Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

CRÓNICAS GALANTES

Los retrógrados ya no son lo que eran

Denuncian algunos medios generalmente considerados como progresistas a un tal Thilo Sarrazin, alemán y socialdemócrata, por oponerse a la instauración del islamismo en su país. Sarrazin (que, como él hace notar, significa sarraceno) ha escrito un par de libros al respecto en los que afirma que el Islam es contrario al pensamiento liberal, a la igualdad, al control de la natalidad y, en general, al progreso.

No parece mucha novedad, pero, aun así, las tesis de este político metido a escritor han obtenido un enorme éxito de público. De su primer libro - Alemania se autodestruye- se vendieron millón y medio de ejemplares; y el segundo, ahora en promoción, lidera la lista de ventas de Amazon, la nueva librería universal.

A Sarrazin lo adoran, al parecer, las gentes de ultraderecha; lo que no deja de resultar sorprendente. No ya porque pertenezca a un partido de izquierda, como el SPD; sino por la factura de sus opiniones. Lo cierto es que aboga por las ideas de progreso y libertad que, a su juicio, se verían gravemente amenazadas por una religión como el Islam, a la que califica de "conservadora" y enemiga de la tolerancia.

Algo sabemos de esto en España, tierra donde impuso sus normas durante casi cuarenta años el nacionalcatolicismo: otra variante extrema de la religión.

Al igual que ahora ocurre con el Islam, la doctrina de la Iglesia era también la del Estado bajo el régimen franquista, con la lógica consecuencia de que los pecados pasaran a ser delitos. La lujuria, por poner un ejemplo al azar, estaba penalizada en sus diversas variantes: ya fuese el adulterio, ya la pornografía, ya el denominado delito de escándalo público.

Por si no quedase claro, el segundo de los Principios del Movimiento Nacional establecía que "la nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la ley de Dios, según la doctrina de la Iglesia Católica, única y verdadera fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará la legislación".

Con la fusión de Iglesia y Estado que alumbró el régimen de Franco, las creencias particulares de los católicos pasaron a ser durante décadas fuente de legislación y de conducta obligatoria para toda la ciudadanía. Un fenómeno muy similar -por no decir idéntico- al que hoy viven, para su desgracia y la del mundo en general, la mayoría de los países islámicos.

Quizá por eso ha de extrañar que se repute de ultraderechista y, por tanto, enemigo de las libertades, al socialdemócrata Sarrazin. En realidad, se le ve más bien preocupado por la influencia de una confesión religiosa con ciertas dificultades para integrarse en los países a los que emigran sus devotos.

Como país rico que es, Alemania lleva décadas acogiendo a millones de inmigrantes. Sus necesidades de mano de obra llevaron al Gobierno federal a crear la figura del gastarbeiter -o trabajador invitado- que atrajo a multitudes de españoles, italianos, portugueses y turcos deseosos de buscarse el curro que les negaba su país de origen.

Otra cosa, tal vez distinta, son los migrantes que anteponen sus creencias religiosas a las normas del país que les da trabajo. Puede que Sarrazin exagere al imaginar una Europa sometida a la ley islámica de aquí a noventa años; pero de eso a tacharlo de facha va un buen trecho. Son un poco raros los nuevos retrógrados.

Compartir el artículo

stats