muchas personas del barrio. «Muchas chicas de las casas han pasado por aquí y nos preguntan. Incluso una vez estábamos aquí y había como cinco policías nacionales diciendo ¡ah, qué bonito!», explican las fundadoras, Florencia Hinze y Carmen Sánchez.

El taller surgió por una casualidad. Carmen Sánchez buscaba una vivienda para comprar, pero debido al alto precio de las casas en la capital era un trabajo arduo. Un día encontró en la calle Molino de Viento, 47 lo que sería su próximo hogar. Aunque sin luz, agua, y con la imperante necesidad de una reforma más allá de una capa de pintura. Era un reto y una inversión, pero el gran espacio lo compensaba.

Cuando por fin tuvo las llaves de su hogar invitó a su amiga de toda la vida, Hinze, para desplegar la pasión que comparten: la cerámica. Ambas tienen profesiones aparte de la alfarería, Hinze es doctora y Sánchez, ingeniera.

La cerámica nació como un pasatiempo que han conseguido profesionalizar, sin dejar atrás sus trabajos. «Compramos una estantería de segunda mano, una mesa media desvencijada y empezamos aquí a venirnos por la ilusión de trabajar», recuerda Sánchez.

Ya tenían un espacio donde trabajar el barro, pero les faltaba algo fundamental, un horno en el que cocer sus creaciones. Normalmente lo hacían en el de Ingenio de la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria (Fedac), pero les llevaba mucho tiempo porque todos los artesanos lo utilizan. Para desarrollar sus piezas de forma más autónoma tenían que empezar por comprar un horno, pero les faltaba el dinero.

Para conseguirlo sin tirar la casa por la ventana publicaron un crowdfunding a cambio de talleres de iniciación a la cerámica. «En menos de 40 días conseguimos casi 4.000 euros para la compra del horno», refleja Sánchez. Después del éxito cosechado comenzaron a impartir más talleres para aquellas personas que querían iniciarse en la cerámica o simplemente desconectar de la rutina. Además, para ofrecer las necesidades que ellas tenían cuando empezaron, decidieron poner en alquiler su horno. Para que aquellos artesanos que no tuvieran un horno propio.

Iniciativa social

«Nuestra fantasía, sin querer venir a salvar a nadie, sería desarrollar una actividad aquí, darle un ambiente de normalidad a este barrio, y quién sabe, si poder generar sinergias y actividades con las ONG», explica Sánchez.

En una ocasión acudieron dos trabajadoras sexuales que se habían interesado por la experiencia. «Participaron gratuitamente en el taller y se integraron como una más, nadie del resto del grupo lo sabía», comentan. «Quedaron encantadas, se llevaron sus tazas y quedaron preciosas. Nos comentaron que todas necesitan meditación, se fueron ilusionadísimas», añaden. Les gustaría que no fuera un caso aislado, por lo que en un futuro contactarán con alguna ONG para que más mujeres en situación de esclavitud sexual asistan a los talleres a modo de desconexión.

Las fundadoras quieren crear un impacto cultural para que las personas abran los ojos sobre la situación que se vive en el lugar. «Están los pisos carísimos, la gente viene a comprarse los croissants al Colomar, pero aquí nadie quiere ver esto, y realmente ya no es el tema de la prostitución, que se llevaría un capítulo entero porque es un tema muy delicado, el principal problema que hay aquí es la drogadicción», refleja Sánchez.

Precisamente para potenciar el carácter social del proyecto crearon recientemente la Asociación Cultural y Artística Molino de Viento con el objetivo de organizar conferencias. Por ejemplo, asistió la artesana Pilar Ureña para enseñar a los interesados a trabajar con la cestería de ristra, además de una conferencia sobre el esmaltado en las obras de cerámica. El próximo mes tendrá lugar un taller de torno, así como, un ceramista colombiano que impartirá un curso de ocarinas. «El centro de la asociación es la cerámica, pero está abierta a otras disciplinas», destaca Sánchez.

Las primeras que aprenden son ellas mismas, que aseguran que son las alumnas más aplicadas. Ninguna de ellas ha podido formarse de forma profesional en alfarería y no forman parte de la Fedac, por lo que buscan cualquier oportunidad para ampliar sus conocimientos. «Yo considero que no somos artesanas, a mí me gusta más llamarnos ‘aficionadas o apasionadas de la cerámica en un continuo aprendizaje», comenta Sánchez. «Nos encanta la cerámica, entramos antes del Covid de manera autodidacta con algunas clases puntuales, informaciones, etcétera, y esto nos ha ido enganchando de una manera tan brutal que es a lo que nos gustaría dedicarnos al 100 %», añade.

Aunque actualmente no es una realidad conseguir vivir de la alfarería, las dos mujeres esperan que algún día lo sea. Por ahora se fascinan hasta el punto al que han llegado. «A veces alucinamos porque nos miramos, estamos aquí y decimos, ¡Joder, tío, lo que hemos montado! Y la cantidad de gente que pasa e ideas todos los días con cosas nuevas», expresan.

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La casa, en sus inicios, era el bar Molino de Viento, y aún sobrevive la cartelería de antaño. «Es una casa con historia, siempre pasa alguien, y te cuenta algún cuento del bar», aseguran. Antes de convertirse en bar fue una vivienda construida por un de relojero de Triana, que luego puso en alquiler. «Era una señora la que regentaba el bar churrería y la parte de allá era una tiendita de aceite y vinagre, su hijo fue el último que vivió aquí, y ya cuando el señor no se podía valer por sí mismo, es cuando los herederos del relojero vendieron», detalla Sánchez. Aunque el taller está prácticamente reformado, el resto de la casa aún está cogiendo forma y los obreros siguen trabajando. Está por construir un baño, y una cafetería complementaria al taller.