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reflexiones

La escuela de la izquierda

Mi primera afirmación es una prueba de tolerancia, la que debería tener, precisamente, la izquierda que aparece en el título. El fracaso de la educación en España, el mismo que se repite una y otra vez en las encuestas y diagnósticos internacionales, ha sido causado por las políticas de los partidos que giran en torno a esa ideología. Decir lo contrario, y lo sostengo sin rubor alguno, es faltar a la verdad. Al que no supere esta prueba de tolerancia, esto es, al que le recorra un sentimiento de desprecio por una opinión que no sea la suya, le recomiendo vivamente que desista de la lectura. Por el contrario, al que haya comprendido y hasta disfrutado del valor de la discrepancia, algo que en el pensamiento de izquierdas es cada vez menos visible, le animo a seguir y reflexionar conjuntamente con el autor.

La izquierda, especialmente el Partido Socialista, con sus medidas, arbitrariedades y, por qué no decirlo, con la soberbia de quien cree saberlo todo, ha vuelto del revés la educación, incluso la ha dejado en manos de una mediocridad rampante y lo que fue en su tiempo un eficaz instrumento de ascenso social ha devenido en germen de una manifiesta desigualdad. Un sinsentido, uno de tantos a los que nos tiene habituados la intelligentsia progresista, que parece encontrar un especial deleite en la contradicción. Estos son los argumentos, tanto ideológicos como puramente académicos, para mantener que la izquierda es la causante del despropósito que se vive a diario en las aulas.

Primero. El errático principio de que el conocimiento genera discriminación. Es una constante que recorre las políticas de izquierda, incluso se puede apreciar en el régimen cotidiano de la enseñanza. Se recompensa al que no sabe, es más, al que no quiere ni desea progresar en sus conocimientos, con el mismo premio que al que se esfuerza o exhibe un talento que le separa intelectualmente del resto. En el momento de la evaluación, lo aprendido no importa, el rendimiento se ignora y sólo queda la pretensión de igualar a los individuos, menospreciando el mérito. Según el pensamiento progresista, la justicia no es relevante en cuanto al reconocimiento del estudiante, puesto que lo sustancialmente importante es la conservación de la equidad. Sin embargo, los problemas en que deriva esta ideología no tardan en asomar, pese a que, en lo teórico, suena muy bien, tan bien que hasta tiene un poder hipnótico sobre los que jamás han pisado un aula. El principal es que invita, y además señaladamente, a la desigualdad social. Por ejemplo, el que "puede" no matricula a sus hijos en la escuela pública, ya que en ésta no se exige ni se valora y todo el mundo aprueba.

Segundo. El extraño principio de que la docencia es irrelevante. Otro elemento que se repite invariablemente en las políticas de izquierda, aunque, en este caso, soportado por el dislate del pedagogismo de última hora. En ninguna de las leyes socialistas, comenzando por el horror de la Logse, ha participado activamente la voz de los que están a pie de aula. Por no estar, ni siquiera se tiene en cuenta su opinión, llegando el asunto hasta la deslegitimación de los argumentos de quienes, por vocación y experiencia, deberían estar entre los primeros en ser consultados ante un posible cambio legislativo en el ramo. Todo lo contrario: el descrédito que ha recibido -y sigue recibiendo- la figura del profesor sólo lo conocemos los que hemos hecho del aula nuestro particular refugio. Una anécdota, tan triste como reveladora. Algunos chicos de los cursos terminales, sobre todo de segundo de Bachillerato, han optado por un camino que la administración parece aplaudir: no se presentan a los exámenes de aquellas materias que les resultan más difíciles y luego reclaman a las autoridades, pese a la inexistencia de pruebas escritas justificativas, y logran que los organismos oficiales les concedan el aprobado de despacho. La cara de los profesores es un poema, pero la de los alumnos, objeto del regalo paternalista, es la del don Pablos de Quevedo. Y así nos luce.

Tercero. La supresión del sentido ético de la existencia. En cierta manera, está relacionado con el anterior. La izquierda se ha vanagloriado de la superioridad moral de sus convicciones, pero, en la educación, semejante afirmación claudica irremisiblemente por la concurrencia del vicio que corroe de siempre al progresismo: la hipocresía. Es fácil defender ante los alumnos que hay que salvar de la miseria a los refugiados, a aquellos que huyen de la barbarie y la guerra; no obstante, llegada la hora de exigir la responsabilidad individual de los actos, todo eso se olvida. Surgen, entonces, las dos perversiones que intoxican la enseñanza desde hace décadas: el relativismo y el paternalismo. Todavía me acuerdo de que, por intentar salvaguardar a un grupo de salvajes que había golpeado a una niña de corta edad en el patio de un colegio, las autoridades del gobierno balear llegaron a señalar insistentemente al profesorado como responsable de lo ocurrido. Lo mismo sucedió con otro par de chicos en Bilbao, que habían asesinado vilmente a un matrimonio en su propio domicilio, incluyendo el ensañamiento en su práctica criminal, y viniendo todo a parar en que "el ambiente social" era el auténtico culpable de la muerte de los ancianos. Y he citado, únicamente, dos de los casos más graves, puesto que, en el día a día de la actividad escolar, ya se pueden imaginar lo que pasa. La izquierda piensa que los individuos no son directamente protagonistas de sus acciones, que no saben lo que hacen. Ante esta realidad, poco puede hacer la ética, y menos todavía la docencia para mitigar su nefasto impacto sobre el sistema educativo.

Cuarto. El principio de que la ignorancia atraerá la felicidad. Esta es la directriz que está en el fondo del delirio pedagógico adyacente al ideario de izquierdas. Me contaba un colega, médico de formación, que, en la actualidad, sostener que eres opuesto a los dictados de la homeopatía es sinónimo de ser de derechas. Hasta aquí se ha llegado: el progresismo ha encontrado sus aliados naturales en homeópatas, sectarios y pedagogos de tres al cuarto. Es una pena que la profesión más bonita que existe, la vocación que colma una vida, como es la docencia, esté al albur de unos iluminados que cuando no te hablan de la "hiperaula" se contentan con insultar gratuitamente a los que desempeñan con seriedad el magisterio. Les ahorro las experiencias personales con esta comitiva de chiripitifláuticos, pero lo cierto es que la línea principal por la que fluye su discurso es la de que la escuela tiene como fin último el placer del alumno, la ansiosa búsqueda de la felicidad, dejando en la más absoluta ignorancia a los chicos. Hace poco leí que, si no fuera por el sistema educativo, en menos de 20 años, la humanidad volvería a creer que la Tierra es plana. Y uno se pregunta: ¿por qué no dejamos que esta caterva de enloquecidos anticipe ese momento, haciendo de la escuela el lugar del perfecto bienestar del individuo, excluyendo de ella todo lo que al alumno le cuesta o disgusta, comenzando por el propio conocimiento? En fin, la izquierda ha asumido un posicionamiento pedagógico que invalida, curiosamente, la misma existencia de la escuela.

Estos son los cuatro argumentos fundamentales por los que el progresismo ha hundido la educación y, como se ve, no se trata de leyes ni de reglamentos, sino básicamente de una perversa proyección ideológica. En suma, el problema no es tanto de cuerpos legislativos, que ya llevamos unos cuantos sobre las espaldas, como de un cambio de mentalidad. La conclusión no es difícil de extraer: si la izquierda nos ha traído hasta esta encrucijada, lo que debería hacer es dar un paso a un lado y dejar que otros prueben con políticas diferentes. España y la educación se lo agradecerán.

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