Crónicas de un rompesuelas

La fortaleza de la debilidad

Una visita hospitalaria lleva a recordar las vicisitudes históricas que ha experimentado en el último siglo el Castillo de San Cristóbal

Fabio García

Fui al Hospital Insular a visitar a un viejo amigo, doblemente viejo como persona y como amigo.

Nada más llegar a su habitación, estaba tan cansado de permanecer en la cama que me pidió que lo ayudase a levantarse y lentamente atravesamos el pasillo de la planta para dirigirnos al mirador, que goza de unas excepcionales vistas al Torreón de San Pedro Mártir, más conocido popularmente como el Castillo de San Cristóbal.

Sentados, contemplando en silencio como las olas rompían contra los muros de aquella construcción, maltrecha por los embates del Atlántico, pero alzándose enhiesta a pesar de los siglos, mi amigo exclamó:

- ¿Puedes creer que durante sesenta y seis años estuvo en manos privadas?

- ¿Quieres decir que hubo un tiempo en que el torreón no fue propiedad del Estado?

- Sí, y es muy probable que gracias a eso no acabara como la Torre de Santa Ana, desaparecida con la ampliación de la Avenida Marítima, el Castillo de Santa Catalina, derruido para construir lo que actualmente es la Base Naval, o el Reducto de Santa Isabel, demolido para dar paso a la plaza homónima.

- ¿Y cómo llegó a ser propiedad privada?

- Tras ser abandonado por el ejército en 1878, diez años después de que el Ayuntamiento decidiera derribar la muralla sur, que partía de la montaña de Santo Domingo y acababa en el mar. Para permitir la expansión de la ciudad, un joven teniente de infantería llamado José García Martín sugirió la posibilidad de que el Estado lo vendiese y, cuando salió a subasta en 1919, lo compró por mil ochocientas veinticinco pesetas.

- Supongo que tras una puja muy reñida.

- ¡Qué va, concurrió como único postor!

- ¿Y para qué quería un torreón que no interesaba a nadie?

- Para ir a merendar los domingos con su familia y demás parientes. Sus cinco hijos, después de la comida al pie de la fortificación, se divertían cogiendo lapas y mariscos junto a sus primos. Pero veinte años más tarde, siendo capitán, fue destinado a la penitenciaría de Santa Cruz de Tenerife, así que, como la torre dejó de ser escenario de sus meriendas al borde del mar, empezó a llenarse de tanta arena que llegó un momento en que casi alcanzaba el techo, por lo que decidió quitárselo de encima vendiéndolo.

- ¿Y volvió a sacarlo a subasta?

- No, en esta ocasión se lo cedió a Néstor Álamo.

- ¿Quien también lo utilizó para amenizar sus tardes dominicales?

- No, el cronista oficial de la isla pensaba convertirlo en un museo, pero al no conseguir la financiación necesaria se deshizo de él volviéndolo a vender. Así fue pasando de mano en mano hasta que, en 1985, fue comprado por el Cabildo.

- ¿Y por qué ha tenido tantos propietarios en tan poco tiempo?

- Porque es una construcción tan pequeña que es imposible hacer algo con ella. Ni un museo, ni un restaurante ni nada.

- ¿Es que alguien ha intentado convertir este torreón en un establecimiento en el que se sirvan comidas?

- A mediados del siglo pasado un abogado lo adquirió al regreso de su luna de miel con la idea de convertir la planta baja en un restaurante de lujo, al estilo de esos otros ubicados en viejas fortalezas que salpican la geografía española, pero naturalmente no iba a emprender aquella aventura económica, tan arriesgada, en solitario. Su intención era asociarse a una prestigiosa firma francesa del sector turístico.

- ¿Y qué pasó después?

- Que, tras comprarlo, su futuro socio falleció repentinamente en la ciudad de Niza, por lo que el letrado, que no disponía de los medios suficientes para sufragar semejante proyecto, vendió la fortaleza a un grupo de industriales que la adquirieron con el mismo objetivo, pero con un plan mucho más ambicioso. En esta ocasión querían aprovechar sus dos plantas. En la inferior instalarían un restaurante ambientado al estilo de la época, con platos de la época y un personal ataviado con esos trajes.

- ¿A qué época te refieres?

- A la de su construcción, el siglo XVI.

- ¿Y qué pensaban hacer con la planta superior?

- Acondicionarla de manera mucho más moderna, como un saloncito con una pequeña pista de baile, donde se danzara al ritmo de un piano bajo una cúpula de cristal con las imágenes del Poema del mar de Néstor Martín Fernández de la Torre grabadas a fuego.

De repente me imaginé dentro del torreón, comiendo en un restaurante en el que unos camareros ataviados como los de Las bodas de Caná de Veronese me servían unos manjares del cinquecento en platos de hace medio milenio. ¡Qué romántico, una cena renacentista al borde del mar, con músicos tocando el órgano, el arpa, la vihuela, para luego bailar a la luz de la luna bajo las sombras de unas figuras nestorianas! Pero mi amigo me sacó de mis ensoñaciones con el sórdido tópico del dinero:

- Hasta le encargaron el proyecto a Santiago Santana, que por aquel entonces era asesor artístico del Cabildo, pero el presupuesto para una obra de tal envergadura terminó alcanzando proporciones astronómicas, lo cual, unido al hecho de que la protección con la que contaba el torreón no facilitaba precisamente las reformas, acabó dando al traste con la empresa. Así que, arruinados y convencidos de que el único que acabaría comiendo allí era quien siempre lo había hecho, el salitre, decidieron dejarse de forjar castillos en el aire, nunca mejor dicho, vendiéndolo al Cabildo, que durante décadas ha estudiado la posibilidad de que, aunque jamás llegue a habilitarse como museo o nada por el estilo, al menos pueda ser visitado instalando una pasarela desde la avenida, pero ni un proyecto tan modesto como ese ha logrado materializarse.

- Parece como si estuviera maldito.

- A propósito de lo que acabas de decir, uno de sus propietarios me contó que antes de comprarlo acudió a una cartomántica para que le echase las cartas esas…

- ¿Te refieres al tarot?

- Eso es, el tarot. Y me contó que, tras barajarla, la primera que apareció sobre la mesa fue su decimosexto arcano, que vaticina el fracaso de cualquier proyecto.

- ¡Increíble!

- Pues aún más increíble es lo que viene a continuación, ¿sabes cómo se llama esa carta?

- No.

- La torre, porque muestra un torreón alcanzado por un rayo.

- Pues me parece mucho más increíble que nuestra ciudad no defienda como se merece al vigía que durante siglos la defendió de tantos invasores.

- Eso no tiene nada de increíble porque al fin y al cabo es lo que sucede con todos los ancianos cuando dejamos de ser útiles. ¿O acaso no acabamos olvidados como trastos viejos?

Todos los enfermos que nos rodeaban nos miraron, algunos asintiendo, otros moviendo la cabeza en señal de desaprobación, así que seguimos contemplando en silencio a aquel viejo soldado que, a pesar de los siglos que lleva a sus espaldas, continua impasible, tan firme como el día en que lo erigieron, haciendo guardia ante un ataque que aunque no lo sepa, jamás volverá a producirse.