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OBSERVATORIO

España y Cataluña

Las naciones son naciones -asegura Sloterdijk- mientras consiguen imaginar con éxito que lo son". Ortega estaría probablemente de acuerdo por su idea de país como proyecto sugestivo de vida común, pues proyectar es un ejercicio notable de imaginación. Y seguramente eso es lo que le pasa a casi la mitad de catalanes, que han dejado de desear ser españoles al mismo tiempo que han conseguido imaginarse independientes y preferirlo. Los politólogos han señalado ya el cúmulo de factores que lo han hecho posible. Por una parte, los desplazamientos ideológicos causados por la globalización han convertido lo local en parte de los idearios de izquierdas, antes internacionalistas, hasta el punto de que las propias fuerzas antisistema pueden militar con fervor de vanguardia en la creación de nuevos estados. De ahí la enternecedora visión de los herederos del anarquismo catalán urgiendo en el parlamento la creación de "estructuras de Estado" para la nueva república. Si bien, lo cierto es que de esa manera el nacionalismo de matriz burguesa y conservadora ha alcanzado una transversalidad que le permite aspirar a componer nuevas mayorías.

Por otra parte, el autonomismo de la democracia española del 78 ha descentralizado de manera realmente efectiva la administración educativa, política, cultural y económica, y ha permitido restaurar y promover los patrimonios culturales locales. Ese nuevo orden institucional y social ha tenido muchos efectos positivos, desde luego, pero también ha suscitado en casi todos sitios y con intensidad variable, el efecto del lago donde Narciso se enamoró al ver su propio rostro; es decir: ha dado forma institucional y social, y por tanto ha hecho visibles las singularidades, no pocas veces inflamadas, en un momento en el que las estereotipaciones identitarias resultan poderosamente atractivas para nuevas muchedumbres. Es posible, además, que los cambios por los que la propia diferencia resulta preferible en términos políticos, cursen al mismo tiempo que se debilitan formas más amplias de reconocimiento y solidaridad. Todo lo cual puede agudizarse entre dificultades económicas como las que impuso la crisis, y que las sociedades bien servidas como las nuestras pueden tender a justificar mediante agravios comparativos, más o menos fundados, pero masivamente difundidos como parte esencial del discurso de un nuevo sentido común político e independentista. Ciertamente, los tópicos que nuclean ese nuevo sentido común cristalizan viejos prejuicios con formas nuevas, pero es necesario reconocer que todo sentido común está compuesto de prejuicios sostenidos con el suficiente predominio mediático o educativo. Lo nuevo son, probablemente, las conurbaciones sociales y los nuevos vecindarios ideológicos que crean las redes, en las que los ciento cuarenta caracteres reeditan las formas de un refranero asonante y postmoderno, pero igualmente tópico y prejuicioso.

Esas conurbaciones informacionales tienen, además, el efecto de asociarse a un radicalismo democrático con saludable precocidad participativa, pero que no solo tolera con dificultad toda delegación representativa, sino que repudia la dimensión histórica de las realidades y los sujetos políticos. Así que, como Adán, creen poder nombrarlo todo por primera vez y que sus palabras produzcan lo que significan. De ahí la esperanza en que la declaración de la independencia de un Estado nuevo en medio de la vieja Europa, la producirá de hecho y por la fuerza misma de su promulgación.

Al respecto, todavía recuerdo la respuesta de un insigne profesor de lógica a una pregunta sobre los disturbios raciales que asolaban su ciudad en Estados Unidos. Levantando la mirada musitó para sí mismo que, en realidad, todavía no sabía si se les marginaba por ser negros, o eran negros porque se les marginaba. Y es que, en efecto, las realidades políticas para serlo necesitan el reconocimiento de que lo son, aunque sea con la forma punitiva de la marginación. Esa es la razón no solo de los viajes de dignatarios independentistas por toda Europa y Norteamérica, sino del victimismo antiespañol como fuente de identidad nacional. No hay que olvidar que, como asegura el filósofo nacionalista quebequés Charles Taylor, detrás de toda reivindicación de reconocimiento hay una experiencia de dignidad herida, incluso aunque la supuesta ofensa exprese ocultándolo un cúmulo de demandas desatendidas.

No obstante, a todo lo anterior hay que sumar, seguramente, la ya secular crisis política de la idea de España como identidad política y cultural. De un lado, las enormes dificultades que la izquierda ha tenido para reformular una idea de España más allá de la universalidad y profusión de los servicios públicos. Y del otro, esa misma incapacidad, pero adobada con la identificación de lo español con las propias posiciones, que la derecha ha convertido durante mucho tiempo en su único sentimiento político. Lo cierto es que entre unos y otros nos hemos hecho incapaces de imaginar con éxito un país que no requiera el arrinconamiento de "los otros".

Adorno decía que no hay alemán capaz de mentir sin creérselo. Pues bien, cabe plantearse si ser español no consistirá en tener una mala opinión acerca de España, y de lo incorregible que es la situación, aunque casi siempre por culpa de "los otros". En tal caso, el independentismo no sería más que un ultraespañolismo llevado a su extremo: se trataría de hacer en Cataluña lo que el resto de los españoles no han dejado a los catalanes hacer con España, a saber, un país serio, moderno, próspero. Y así la idea de España se habría convertido en una cierta paradoja política: un proyecto que incluye inevitablemente a la otra mitad de los españoles que se obstina en hacerlo imposible. Y donde se acaba de decir España se puede leer Cataluña sin que deje de ser completamente exacto, porque lo cierto es que una mitad de catalanes no dejan ser independientes a la mitad que no les permite ser tranquilamente españoles.

Ese antagonismo gemelar que define a España, a Cataluña y a sus relaciones, permite preguntarse, sinceramente, si el independentismo catalán no será una mutación despechada y desalentada de españolismo. En cualquier caso, el calendario independentista plantea un conjunto de retos inmediatos que se habrán de afrontar política y jurídicamente. Pero el problema de fondo permanecerá desatendido sin la reflexión sobre la imaginación política de un proyecto asumible para la otra España. Y donde se acaba de decir España, se puede leer también Cataluña, porque donde más se parecen es en sus diferencias.

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