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Juanjo Jiménez

Juanjo Jiménez

Periodista

Harakiri en la terminal

Antier comenzaban a aplicarse las nuevas medidas antiterroristas para volar. Desde el origen de los avechuchos para subirse en un avión se han tenido que cumplir una serie de requisitos, algunos tan primarios como buscar el centro de gravedad para que la física permita despegar al trasto.

Ejemplo: mi padre me contaba el cuento de un antiguo Junker de fuselaje corrugado y sin asientos con el que voló a Gran Canaria desde Sidi Ifni, en una aventura que comenzó cuando el aeroplano corrió por toda la pista sin elevarse un pepino. El piloto no comprendía dónde estaba el meollo hasta que alongó por la cabina..., para encontrarse a todo quisque en cuclillas en modo pánico acurrucado al fondo, donde la cola.

Una vez pegó dos gritos y reorganizó al público cogió vuelo. Luego llegó a Gando, descargó dos motores de camión, y cuando volvió a enfilar para ir a Tenerife los desalados pasajeros de puro chirgo se fueron tirando del Junker mientras traqueteaba hasta la cabecera de pista. Fue cuando mejor despegó aquella birria de cernícalo pero eso sí, cuando el piloto llegó a Los Rodeos se quedó hablando solo.

Derivado de ello digamos que evitar que un pasajero se baje en vuelo, por lo que pudiera ocurrir, y que se eche en un sitio concreto -tanto mejor si es dentro del avión y no en un ala-, son medidas medianamente civilizadas.

Pero la dinámica se ha vuelto un poco paranoica, lo que influye mucho en un homo isleñus al que no le queda otra para viajar a un continente, el que sea. Lo que comenzó con quitarse el cinto y sacarse las llaves de la moto va camino de convertirse en un estriptis sin final feliz, lo que a su vez terminará derivando en un profundo cambio de actitudes, como el aplicarse un tratamiento urgente de aumento de cuca por si nos hacen en frío una radiografía de carne, que ya las hay en USA, o depilarse no para ir a una playa y tal, sino con vistas a figurar aseaditos cuando nos oreen los aguacates, provocando todo esto más terror al embarcar que el propio volar, que ya es de recoña el tema.

Y aún hay más. De seguir esta escalada lo próximo será una sanguinolenta auto-autopsia allí en vivo, en la que el pasajero debe hacerse un harakiri completo ante los amables agentes de seguridad aeroportuaria -cuyas empresas se están forrando a gusto con esta ñoñería-, para demostrar que tu pomo es un pomo totalmente homologado por la UE, y no una explosiva arma de ventosidad masiva.

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