Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Las siete esquinas

Bolsas de agua caliente

Leo la historia de una familia de Sant Boi de Llobregat a la que le han cortado desde hace tiempo la electricidad. Por lo que cuenta la abuela, "tenemos que calentarnos con las velas, la radio y la estufita de gas. Luego llenamos las bolsas de agua caliente y nos metemos en la cama hasta que amanece". Esta frase es de 2015, pero más bien parece de la tétrica posguerra española. Porque uno más o menos entiende lo de calentarse con las velas, por poco que calienten, pero ¿cómo es posible calentarse con la radio? Hay que pasar mucho frío para poder decir eso. Y no sólo eso, sino que hay que estar muy acostumbrado a la desesperanza para que uno ponga la radio en medio de la oscuridad, entre el chisporroteo de las velas y el débil calor que llega de una estufita, y enseguida piense que ese ruido de fondo le está ayudando a pasar mucho menos frío del que en realidad está pasando.

Y en cuanto a las bolsas de agua caliente, cualquiera de nosotros pensaría que habían desaparecido de la circulación desde hace al menos veinte años, porque eran objetos de otra época, al menos en las grandes ciudades, y no se veían ya en las tiendas ni se oía hablar de ellas en ninguna conversación casual. Pero no, se ve que estábamos equivocados. Y las bolsas de agua caliente vuelven a ser un artículo de primera necesidad, como lo eran en los años 50 y 60, cuando se usaban en todas las casas, incluso en las burguesas, porque no existía la calefacción central y había que calentarse con braseros y estufas raquíticas y unos calefactores eléctricos de color negro que tenían el aspecto de un escarabajo mutante y eran peligrosísimos: uno de los accidentes más habituales ocurría a la hora del baño, cuando las madres intentaban calentar un poco a sus hijos colocando uno de esos calefactores en el borde de la bañera. Y en cuanto llegaba la hora de irnos a dormir, los niños cogíamos una bolsa de agua caliente y nos aferrábamos a ella apretando los dientes, igual que los marines se agarraban al fusil cuando iban a desembarcar en una isla ocupado por los japoneses, porque lo que nos esperaba entre las sábanas heladas exigía unos nervios de acero y un valor notable. Y en este sentido, los que digan que en este país no se ha avanzado nada en estos últimos treinta años es que no tienen idea de nada, o son unos cínicos redomados que quieren engañar a la pobre gente que lo está pasando muy mal. Pero bueno, ésa es otra historia.

Un informe dice que hay cuatro millones de familias que tienen que calentarse con la radio y con las bolsas de agua caliente. Y aunque esta clase de cálculos son muy difíciles de hacer, da igual que sean cuatro millones o sólo dos, o la mitad, o la mitad de la mitad, porque siguen siendo muchas familias, y un hecho así sólo se puede considerar una vergüenza en un país en el que todavía hay dinero público para muchas cosas que no son imprescindibles ni sirven nada más que para satisfacer los privilegios de unos pocos que ya tienen muchos privilegios. Y lo peor del caso es que no sería muy difícil diseñar un plan de ayuda urgente a estas familias, y para ello bastaría eliminar el dinero de algunas partidas que no son de primera necesidad y dedicarlo a un presupuesto específico, lo mismo que si fueran víctimas de un terremoto o de una catástrofe, porque en realidad son víctimas de una catástrofe que se les ha echado encima sin que nadie puede explicarles por qué. Pero nada de esto se ha hecho, y en este país donde todo el mundo protesta, tampoco he visto que se hayan organizado conciertos para recaudar fondos, ni he oído que artistas y escritores se movilicen a favor de estas familias. Y como siempre, sólo hay unas pocas personas que por su propia iniciativa se preocupan de estas familias y las ayudan en la medida que pueden. Honor a ellas.

Y al mismo tiempo que ocurre esto, hay presupuesto suficiente para pagar a los ex altos cargos del gobierno o de la administración, y para celebraciones que uno no sabe muy bien para qué sirven, y para cientos de otros gastos que no se suprimen y que se siguen asumiendo sin ningún escrúpulo. Y peor aún, el presupuesto de la Generalitat de Catalunya para abrir "embajadas" en el exterior, según leo, es de 19 millones de euros sólo para este año que acaba de empezar. Muy bien, maravilloso. Que abran sus "embajadas" esos políticos tan preocupados por sus ciudadanos, y que los demás políticos hagan como que no saben nada de la gente que no puede pagar la electricidad, y que todos ellos sigan gastando el poco dinero público que hay en pensiones de altos cargos y en líneas de tren de alta velocidad y en televisiones autonómicas que nadie ve. Y que la gente que no puede pagar la luz siga calentándose con velas y con la radio, y apriete los dientes a la hora de irse a la cama, una vez que ya no suene la radio y se hayan apagado las velas y la estufita de gas haya dejado de funcionar.

Compartir el artículo

stats