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Una etapa digna de recordar... y repetir

Cuando creen que alguien por edad y constancia conoce casi todas las emociones, halagos y cornadas de la vida del deporte y el deportista, le suelen preguntar en entrevistas fisgonas, ¿qué le produjo más pena, alegría o emoción a lo largo de su carrera profesional?

Y lo contesta uno más o menos al tuntún a sabiendas de que "lo mejor al completo, si no es en matemáticas, no existe". Todo es mejorable y siempre falta o sobra algún colgajo, punto o coma.

A todo esto yo les confieso que estas noches, en repetición feliz, sueño que alguien me pregunta por aquello que más me calentó o emocionó un día o una época de la UD Las Palmas.

Y arrullado que aún está uno -¿hasta cuándo?- por la exultante expresión del último partido, pensé enseguida en Valencia y no exactamente en el Mestalla de estos días, sino de otro partido lejano con el que ahora fundía gran emoción y consecuencias, porque los recuerdos aparecen así de inmediato como éste que digo y que se disputaría hace ya casi 47 años.

Y no me vino eso a la testa porque estuviera demasiado contento con la marcha del club amarillo, pues entonces, teniendo en plantilla a (tomen nota por favor) Ulacia y Oregui como porteros, y luego, como aún desconocidas alhajas a Aparicio, Tonono, José Luis, Martín, Niz, Castellano, José Juan, los Gilbertos, Guedes, Vicente, Germán, León, Collar, Vegazo... Pese a tan refulgente constelación de ases y algunos más que con las prisas se me escapan, o , que, con la edad se me van de la memoria, resulta que en abril de 1967 tuvieron que cambiar de entrenador porque aun con tanto crack contratado tenían miedo de enfilar proa al marisco. Por eso quitaron del banquillo al bonachón de Juanito Ochoa y dieron entrada a Luis Molowny, para hacer frente a las tres jornadas que quedaban luchando por una permanencia. Los rivales en turno eran Barcelona , Español y Deportivo de La Coruña. Se salvó la situación con el inolvidable mangas ganando a Barcelona y Coruña 2-0, y empatando 1-1 en Sarriá. Aquel cambio y las dos temporadas siguientes (1967-68 y 1968-69 ) conservan hasta hoy la más grande colección de emociones para recordar.

Aquel revoltillo hizo pensar que Juan Trujillo Febles, aquel presidente tan impetuoso y decidido como el Miguel Ángel Ramírez que gozamos hoy, hubiera ordenado meter en la popa del barco un volador esrabonao que puso en su acción... ¡yo qué sé cuánto puso! Lo cierto, y ¡gracias don Luis en la memoria!! es que acabaron optando al titulo de liga, opción que se perdió al encajar aquel discutido gol de Pirri en el Bernabéu (20-4 68). Antes en casa ya habían empatado 2-2 en el Insular con los goles de Germán y Gilberto II terminando terceros y a sólo cuatro puntos del campeón madrileño; y por si fueran pocas las razones de catalogar aquel tiempo como el mejor de la vida amarilla yendo de la mano de Luis Molowny con su entrada de emergencia, se acabó ganando también el monumental trofeo Caballero como equipo máximo goleador de la temporada (56 goles), teniendo como orden meritorio a Jose Juan (13), Gilberto II (12), Gilberto I (8), Germán (7), Castellano (6), Guedes (5) y León (3), nombres que con sus compañeros de equipo invadieron las almas de miles de aficionados de un orgullo e historia que aún perviven.

La muestra de que al petardo aquel de la transformación le quedó pólvora suficiente para seguir tronando con acento de cantera de la que provenían todos los jugadores menos dos, llegaba enseguida, en la temporada 68-69. Y ya lo saben ustedes, en ella se tocó el techo de la clasificación, nunca se ha subido tanto. Todo ese tropel de emociones en el recuerdo se me amontonó en el sueño que ahora relato sintiéndome transportado a Valencia, donde el pasado sábado jugaron unos jóvenes que, menos dos, también son todos de cantera, y que por temor de amenazas de descenso también han ido con Quique Setién, un entrenador que llega de emergencia relevando a Paco Herrera igual que llegó aquel Molowny de hace 47años para sustituir a Juan Ochoa. Y que unos entonces y estos ahora, en vez de mostrar allí titubeos y dudas desplegaron sus conocimientos, los de siempre, pero esta vez con una velocidad más, con acción en vez de exhibición, empatando (1-1) cuando incluso merecieron ganar..

¡Cuántas coincidencias! Parece como que la historia se repita. Acaba de ocurrir con Quique Setien ahora en 2015 despues de comenzar con 1-0 en contra, lo que más o menos había sucedido en enero de 1968 con el mismo rival, pues fue entonces cuando en Mestalla el Valencia empitonó a la UD, a la que ganaba por 2-0. Jugaba más el equipo canario pero el que marcaba era el valenciano. No me lo contó nadie, porque estaba allí y lo transmití en un mar de sobresaltos y amenazas de gol durante casi todo el partido y repercute tanto en mi memoria porque siguió siendo el 2-0 hasta los 5 minutos finales en los que dos bravos testarazos de Paco Castellano y Germán Dévora pusieron el empate (2-2), haciendo explotar de tensión a miles de aficionados canarios que oían la retransmisión, y a mí enronquecer la voz gritando: "¡¡ Desde Valencia, que es mi tierra !!, ¡¡viva Canarias, que es la tierra de mis hijos!!". Despedida ésta que conservo con sincero orgullo por cuanto significa.

Me pregunto al final en este revolcón de entusiasmo: ¿es que la historia se repite? ¿Hasta dónde podría llegar la UD?

Igual estamos alimentando un espejismo que este sábado borra el Coruña, porque el fútbol es así. Y lo importante es afrontarlo a todo bombo si cuaja o aceptarlo sin vergüenza cuando falla. Y mientras tanto, ahí está lo conseguido permitiendo la ilusión de participar en el ambiente ¿acaso no siente ilusión ahora? ¡Mira que se si se repitiera la historia de aquellas dos grandes temporadas! A muchos de los que fueron sus protagonistas les vemos como espectadores en el Gran Canaria. Y viven tanto lo que fue su vida y su fortuna, que a veces aún en sus cómodos asientos estiran o encogen las palancas en jugadas cruciales. Y hasta mis viejos compañeros y yo empuñamos el bolígrafo para tomar alguna nota. Es la ilusión que permanece.

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