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Sobre África y su reparto

Entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885 tuvo lugar en Berlín una conferencia internacional para acordar los términos en que habría de producirse lo que se conoce históricamente como el Reparto de África, es decir, la forma en que las principales potencias europeas (entre las que se encontraba España) se apropiarían del territorio y riquezas de ese continente. La utilidad de la conferencia fue sugerida hábilmente por el rey Leopoldo de Bélgica, que luego perpetró un genocidio en la zona del mapa que le fue adjudicada. En la cita berlinesa se establecieron los criterios que legalizaban el dominio y que básicamente consistían en la posesión real mediante la efectiva ocupación militar y el acuerdo con las poblaciones indígenas a través de sus líderes tribales. El reparto se extendía a todo el territorio ya cartografiado y del mismo solo se exceptuaron Abisinia y Liberia, un protectorado norteamericano a donde enviar a los esclavos afroamericanos liberados en la metrópoli. Ni que decir tiene que se trataba de dar cobertura legal a lo que fue una inmensa operación de rapiña. Los acuerdos de la Conferencia de Berlín, fuera de la prohibición formal de la esclavitud, no garantizaron la paz entre los firmantes y muy pronto surgieron disputas territoriales que se agudizaron con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Andando el tiempo, y sobre todo después de la Segunda Gran Guerra, surgieron por todas partes en África pulsiones independentistas y la descolonización, excepto en Sudáfrica y las llamadas provincias portuguesas, acabó siendo una realidad. Pero, desgraciadamente, la descolonización no trajo demasiados beneficios para la población indígena. Muchas de las nuevas élites gobernantes se corrompieron dando paso a regímenes totalitarios, y los conflictos tribales degeneraron en crueles guerras de exterminio. Una situación que en muchos casos fue tolerada, cuando no alentada, por algunos de los antiguos colonizadores europeos que siguen manteniendo enormes intereses económicos en el continente. Digo lo que antecede porque el pasado fin de semana en Bruselas se reunieron los jefes de gobierno de la Unión Europea para establecer los criterios de acogida de los migrantes que quieren entrar en Europa huyendo de la miseria, de los conflictos bélicos y del cambio climático, que de todo ello se da. No hubo unanimidad entre los reunidos y habrá que esperar a una nueva cita para ver si se avanza en llegar a una solución que satisfaga a todos. Tarea que se antoja difícil dada la diversidad de intereses entre los países del norte de Europa y los del sur que hacen frontera con las principales corrientes migratorias. O flujos demográficos, como le llaman algunos sociólogos, dado que es la creciente presión poblacional el problema de fondo. Según recientes previsiones de Naciones Unidas en el año 2030 habrá 8.500 habitantes en el mundo y 9.500 en el año 2050, de los cuales un poco mas de la mitad serán africanos, es decir, el 25% de la humanidad viviente. Unas cifras que asustan pero que dan idea del rapidísimo crecimiento de la población en poco menos de un siglo. Cuando yo nací (y no soy Matusalén) se contaban 1.400 millones de personas habitando el planeta y ahora mismo ya estamos en los 7.300 millones. La progresión es alarmante.

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