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Papel vegetal

Kosovo, un experimento fracasado

No hay duda de que Kosovo es un experimento fracasado. Un Estado artificial creado aprovechando la descomposición de Yugoslavia y con el argumento de impedir allí un genocidio.

El escritor austriaco Peter Handke lo explicó así en su día: "La OTAN bombardeó la ex Yugoslavia e insistió en la necesidad de independizar a Kosovo porque de otra manera los albaneses de ese territorio volverían a la guerra". Y, se preguntaba el autor de La mujer zurda: "¿Cómo es posible que alguien merezca la independencia sólo porque amenaza con más violencia y una nueva guerra?"

Claro que Handke, hijo de un soldado alemán y una eslovena, fue tachado en su día de "nostálgico" de la ex Yugoslavia, de complicidad con la Serbia de Slobodan Milosevic y directamente de fascista hasta el punto de ser comparado con autores de esa ideología como el francés Louis-Ferdinand Céline o el poeta estadounidense Ezra Pound.

Sería muy complejo analizar ahora las causas profundas de la disolución de Yugoslavia, hablar de los intereses estratégicos de Estados Unidos o Alemania en los Balcanes, pero también de la locura no sólo de Milosevic, sino también de otros líderes nacionalistas: croatas o albaneses.

Como lo sería también cómo la propaganda occidental magnificó todas las matanzas cometidas por los serbios, en especial la más espantosa, la de Srebenica, mientras al menos minimizó limpiezas étnicas de signo contrario como la de Krajina, cometida por los croatas, o las consecuencias de los 78 días de bombardeos de la OTAN sobre Serbia.

Sea como fuere, en medio de ese inmenso desastre humanitario en Europa nos encontramos ahora con un Kosovo al que parece un territorio al margen de la ley, dominado por las mafias y del que se ve obligada a emigrar continuamente la juventud en busca del trabajo que allí no encuentra. Sólo en los seis primeros meses de este año salieron 80.000 personas de ese país, que tiene sólo 1,8 millones de habitantes. Un país en el que un tercio de la población sobrevive con menos de 1,80 euros al día y donde el desempleo llega a cerca de un 50 por ciento.

Como quiera que necesitan visado para entrar en la UE, los kosovares que se deciden a emigrar tienen que hacerlo en su mayoría ilegalmente, atravesando Serbia primero y cruzando luego la frontera húngara camino de Alemania, que es el algo así como Eldorado para ellos. "Kosovo no es una utopía sino una distopía. El país está en manos de un régimen autoritario, controlado por una élite ladrona", afirma alguien que lo conoce muy bien, como es el italiano Andrea Capussela, que estuvo cuatro años al frente del departamento económico de Eulex, la misión europea para el imperio de la ley en ese territorio. "Kosovo es lo que menos necesitaba la UE, como tampoco necesitaba Montenegro o Macedonia. Pero se ofreció una oportunidad de intervenir, de presentarse al mundo como un actor global", critica Capussela.

Como ejemplo de lo que allí pasa, el italiano escribió un artículo publicado por la London School of Economics denunciando la construcción de una autopista que ha terminado costando 838 millones de euros, 400 millones más de lo inicialmente presupuestado, dinero que lejos de beneficiar a ese pueblo empobrecido ha ido a parar a un consorcio multinacional liderado por la empresa estadounidense Bechtel.

Se trata de una autopista de 77 kilómetros que la une a Albania aunque el comercio directo con este país es muy escaso y las principales rutas de importación y exportación atraviesan Serbia y Macedonia. Y todo ello mientras la mayoría de las carreteras rurales están en pésima condición, lo que, como explica Capussela, impide el desarrollo de la agricultura y perjudica a quienes viven en el campo. En 2010, cuando comenzó a construirse esa carretera, Kosovo tenía niveles de pobreza, desempleo y mortandad infantil que deberían haber aconsejado otras prioridades y no la construcción de una autopista.

Pero cuatro años antes, el mismo consorcio había ganado el concurso para construir la parte albanesa de la misma y allí también se disparó el costo final, que pasó de los 418 millones inicialmente presupuestados a 1.000 millones, algo que criticó incluso el Fondo Monetario Internacional.

Pero, como investigó en su día el diario británico The Guardian y corrobora Capussela, en la concesión de ese contrato al citado consorcio influyeron sobre todo las presiones del embajador de Estados Unidos en Kosovo, quien poco después de dejar ese puesto diplomático fue contratado por la firma norteamericana a la que había ayudado.

El dinero público despilfarrado en ese proyecto tan megalómano como insensato equivale, según el experto italiano, a aproximadamente un 26 por ciento del PIB kosovar en 2010, y los 400 millones que se pagaron de más, al 10 por ciento del mismo.

La UE, que en teoría debería estar interesada en el desarrollo a largo plazo de Kosovo, no evitó por la razón que sea y que habría que investigar, que el Gobierno de Pristina gastase un dinero que habría estado mucho mejor empleado en la construcción de escuelas, de hospitales o en la mejora de las comunicaciones rurales. Todo un escándalo.

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