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Javier Durán

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Javier Durán

Periodista

El laboratorio de Negrín existió

Tenemos constancia de lo que supuso en términos humanos la purga científica que aplicó sin conmiseración alguna la dictadura franquista, pero algún día también habrá que ponerle cifras a las consecuencias que para el tejido productivo, educativo e investigador de España tuvo el decreto que condenaba al exilio o al destierro interior -muchos acabaron pasando consulta como médicos en pueblos del interior del país- a una vanguardia científica bautizada como de la Edad de Plata.

La depuración se ensañó con pulcritud en la mayoría de los discípulos del laboratorio del catedrático de Fisiología Juan Negrín, un espacio reconstruido ahora, 84 años después -si se toma como fecha destructiva el año 1936- en un aula de la Universidad Complutense de Madrid. Este retorno tan tardío al ámbito académico del político debe celebrarse no sólo desde su excepcional aportación científica, sino también desde su labor como gestor máximo de la construcción del campus universitario de Moncloa durante la etapa republicana.

Las imágenes difundidas del quirófano de experimentación de animales someten al visitante a un túnel del tiempo. Las dependencias, observadas por los descendientes de Negrín el día de su presentación, emanan la tristeza del progreso colapsado. Nadie de los vencedores de la contienda valoró los utensilios inventados por el catedrático. Los dejaron cubiertos de polvo y telarañas, como si la etapa republicana no hubiese contribuido en nada a la ciencia, como tampoco a las letras y a las artes. El silencio que impera contrasta, con toda probabilidad, con el antiguo movimiento de batas blancas y la euforia contagiada de los Ochoa, los Valdecasas, los Medinaveitia, los Calandre, los Grande Covián, los Hernández Guerra, los Cabrera Sánchez... Vale anteponer el artículo en plural a estos nombres para subrayar la potencia científica de los herederos de Ramón y Cajal.

No es un espacio que vegeta, lleno de los ecos de unos ronquidos inagotables. El laboratorio (o parte de él) está habitado por los espíritus de una España todavía no comprendida; mejor dicho: que trata de explicarse poco a poco, paso a paso, pero con grandes dificultades porque el peso de la contrainformación ha sido terrible. Estas paredes cubiertas de azulejos, con lavabos de loza, cruzada de cañerías industriales, demuestran finalmente que Negrín era un fisiólogo que dotó de conocimientos a una relevante generación de estudiosos que triunfaría. Y además, que trabajaba con intensidad en varios frentes, aparte de cometer el pecado hedonista de comer bien. Y que su doctorado en Alemania resultó trascendental para estos jóvenes científicos por mucho que le pese a la derechona, empeñada en traficar aún con los mismo argumentos que utilizaban los espías a sueldo de Franco en París y Londres: un degenerado más.

Perdimos el tren de la ciencia por culpa del nacionalcatolicismo, un atraso que nos ha dejado una huella pendiente de borrar. A ello hay que unir los millones de horas dedicadas a desmontar el mecano de las mentiras, alimentadas a paladas desde los que se aferran en ahogar a estos científicos. Este laboratorio desmiente categóricamente a través de lo factual que todo era un invento, que no hubo un tiempo mejor.

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