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LA SUERTE DE BESAR

Tupés, chaquetas de cuero y pantalones pitillo

Grease cumple cuarenta años. Felicidades a una película que entretiene, y mucho, a varias generaciones. ¿Cuántas veces hemos tarareado un "acachus der multiplayin" a pleno pulmón y nos hemos quedado tan anchos, pese a no saber lo que vociferamos? Seguramente, más de cuarenta. Los que ya tenemos una edad nos hemos puesto el sentido del ridículo por montera y nos hemos hartado de subir y bajar el brazo sintiéndonos John Travolta o de caminar dando saltitos como si fuésemos Olivia Newton John. Sí, sabemos que no es ni Casablanca ni Ser o no ser, pero Grease tiene varios no sé qué que la hacen única.

Es emocionalmente saludable. Es lo que tienen algunos musicales. Nadie esconde lo que siente, exaltan las emociones más básicas y, encima, lo hacen a golpe de baile y canto. Si estás alegre, triste, enamorado o ilusionado, lo compartes. En plena semana de vuelta al cole, imaginar a estudiantes contando sus batallitas y amoríos de verano danzando sobre gradas y entre bandejas y mesas de comedor, parece más divertido y dinámico que estar wasapeando desde el patio. Vivir en un musical tiene que ser maravilloso. Y no sólo durante la etapa formativa. Casi todas las mañanas, cuando llevo una eternidad atascada en la autopista, me debato entre llorar, tocar el claxon, gritar o imaginar que todos los conductores atrapados en esa jungla de asfalto y coches nos subimos a los capós y hacemos coreografías para lidiar con nuestra frustración por perder tanto tiempo de vida en la carretera. Me quedo con la última opción.

El argumento de la película es tan sencillo que es un bálsamo. Hace cuarenta años y hoy. Es la adolescencia que todos quisimos tener. Un amor correspondido, alguna dificultad que superar, amistad incondicional, pandillas que refuerzan el sentido de pertenencia, bailes de instituto en los que ligar, carreras en las que fardar y algún que otro celo para darle vidilla al asunto. Grease es la reinvención. Es esa escena final. La chica que le dice adiós a la niña buena que fue y se convierte en una femme fatale de pantalón ceñido y zapatos de tacón. Oh, yeah. Quien más quien menos ha querido reciclarse en algún momento y unos tacones siempre son un buen principio. O un buen final, depende de cómo se mire.

Grease es música. Atemporal, alegre y pegadiza. Su estética, colorido, vestuario y escenografía nos hizo soñar. Desear vivir en la América del rock and roll, los descapotables y las chupas de cuero de finales de los 50. Pero lo mejor de la película son sus actores. Nos dio igual que ninguno fuera una estrella consagrada, que Olivia Newton John tuviera 29 años cuando entraba en el instituto con sus libros bajo el brazo, o que Stockard Channing tuviera 33 años cuando se descolgaba por una fachada antes de ir a darse el lote dentro de un coche con Kenickie y, desde luego, todos admiramos los 25 años de un John Travolta que, además de ser el amor platónico de mi generación, también ha resultado ser uno de los mejores bailarines que ha parido el cine. Un punto imperfecto e irreal que la hace mejor. Larga vida a Grease, a los argumentos sencillos, a los finales felices y a una vida con música y baile para exaltar las emociones cotidianas.

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