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OBSERVATORIO

Los muros como escudos del miedo

Desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989 la ciudad de Berlín quedó dividida por un paredón que seccionó la capital incuestionable mimada por los alemanes. El Berliner Mauer fue la frontera interalemana del país perdedor de la guerra más cruel de todas que desde su suelo expandiera la locura del nazismo. Sangrada y derrotada, Alemania quedó partida.

En mayo de 1945, anegada en escombros y cadáveres, la urbe orgullo de Hitler no se reconocía bajo las botas de los soldados soviéticos. Lejos, en la francesa Reims, Alemania firmaba la rendición sin condiciones. Después, a las reparaciones de guerra que debía pagar se sumó la partición de la capital entre los vencedores. "El territorio fue dividido en cuatro zonas de demarcación administradas por la URSS, EEUU, el Reino Unido y Francia respectivamente". Berlín cayó en la parte de la Alemania controlada por la URSS, la llamada desde 1949 República Democrática de Alemania (RDA), y cuando en 1948 la amistad de los viejos aliados se quebró los soviéticos cerraron la puerta a su parte. El Berlín de occidente hubo de ser abastecido por un puente aéreo. La zona de la República Federal de Alemania (RFA, desde 1949) hubo de desplazar su administración a Bonn, de facto la capital de la RFA, la Alemania occidental destinada a la prosperidad. Hacía allí se escapaban los alemanes del este. Europa se fragmentaba. ¡Cuántas novelas y películas tuvieron aquel escenario!

Para frenar la sangría humana la RDA construyó el muro de la vergüenza, que fue el símbolo más emblemático de la guerra fría, la enemistad hiriente, plagada de amenazas bélicas que separó al mundo en dos bloques irreconciliables, el capitalista y el comunista tras el telón de acero. Así fue hasta la quiebra de la URSS, cuyo hito visual más importante fue la caída del Muro de Berlín hace 30 años. A un lado y otro los berlineses se habían visto forzados durante 28 largos años a ignorarse e incitados a despreciar cada uno lo del otro, como aquella madre de Bye Bye Lenin a la que, convaleciente, mantienen sus hijos en la ignorancia de que su sueño comunista no había caído, aunque desde su habitación pudiera ver un anunció gigante de Coca-cola, la estatua de Lenin retirada de su pedestal y alzada en helicóptero o a su hija dejar los estudios para trabajar en una hamburguesería. Cuando el mundo se desmorona siempre hay quien se resiste a verlo. Hoy la ciudad conserva una línea de adoquines, cicatriz de los dos Berlín, un trozo de muro y el paso cinematográfico, hoy museo, de Checkpoint Charlie. Pero la realidad no fue ni cine ni turismo. Aquel paredón se llevó al menos a 140 personas y miles de frustraciones.

De los casi 160 kilómetros, de 3,66 metros de altura, 43 kilómetros cortaban la vieja y culta Berlín. Fue una mole de hormigón que separó familiares, amigos, vecinos y ciudadanos de una misma ciudad abocados a vivir de espaldas en dos mundos diferentes con una distancia no medible. Algunos quisieron saltarlo, franquearlo, escapar y a veces lo consiguieron; a veces... Una franja de la muerte, tierra de nadie, torretas de vigilancia, focos y otros métodos disuasorios lo completaban, con serias restricciones en los pasos fronterizos. La decadencia de la URSS y el rumbo de la perestroika de Gorbachov desde 1985 favorecieron movimientos de libertad en todos los países de la órbita soviética; en julio de 1989 el dirigente soviético "anuncia que los países del Pacto de Varsovia pueden decidir su propio futuro". Polonia elegirá presidente al líder sindical Lech Walesa en 1990, Hungría abrirá sus fronteras. Miles de personas se dirigen a occidente... El 9 de noviembre de aquel año 89 un comunicado oficial avisaba: "Hoy se ha tomado la decisión que hace posible para todos los ciudadanos abandonar el país a través de todos los pasos fronterizos de la RDA". Fue la señal. Miles de personas encaramadas en lo alto o golpeando los cimientos derribaron la muralla. Alemania se reunificó al año siguiente. Aquel tiempo fue frenético... y con el muro cayó el telón. La década de los 90 traerá cambios de sueño: Vaclav Havel fue elegido en Checoslovaquia; Ceaucescu abatido en Rumanía... Entre incertidumbres totales se abría un mundo nuevo. En diciembre de 1991 la bandera tricolor rusa sustituyó en el Kremlin a la roja soviética de la hoz y el martillo. Ya nada sería igual. Con aquel hormigón» berlinés se fue un tiempo en el que cada uno tenía su sitio perfectamente ubicado. A partir de entonces fue como entrar en un cine con butacas sin numerar. Cada uno tuvo que buscar su lugar.

Todos los muros levantados son una vergüenza, un síntoma de miedo, de hostilidad, de desconfianza. En tiempos remotos China levantó su Gran Muralla, el imperio romano las de Trajano y Adriano...Y aún el mundo hoy sigue generando muros vergonzosos, señales del fracaso en establecer unas relaciones humanas basadas en el acuerdo. ¡Cuanto más incapaz es un gobierno más alto y grande es el muro! Todos son de enemistad. Los hay para separar a los pobres, a los que huyen del hambre y la guerra: entre USA y México; Hungría y Serbia; Bulgaria y Turquía; Marruecos y España; en Calais, Francia; Macedonia y Grecia. Hay otros muros de miedo y odio por encima de las personas: entre las dos Coreas; entre India-Pakistán, en Afganistán, Egipto-Gaza; en Israel-Palestina... Y no se agota aquí la relación.

Pero Europa, ahora que recuerda tres décadas sin El Muro, que tiene como miembros de la Unión Europea a muchos de los países que estuvieron tras él, debe demostrar su fortaleza y cohesión. Heiko Maas, ministro alemán de Exteriores, escribía hace poco que Europa "debe recuperar la valentía de 1989 para encarar los retos que se le presentan de globalización, inmigración, revolución digital o cambio climático", imposible con 27 enfoques distintos, pero posible juntos. Jean-Claude Juncker (presidente de la Comisión Europea desde 2014), en su despedida del cargo, avisó a la Eurocámara de que la UE solo saldrá adelante si actúa unida e instó a luchar contra las fronteras de "los nacionalismos estúpidos y estrechos de miras" en el continente, finalizando con un emotivo "¡Viva Europa!"; esa, la que derribó el muro.

Josefina Velasco Rozado. Archivera bibliotecaria

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