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reflexión

Hogar, dulce hogar

Escribir sobre la izquierda y sus contradicciones es enfrentar la pujanza de la intolerancia y la rabia del que disiente sin razón del valor de la realidad. Pero hay que volver a ello, no solamente porque es legítimo, sino por algo mucho más importante, como lo pueda ser el componente ético en el juego político. A este propósito, recuerdo que hace bien poco Ignacio Sánchez Cuenca, con prólogo de Íñigo Errejón, publicó un libro cuyo título era bastante explícito, La superioridad moral de la izquierda (2018), dejando en la intemperie ideológica a los que pensamos de modo alternativo. En este sentido, la soberbia, o incluso la actitud chulesca, de los que se sienten por encima de cualquiera que no se sitúe en aquellas coordenadas políticas encuentra una explicación convincente. Otra cosa es que responda a la verdad de los hechos.

La realidad es tozuda y, por muchos que sean los esfuerzos en su contra, termina por imponerse. El socialismo de estos días, tanto en su versión descafeinada como sobre todo en la radical, ha demostrado hasta la extenuación que los principios a los cuales se ha entregado son tan volubles que hacen pensar que, lejos de alzarse con el podio moral, lo socavan a la mínima. Ya lo dijo Chesterton: hablar de socialistas es convocar a los "charlatanes habituales" ( La taberna errante, 1914). No hay más que echar un vistazo al panorama político actual para corroborar el dictamen del británico. Sin embargo, en esta ocasión, el análisis tiene a Canarias por protagonista.

La noticia saltó el martes 27 de agosto, cuando se supo que la ejecutiva socialista "puenteaba" a la número dos al Cabildo Insular de Gran Canaria, Isabel Mena, en favor del tercero de la lista, un individuo que, supuestamente, representaba "mejor los valores del progresismo". Pronto se oyeron voces de discordancia dentro del partido, pero, cuando el asunto trascendió, la ola de desaprobación con la decisión no hizo más que crecer hasta prácticamente desbordarse. No obstante, la sorpresa es manifiesta entre la militancia, incrédula por la falla ideológica de los que defienden la plena igualdad entre hombres y mujeres, el respeto por la perspectiva de género y el rechazo ante cualquier forma de machismo.

Eso de las sorpresas, y seguro que lo entienden, está relacionado con el grado de convencimiento de cada uno y las expectativas que se depositan en los demás. Lo ocurrido con la señora Mena implica ambos extremos. Por un lado, ella misma se sentirá tan socialista como el señor Franquis, su secretario general, principal inductor de su defenestración. Por otra parte, el señor Franquis negará la presencia de machismo en su proceder, en el mismo modo e intensidad que la señora Mena lo experimentará. Para colmo, la señora Mena está de buena esperanza... La conclusión es bastante evidente, al menos, para los que contemplamos con cierta distancia el espectáculo del vaivén de los principios del hogar socialista. Sólo se engaña el que se deja, bien por la ingenuidad de sus convicciones, bien por la hipocresía de las actuaciones de otros. Uno prefiere lo último. En todo caso, como en casa, en ningún lugar.

Juan Francisco Martín del Castillo. Doctor en Historia y profesor de Filosofía

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