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El reto de Syriza

El Movimiento Socialista Panhelénico, Pasok, ganó las elecciones generales griegas de 2009 con mayoría absoluta. Nada más tomar posesión, el nuevo gobierno miró bajo la alfombra y encontró multitud de trampas contables perpetradas por el anterior ejecutivo.

El nuevo primer ministro, Yorgos Papandréu, destapó el engaño, anunció que el déficit público no era del 2% sino del 12% y la confianza financiera en el Estado griego se hundió. Nadie le prestaba el dinero necesario para llegar a fin de mes. Pidió entonces ayuda a sus socios europeos, y llegó el ansiado rescate, pero acompañado de una salvaje operación de castigo: préstamos a un interés usurero y la imposición de recortes draconianos.

Papandréu aceptó y el pueblo llano le atribuyó el subsiguiente empobrecimiento. En 2012 le echó y devolvió el gobierno al causante primero del desastre, el partido que falseó las cuentas, Nueva Democracia. No solo expulsó a Papandréu sino que sustituyó al Pasok por Syriza como primer grupo de la izquierda.

Eso es lo que ocurre cuando los socialistas hacen lo mismo que critican a la derecha. Pueden preguntar a Zapatero. El nuevo jefe de gobierno, Andonis Samarás, encontró gran parte del trabajo duro ya realizado, y se benefició de una relajación de la actitud europea.

En 2014 pudo volver a colocar deuda en los mercados a un precio razonable, y Merkel anunció que Grecia había hecho los deberes. No por ello Samarás dejó que sufrir desgaste, por el cansancio acumulado y la dificultad para cambiar la tendencia. Alexis Tsipras llega a un paisaje más esperanzador que el hallado en su momento por Papandréu y Samarás. La deuda es muy elevada, es verdad, pero la carga de intereses es manejable.

Este año pagará por dicho concepto menos que Italia o Portugal (en porcentaje del PIB). En cuanto a devolver el principal, los grandes acreedores, que son los Estados europeos, están predispuestos a la negociación: un aplazamiento a muy largo plazo siempre es mejor que un default. Además, Europa finalmente apuesta por incentivar el crecimiento, una decisión que de haberse adoptado hace cinco años otro gallo cantaría. Aunque Syriza y los nacionalistas hagan su propaganda a costa de la deuda, el gran problema de Grecia es que la dieta de austeridad la ha dejado sin fuerzas para levantarse por ella misma. Va a necesitar ayuda, y si no la encuentra, Syriza lo va a tener difícil para cumplir sus promesas, que han generado grandes expectativas.

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