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Reflexión

La revolución emocional

Con el título de La Revolución emocional, la Fundación Canaria Mapfre Guanarteme celebrará un seminario de Filosofía, Psicoterapia e Inteligencia emocional. Su oportunidad es evidente: el libro de Goleman (Inteligencia emocional, 1995) tuvo carácter de manifiesto y, a su estela, han proliferado numerosas publicaciones, talleres, masters y aplicaciones en todo el mundo. Además, nuestra ignorancia emocional es muy grande. La ausencia de actitudes de conciliación, la violencia familiar, verbal, moral o física, siempre a flor de piel, la presencia de los abusos laborales o escolares, el ejemplo malsano de nuestros dirigentes y su mutua capacidad destructiva, el robo perpetrado en las instituciones, la manipulación de la opinión publica?: todo eso parece validar al filósofo Heráclito cuando decía que el principio que dirige la realidad es el conflicto. Todo nuestro entorno contribuye abrumadoramente a hacernos sentir los conflictos, a sufrir el castigo de las emociones destructivas y a que nos agobien los temores, la tristeza, la rabia o la vergüenza.

Frente a eso, cada día realizamos numerosos actos de colaboración y llegamos a continuos acuerdos. También somos constructivos, creativos, solidarios, amistosos, entusiastas. Al final, decía Freud, el eros (el principio del amor) triunfa sobre el tánatos (el principio de destrucción). Ese triunfo final de la humanidad creadora no impide la omnipresencia del conflicto, pero nos da una esperanza para luchar.

Un ejemplo cotidiano de estos conflictos es el reproche, que está presente en las relaciones familiares, sociales, laborales y políticas. Cuando le reprochamos algo a alguien, este se siente atacado personalmente en su amor propio: el reproche le hace culpable. Normalmente responderá de forma desabrida: "¿Yo?, ¡anda que tú!: tú más". A esa forma de desencuentro asistimos, con frecuencia, como protagonistas. Y ¿a dónde nos conduce? Con ese "¿y tú más?" devolvemos al otro el estigma de la culpa. No es que se equivoque, no; es que es "culpable" y, así, implícitamente le decimos en la cara que "no vale como persona". Atacamos su amor propio. Ese "tú también, tú más, ¿y tú qué?" es ofensivo, es un "insulto" destructivo para cualquier relación. El otro es ya el enemigo y, ofendido en su amor propio, responde con más rabia aún. Sube el tono varios decibelios, que ahora es furioso y despectivo y va a por todas: ambos se ciegan y, en su ceguera, se destrozan mutuamente. Sale a relucir el "tú siempre", con lo que asistimos a una parodia del otro, a una generalización sarcástica, pero muy reveladora de lo que piensan el uno del otro: un cliché simplista que exagera y ridiculiza sus defectos.

Si es una pareja, se están poniendo los cimientos de un divorcio; si es una discusión en el trabajo, se está creando un clima irrespirable de abuso, acoso y humillación; si es un debate político, se está indudablemente parodiando al contrincante, lesionando su prestigio, su dignidad personal y la de su grupo, imposibilitando, con ello, una colaboración constructiva. Los franceses llaman a ese tú ofensivo y denigrante "le tu qui tue", esto es, el tú destructivo, el "tú que mata".

En esa relación destructiva aparecen, al pronto, la ira y el amor propio; pero con frecuencia laten en ese cruce de reproches los celos o la envidia, y puede que también el dolor de una pérdida y la tristeza o, quizás, nuestros miedos. Son esas, según el psicoterapeuta Leslie Greenberg, las emociones que normalmente aparecen en los conflictos. Aprender a comprenderlas y a gestionarlas supone trasformar nuestras emociones insalubres y tormentosas (el tánatos freudiano) en emociones constructivas y saludables (el eros). Cuando eso ocurre damos salida a nuestra creatividad y motivación, ponemos en juego nuestra empatía y capacidad de escucha, nos liberarnos de los esquemas imperativos, que nos agobian, y abrimos nuestra disponibilidad a los demás. Y eso no supone solo un cambio en las pautas de conducta, sino un despertar de nuestra originalidad personal, un encuentro con el sentido de nuestra propia existencia. Un sentido, que es único e intransferible: es nuestra verdad, que solo se abre para cada uno.

En la tarea de reconocer nuestra propia verdad partimos del siguiente principio: "Todas las personas tienen normalmente en sí una fuerza intrínseca, que les permite superar, si se ponen las condiciones oportunas, las tensiones a las que se pueden ver sometidas". Y si la verdad, como decía Heidegger, consiste en un des-ocultamiento, en un des-cubrimiento, que se produce cuando se eliminan las barreras que la esconden, nuestra verdad, la fuerza interna de cada uno, brotará al eliminar esas trabas. Ese es un proceso íntimo, que cada uno ha de recorrer y en el que nadie lo puede suplantar. Un seminario de filosofía, psicoterapia e inteligencia emocional orienta el camino, pero no impone absolutamente nada. La revolución emocional no es posible sin la libertad individual, la autoposesión de cada quien de sus propias opciones, convicciones y creencias.

Pero cuando la autorrevelación se produce, y la conmoción interior libera a las personas de sus trabas, miedos, vergüenzas, enfados, tristezas o ansiedades, entonces descubrimos en nuestro interior un paisaje frondoso y contactamos con nosotros mismos de una forma diferente. Sentimos una fuerza nueva. Nos liberamos del estrés, del miedo, de la tristeza o la culpa; nos sentimos desinhibidos, creativos, motivados, abiertos y disponibles hacia los demás. Y también, y esto es importante, más seguros de nosotros mismos.

En su obra Ángel fieramente humano, Blas de Otero expresaba esa conmoción interna y escribía: "Y fui llama en furor, pasto de luz, - viento de amor, que arrebatadamente - arrancaba las frondas y las iba - subiendo, sí, subiendo hasta tu cielo. - Allí mecidas en vaivén de céfiro, - en finísima luz y aguas de oro, - gozan la paz, parece que te miran, - oh serena Verdad, con mis dos ojos". Describía poéticamente su propia "revolución emocional".

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