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10 días para un macrohospital

China ha demostrado a España, y probablemente al resto de Europa, que en una situación de emergencia se puede construir un macrohospital en el plazo de diez días. La erección de la infraestructura hospitalaria en un tiempo récord es uno de los asuntos que más poderosamente ha llamado la atención. Y no sólo por la espectacularidad de esta operación de ingeniería civil para tratar el coronavirus, sino porque aquí se tarda una media de siete años en hacer algo parecido, entre estudios previos de idoneidad, elección del solar, concurso, proyecto y equipamiento. El fenómeno de Wuhan no demuestra, según los técnicos ajenos a Pekín, que ellos sean más listos que los europeos, sino que somos más lentos por la burocracia, el interés por alargar las obras y la necesidad de tener a los obreros ocupados el mayor tiempo posible para bajar las cifras del paro. Pero el aspecto más determinante es la obra en sí, donde los chinos, al parecer, no han inventado nada nuevo: aparte de la ingente maquinaria y elpersonal que movilizan, el proyecto sigue el patrón modular que se puso en práctica en la reconstrucción del continente después de la II Guerra Mundial. Esta fórmula que tan buenos resultados dio se evaporó de manera progresiva con la utilización masiva del uso del ladrillo y el cemento, mientras que en Wuhan se mantienen en la eficacia de atornillar muros prefabricados de medidas exactas con sus correspondientes huecos de puertas y ventanas. ¿Qué nos impide ante una oleada de migrantes, sin ir más lejos, la construcción ultrarrápida de un centro de acogida con esta técnica? ¿Por qué ante la necesidad de viviendas no se puede optar por seguir el ejemplo chino? La arquitectura debe ser más flexible, reclaman los arquitectos. En Wuhan, a contra reloj, tenemos un ejemplo de macroestructura, que, de acuerdo con las exigencias del coronavirus -esperemos que favor de la población-, puede ser desmontada en un espacio de tiempo similar al que duró su montaje. En el caso de España, una iniciativa parecida conllevaría acabar con toda una serie de vicios que han arraigado en la administración y en la obra pública. Un auténtico festín donde no es extraño encontrarse con proyectos en papel de décadas y décadas.

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