MEDIO AMBIENTE

Tomates que saben a gloria

La hortelana Lola Toro Gómez cultiva toda clase de verduras en el huerto urbano de El Pambaso.

Huerto urbano en El Pambaso

Juan Castro

La sensación de prisa, ese estrés del demonio que te acucia y no te deja vivir desaparece como por ensalmo en cuanto pones el pie en El Pambaso, uno de los nueve huertos urbanos de Las Palmas de Gran Canaria.

El tiempo, sin embargo, se pasa volando, asegura la hortelana Lola Toro Gómez, mientras planta y contempla como crecen sus verduras, flores y hierbas en el vergel de El Pambaso, poco antes de la desembocadura del Guiniguada, cuando el barranco deja de estar a la vista, antes de ser entubado.

 Los tomates que cultiva saben a gloria y conservan el dulzor perdido por los que ahora se producen de manera intensiva.

El secreto está en la tierra y en el mimo que les da esta hortelana, que deja que maduren en su mata y sólo los recoge cuando están en su punto. «Los tomates aquí saben a tomate», aclara Lola, mientras controla una mata de habichuela que está desarretada y muestra orgullosa su parcela a la que ha imprimido su estricta concepción del orden. Las berenjenas, por un lado, los pimientos y calabacines por otro y las lechugas y coles, en su orilla. Menos papas, que necesitan mucho espacio, en su parcela crecen todas las verduras que imagines.

Ahora empiezan a crecer los tomates, que ella ha sembrado de todas clases, cherris, peras, corazón de buey, mucha miel y raf. También comienzan a echarse fuera las lechugas, las coles, las acelgas, mientras ella vigila su crecimiento y elimina los bichos. Y es que Lola tiene mucha mano para las plantas, aunque le da reparo reconocerlo, y su curiosidad la ha llevado a conocer los secretos de la agricultura. «Sobre todo, tengo voluntad. Me encantan, por ejemplo, las lechugas y sembrarlas es muy agradecido».

El hierba huerto se expande

Empezó hace quince años en el huerto de Siete Palmas, tras hacer un curso en la ULPGC de agricultura ecológica. «Llegué sin saber nada. Me dieron una parcela y de ahí me entró la afición. A mí me quitan esto y me hunden», advierte Gómez, quien todavía se maravilla cuando ver crecer sus verduras. «Todo esto es un milagro de la naturaleza. Es increíble como esa cosita tan diminuta, esa semilla, le echas un poco de agua y empieza a crecer. Es una maravilla y a mí me ha dado la mitad de mi vida», sostiene esta jubilada de 74 años, mientras te enseña orgullosa sus lechugas hoja de roble y te ofrece un ramo de albahaca y otro de hierba luisa.

Y es que para Lola no hay nada mejor que ir al Pambaso. Es empezar a trajinar con las plantas, asegura, y se le quita todo y además es como si fueras al gimnasio, porque no paras de moverte. «Es como entrar en otro mundo. Yo suelo venir a las ocho y no hay nada como el fresquito de la mañana, los pajaritos, el solito que te da y la tranquilidad de todo esto. Te evades de todo y cuando te das cuenta ya han pasado tres horas y ya te tienes que ir. A veces he venido con dolor de cabeza y cuando sales te das cuenta de que se ha ido», explica mientras una sinfonía de olores se adueña del lugar con la albahaca, el tomillo, el romero, la hierba luisa y el hierba huerto, al que hay que atar en corto, porque su afán colonizador lo invade todo.

«Aquí hay unos olores que son maravillosos, pero lo mejor es cuando cae el agua del cielo y le llega a las plantas, cogen una fuerza tremenda y se ponen preciosas», constata Lola, que además ejerce de colaboradora con los y las hortelanas que vienen de la mano del Centro de Día de Rehabilitación de El Pino.

«Prácticamente no compro verdura. Mi hija se lleva muchísima y regalo mucha», explica, mientras intenta averiguar qué le ha pasado a los pimientos que «estaban muy bonitos y de repente se han venido abajo. Puede ser que les ha afectado el frescor de la noche o que se le ha metido un bicho, porque aquí hay muchos bichos. Lo primero que hago cuando llego aquí es darles una vueltita. Las saludo y les hablo», explica mientras se ríe.