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reflexión

Bob Esponja, la filosofía y el Pájaro Loco

La filosofía, como tal, no merece la atención del hombre común. Ni siquiera suscita mayor interés que el que despiertan los individuos que la practican, quienes, y aquí está lo extraño, rechazamos la calificación de "filósofos" por dos motivos: uno, el respeto reverencial por los grandes pensadores de la historia, y el segundo, por la abierta tendencia a la ridiculización de la figura del "hombre pensante". Nada más que hay que echar un vistazo a las redes sociales para darse cuenta de en qué ha quedado el filósofo como intelectual. Por ello, he preferido titular al filósofo que camina por las calles de nuestras ciudades, al que da clases en los centros escolares, al que ilumina a sus conciudadanos con el improvisado Diploma del Errante Permanente o, mejor por sus siglas, DEP, muy parecido, por otra parte, a ese antiguo lema que se pone encima de las lápidas de los cementerios.

El filósofo de vanguardia, el ser de la discordia y la zozobra, el que se desgañita en las aulas tanto como el que pondera en las televisiones, el tertuliano de impacto o el replicante impertinente son los que dan vida a lo que antaño era la ocupación preferente del erudito. La filosofía ha abandonado la cueva platónica para sumergirse de lleno en la vorágine de la realidad sensible; puesto que nadie desea desembarazarse de las cadenas que le esclavizan, necesita participar en la dinámica de la mentira y la falsedad, incluso confundirse con ellas. Es la actividad del pájaro carpintero, enloquecido con su mensaje, que repite hasta la saciedad, picoteando en el árbol de la curiosidad. O bien gana, aunque sea por reiteración, o bien pierde, porque nadie logra pasar del incesante martilleo de las conciencias.

Un ejemplar de esta fase actual de la filosofía es Slavoj Zizek, el autor esloveno, que en lo personal y en lo académico, responde fielmente al nuevo patrón del pensador de masas, algo así como el Bob Esponja de los millennials. Sabedor de que el pensamiento profundo hace huir al hombre medio, busca el lugar donde la comunidad se solaza y, en cierta manera, se siente cómoda con los mensajes que le llegan. En las televisiones de medio mundo, en el Facebook de Zuckerberg o en el Twitter de Trump, y hasta en las refriegas tabernarias, Zizek siembra la duda y el esperpento, como quien planta la semilla de la sabiduría. Pocos le entienden, pero muchos le siguen, sólo sea por ver qué dice o qué hace frente a su interlocutor.

El esloveno, como el Loquillo de los dibujos animados, ha terminado por aparecer como un ser entrañable, pese a que dé la vara de continuo. Sin embargo, la victoria es tanto de él como de la propia filosofía, porque ha conseguido lo que tantos profesionales de la misma deseamos: despertar las conciencias, quebrantar el estado de ánimo para que, al menos, lo insultemos o, tal vez, reciba la burla pertinente. Es el bufón del instante, un individuo que se autocita hasta embriagarse de vanidad, como el picapinos que martillea una y otra vez el mismo árbol. Sólo así, con la flagelación constante, consigue que la gente le haga caso y... piense.

No hay invitación que deje de aceptar, evento en el que no brille con su acerada lengua, escenario en el que la pálida luz de la filosofía no esté presente. Y se lo debemos a él y a su alocada personalidad. Siempre les recuerdo a mis alumnos que Ortega, sí, el filósofo patrio por excelencia, daba conferencias por toda España y la gente acudía en tropel a los teatros como si fuera la atracción de moda, sólo por verle y escucharle. Buena parte de la obra del madrileño la componen esas charlas, filosofía en carne viva, la que llega al gran público, la que se ansía tanto como se posterga por la Academia. Es la palabra con mayúsculas, el lògos de los clásicos, que por fin vuelve. Démosle la bienvenida.

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