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Los gobernantes no leen a 'Charlie Hebdo'

Peligro, estadistas al rescate. Mariano Rajoy cree que todavía se publica La Codorniz, revista que dejó de leer por encontrarla demasiado atrevida ideológicamente. El primer manifestante español en París acaba de estrenar en Madrid una Ley Mordaza que convierte en sospechosos a los participantes en manifestaciones. El presidente del Gobierno no aporta la mayor contradicción a la masiva convocatoria parisina de los estadistas caricaturizados sin pausa por Charlie Hebdo. El semanario tendría problemas para mantenerse en los quioscos de Rusia, Turquía, Argelia, Gabón y otros países cuyos líderes lamentan íntimamente que el Estado Islámico se les haya adelantado en dar a la prensa crítica el trato que merece. Solo uno de cada diez manifestantes de París puede presumir de ser lector de una revista anclada en una tirada de unas decenas de miles de ejemplares. Ayer salieron a la calle los gobernantes que no leen Charlie Hebdo. La duplicidad no encierra una paradoja, sino una convicción democrática. En estos días en que se conmemora el enésimo intento de asesinar a Voltaire, el filósofo recordaba su abierta discrepancia con las tesis de Helvecio, "pero tomé partido a su favor con energía cuando hombres absurdos lo condenaron" por los principios que les separaban. De ahí surge la cita "no comparto sus ideas, pero me dejaría matar para que pudiera defenderlas", desgraciadamente apócrifa aunque digna del pensador cuyo bulevar fue ayer recorrido por los manifestantes. No hace falta ser Charlie Hebdo -Vargas Llosa-, no serlo -David Brooks en su celebrado artículo del New York Times, Jean-Marie Le Pen- o dudar sobre si se es o no se es. La democracia reside en la permanencia de la visión vitriólica o blasfematoria, que a nadie obliga. Al fin y al cabo, el mercado de las ideas es más duro que su sucedáneo bursátil. En su delirio simétrico, los islamistas y sus tolerantes creen que se propugna la lectura forzosa de Charlie Hebdo. Los manifestantes realmente meritorios salieron a la calles de París en defensa de una revista que no les gusta o que no les interesa, la esencia de la libertad. La lista venía encabezada por los destinatarios de los dardos. Los gobernantes reivindicaban ayer su derecho a ser caricaturizados por Charlie Hebdo. Se han pronunciado a regañadientes, una impostura que no anula el gesto. En el caso concreto de Rajoy, podría empezar reclamando la caricatura del Gobierno en su lacayuna RTVE, más antigua que La Codorniz.

El humorista José Mota acaba de declarar a El Periódico que "todo se puede parodiar, pero yo no haría parodia de todo". Sobre todo si aspira a seguir trabajando en la televisión del PP. La imagen de medio centenar de estadistas en París no solo mueve al optimismo. Ni siquiera responde únicamente a la exaltación chovinista de Hollande, cuando se jacta de que "París es hoy la capital del mundo". También se han congregado para asustar a sus representados. Han de generar el miedo suficiente para que la inversión económica ya decidida en falsa seguridad parezca asumible a sus ciudadanos. Europa ha de calibrar qué nivel de pánico puede permitirse, y si procede retirar más dinero de sanidad y educación para dedicarlo a la persecución policial de los efectos de una salud en retroceso y una peor enseñanza. Los gobernantes vuelven a actuar como emisarios solapados de los intereses comerciales que les permitirán enriquecerse en cuanto abandonen el cargo. Sin ir más lejos, examinen los precedentes de Blair, Clinton, Schröder, González o Aznar.

El vínculo de los gobernantes europeos con Arabia Saudí o Catar, espónsores del fundamentalismo, siempre será más fuerte que con la tradición intelectual de Occidente. Por tanto, cabe aprovechar las secuelas del trauma para volverse hacia un periodismo "agitador y provocador", contra la dictadura de los catedráticos de Ciencias de la Información. Los adjetivos citados no encierran contenido revolucionario alguno. Proceden de Dickens, y fueron asumidos como propios por Juan Luis Cebrián en su ensayo El tamaño del elefante. Y aunque se ha hecho aburrido rebatir a diario a quienes hablan de locura o de terrorismo a secas, olvidando que los asesinos reclaman la autenticidad del Islam, buscaremos el contraejemplo. Si los asesinatos hubieran corrido a cargo de la extrema derecha, dado que Charlie Hebdo ha sido más duro con el Frente Nacional que con el islamismo, ningún comentarista ahora conciliador le ahorraría la culpa entera a Le Pen.

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