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Tropezones

Tatuajes rupestres

Estamos acostumbrados a enterarnos por los medios de descubrimientos absolutamente revolucionarios dentro del ámbito de sus disciplinas, pero que para el arquetípico "hombre de la calle" suelen pasar casi inadvertidos.

Cuando se confirma por fin el advenimiento del bosón de Higgs, la famosa partícula elemental cuya existencia venía siendo largamente vaticinada por las teorías cosmológicas, a los científicos les flojean las rodillas mientras por fin pueden descorchar el champán.

Cuando por fin se anuncia, a bombo y platillo y con el morbo añadido de dos equipos rivales en pos de la solución, haberse descifrado el código genético del genoma humano, los biólogos se felicitan de un descubrimiento que ellos no dudan en valorar al mismo nivel que por ejemplo el primer alunizaje del hombre en nuestro satélite.

Por ello cuando el otro día me abordó W. M. para recomendarme, qué digo, para conminarme a visualizar un documental sobre las pinturas rupestres, oportunamente titulado Memorias de piedra, recientemente proyectado por la televisión pública, mi primera reacción fuera tal vez más propia de un "hombre de la calle", empero medianamente bien informado. Porque uno sí ha contemplado las pinturas de Altamira (o, mejor dicho, su facsímil aproximado) y procura estar al día de los recurrentes nuevos hallazgos en el campo de los petroglifos.

Pero lo que me desveló mi amigo, contagiándome su entusiasmo, era nada menos que el descubrimiento, en la sierra brasileña de Catibara, de unas pinturas rupestres cuya datación, mediante carbono 14, y otras técnicas más avanzadas, fija su edad en más de 28.000 años.

Dicha antigüedad no debiera sorprendernos, pues los asentamientos franceses de Chauvet o de Lascaux los superan en veteranía. Lo sorprendente es encontrar este tipo de pinturas en Sudamérica, frontalmente a contrapelo de la teoría asumida hasta la fecha de que los primigenios habitantes americanos provenían del continente europeo, habiendo salvado sobre el hielo el estrecho de Bering en América del norte, descendiendo luego hasta Nuevo México, como lo prueban los vestigios en la localidad de Clovis. De ahí la otrora inamovible llamada "teoría de Clovis". Porque ahora resulta que las pinturas rupestres de Pedra Forada en la mencionada sierra de Catibara se remontan a 10.000 años antes de las de Clovis.

Como era de esperar, los defensores de Clovis han tratado por todos los medios de desvirtuar los nuevos descubrimientos, o por lo menos de cuestionar sus técnicas de datación, ya que les hacen polvo su teoría, al recular la presencia del hombre en el continente americano nada menos que 10.000 años.

Pero como lo atestigua precisamente la serie de documentales sobre el inmenso patrimonio de pinturas rupestres descubiertas en Brasil, caben ya pocas dudas sobre su edad.

Como que ya se ha destapado la arqueológica caja de Pandora, echando a volar toda una bandada de nuevas teorías sobre la proveniencia de los asentamientos de Pedra Forada, desde un salto del continente africano hasta una migración por el norte, anterior a la de Bering. Por de pronto ya le he encargado a W. M. que esté al loro de las últimas revelaciones y que me mantenga informado.

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