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La Provincia - Diario de Las Palmas

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A TIEMPO Y A DESTIEMPO

La fuerza de la risa

La fiesta de los locos es el título de un exitoso libro que, hace años, publicó en USA el teólogo protestante Harvey Cox. Aludía a un tiempo mucho más lejano en el que la provocación y la fantasía entraban en el calendario como auténticos respiraderos de aquellos siglos insalubres. Todavía los carnavales no habían sido domesticados por la Administración pública y la locura no pasaba receta de ningún tipo. A los locos se les permitía, por estar "locos", decir lo que decían y, consecuentemente, no eran perseguidos de oficio.

Durante la fiesta el mundo se ponía patas arriba y lo sagrado, en aquel entonces y siempre tabú, se desenmascaraba de forma blasfema. Hubo una época, antes de la reforma del calendario gregoriano, en el que los 12 días últimos del año no contaban. Era un periodo fuera de toda medición. Una especie de isla de San Borondón en los que todo transcurría fuera del calendario oficial y, por tanto, un tiempo "de sobra", apto para la fantasía y la transgresión. Esa docena de días representaban la brecha entre el calendario solar de 365 días y el lunar de 354. Era un terreno de nadie, un hueco de incertidumbre, en el cual el mundo de los vivos podía comunicarse con el mundo de los muertos y la comunidad podía dar rienda suelta a todos sus sentimientos contenidos, descuidados o excesivos.

Estas jornadas tenían un significado especial para los celtas, mientras en Roma las Saturnales ofrecían la oportunidad a los esclavos de ser amos por un día y saltarse la raya. A estas fiestas seguían las Lupercales. En el Medievo, la fiesta de los diáconos, subdiáconos y las del coro de niños se celebraban entre la Navidad y Epifanía, culminando el ciclo lúdico con la elección del Arzobispo de los tontos y, en algunos casos, la elección de un asno como obispo. Era el mundo al revés, donde el subdiácono mandaba más que el diácono, éste podía erigirse en señor del presbítero y el obispo era tan precario como un pobre animal. En una sociedad jerarquizada como la sociedad medieval, era importante no olvidar que la asignación del poder no dependía del valor de las personas, sino, en la mayoría de los casos, de la rueda de la Fortuna y, por tanto, el que estaba arriba podía estar abajo o al revés.

Estas fiestas fueron duramente atacadas y prohibidas por la jerarquía eclesiástica. Y, obviamente, tenía su explicación: las mofas y la profanación a través de la sátira o el humor corrosivo, suponían, además de irreverencia, una violenta contestación a lo establecido, a lo sagrado. En El nombre de la rosa el viejo fraile, antiguo bibliotecario, consciente de la peligrosidad del humor, empeña toda su vida en ocultar el segundo libro de la poética de Aristóteles supuestamente dedicado a la comedia y a la risa como transmisores de verdad. Nuestro Carnaval, prohibido en tiempos de la dictadura, posiblemente sea un ejemplo de la carga crítica y peligrosa que puede encerrar la risa.

Hay momentos en los que la realidad es tan dura, injusta y desconcertante que hay que luchar contra ella como sea, siempre que esa lucha sea inteligente y razonable. Y ésta es una de esas coyunturas: el triunfo de alguien que con sus palabras y comportamientos alienta la insolidaridad, el desprecio a la mujer o la xenofobia; el agujero negro de una sociedad en la que el simple hecho de polemizar sobre algunos temas como la ideología de género o el aborto es visto como ataques directos a conquistas adquiridas; una Iglesia más samaritana que arriesga es denunciada desde dentro como una traición o el recurso al referéndum se convierte en un instrumento de vuelta al pasado en lugar de apertura al futuro, etc. deben movilizar todos los recursos al alcance de la inteligencia humana para cuestionar esos hechos. Un arma idónea, ejercida a lo largo del tiempo, han sido la sátira, la parodia, el humor agudo y hasta ácido. Hoy también se impone hacer crítica social desde este ámbito. Los desmanes del poder y el desconcierto ante cualquier reclamo a lo ético o no ético superan, por lo grotesco y sorprendente, cualquier representación paródica.

El Carnaval es un momento para experimentar la fuerza de la risa y constatar lo que advertía el actor, director y productor Billy Wilder cuando hablaba de su forma de hacer cine: "Si quieres que la gente piense, hazla reír". A veces, las verdades para que entren requieren también lubricante.

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