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ANÁLISIS

Luz en la caverna

El escritor Leandro Perdomo vivió un tiempo en las Cuevas del Provecho, junto al Castillo de Mata

Hay en las ciudades espacios bien asentados en el imaginario de sus habitantes y otros, por el contrario, que ocupan un lugar residual en el mismo, si es que ocupan algún lugar. Al primero de los casos pertenecen en Las Palmas la Avenida de Escaleritas, la Plaza de Santa Ana y el Barranco de La Ballena, entre otros. En el segundo, también en la capital insular, se inscriben, indubitablemente, las Cuevas del Provecho. ¿Las Cuevas del Provecho? Una breve consulta en su entorno inmediato, por descontado que sin pretensiones de rigor estadístico, reafirma al reportero en su convicción de que es más que probable que la mayoría de los habitantes de esta ciudad nunca haya oído hablar de tales grutas. Menos aún, contadísimos, esto sin duda alguna, sabrán que durante algún tiempo, entre mitad de los años cuarenta y mitad de los cincuenta del siglo pasado, vivió en ellas el escritor lanzaroteño Leandro Perdomo.

El reportero sabía de las grutas desde su infancia, pues, cuando en el coche familiar, bajaba con sus padres desde Ciudad Alta a la ciudad baja por el Paseo de San Antonio, quedaba siempre absorto ante la estampa de las gentes que, hasta finales de la década de los sesenta o principios de la de los setenta, vivieron en condiciones de extrema precariedad en estas cavidades junto al Castillo de Mata y los restos de la muralla de Las Palmas. No tenía noticia en cambio de que Perdomo y su familia habían vivido allí hasta que hace unos días se lo comentó el también escritor lanzaroteño Fernando Gómez Aguilera, director de la Fundación César Manrique y principal estudioso de la figura y la obra de Perdomo. Aguilera estaba al cabo del dato porque se lo había transmitido el propio Perdomo, quien no dejó constancia escrita de ello, aunque no le precisó cuánto tiempo habitó una de aquellas cuevas con su esposa y los tres, o quizá ya cuatro, hijos que tenía entonces.

Leandro Perdomo, Spínola de apellido materno, había nacido en 1921 en Arrecife, en el seno de una familia acomodada, pero desde muy pronto escogió llevar una vida bohemia, que cultivó estrictamente hasta el final de sus días. Director del periódico Pronósticos de Lanzarote (1946-1948), en 1946 recaló en Las Palmas donde residió hasta 1957. En esta ciudad desempeño oficios diversos, incluidos los de cambullonero y vendedor ambulante. Aquí publicó también crónicas y relatos en rotativos como Falange y Diario de Las Palmas y también aquí, en 1953 y 1955 respectivamente, sacó a la luz sus dos primeros libros, Diez cuentos y El Puerto de La Luz, ambos ilustrados por un artista fascinado por las cuevas guanches cuyo nombre era Manolo Millares.

No hay constancia de que Millares visitase a Perdomo en su gruta de las Cuevas del Provecho, pero si fue así es poco probable que notara en ella el rumor de los aborígenes, pues no ha sido hasta tiempos recientes que la arqueología ha sopesado la posibilidad de que algunas de estas cuevas, unas naturales y otras excavadas por humanos, pudieran haber sido usadas como silos por los antiguos canarios.

Como Diógenes con su candil pero metido en la caverna platónica, la estancia de Leandro Perdomo vendría a ser la última impronta cultural de la que puede dar cuenta este reportero de las grutas de El Risco, de las que las Cuevas del Provecho son lo que queda a la vista. Si los aborígenes llegaron a usarlas, a estos habría que sumar a quienes comenzaron a habitarlas no mucho después de la Conquista de Gran Canaria y a quienes se enfrentaron con el corsario holandés Pieter Van der Does, que escondieron en ellas algunas piezas de artillería. Así mismo, en el linaje cultural de estos lugares residuales hay que contabilizar el pasaje de un libro publicado en 1845, Journal of an African cruiser, en cuya cubierta figura como editor el escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne. Su autor, Horatio Bridge, dice en el mismo: "Las altas colinas que rodean la ciudad de Las Palmas son de piedra blanda y su elasticidad ha provocado que estos acantilados se hayan transformado para una finalidad muy singular. La gente más pobre, incapaz de encontrar albergue, excava la tierra en las colinas y así forma cuevas para su morada permanente, en donde viven como golondrinas en un banco de arena". Por si fuera poco, el archiduque Maximiliano de Habsburgo, fascinado por la vida troglodita, visitó las cuevas de El Risco y a sus habitantes en 1859 y en sus diarios, que algún día su traductor, Marcos Sarmiento, publicará por fin en castellano, anotó: "Contienen aposentos que, albeados y revestidos con esteras de junco, parecen muy confortables; las camas, con un relleno alto, dan testimonio de la relativa limpieza de los trogloditas, que no podían contenerse por nuestra visita y, con risas, expresaban su admiración porque se viniese a visitar a gentuza tan pobre". Tras el noble austriaco, héroe romántico por excelencia cuyo fusilamiento en México fue representado por Manet en un célebre cuadro, el último personaje de esta genealogía cultural que habitara una cueva de El Risco es, como ha dicho el reportero, al menos según los datos de que dispone, Leandro Perdomo.

Al marcharse de Las Palmas, Perdomo, que trató siempre de vivir una existencia extraterritorial, se reencontró con el mundo subterráneo en una mina en Bélgica en la que trabajó. En este país dirigió también la revista Volcán. Luego regresó a su isla natal, a donde había vuelto un par de años antes otro amigo artista que vivía bajo tierra, César Manrique, quien le ilustró la portada de otro de sus libros: Lanzarote y yo. Diez años después de su muerte, acaecida en Teguise en 1993, el autor de Desde mi cráter sería objeto de un homenaje subterráneo: una exposición, Leandro Perdomo. Escribir la vida, comisariada por Fernando Gómez Aguilera y exhibida en las burbujas volcánicas de Tahíche que dieron cobijo a Manrique, en la que, naturalmente, hubo un lugar también para su vida y su escritura en Las Palmas.

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