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CRóNICAS DESDE MADRID

Héroes en la trinchera

Los ciudadanos han comenzado a asumir la necesidad de quedarse en casa

Como en La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock, un grupo de seis chicas se asoma a la vida desde el balcón de su casa. Cada una desde su propio mirador, formando una curiosa estampa. Desde esa cálida trinchera hablan entre ellas, miran el móvil y pasan el día tratando de llevar esta cuarentena obligada como pueden. Se alegran de contar con un espacio abierto a la calle, un valioso catalejo desde el que poder seguir el rastro solitario de algún transeúnte, y como en la farmacia de la esquina, una hilera de gente civilizada hace la cola a un metro y medio de distancia.

Resulta una imagen gratificante, de pronto en este Madrid miedoso, y hasta ayer, algo altanero y desbocado, el factor humano aparece y se extiende creando a pasos agigantados una conciencia colectiva que lleva a pensar en el otro.

Hay chicos en comunidades de vecinos que se ofrecen a los mayores para ir a hacerles la compra. Y así evitar que salgan. Quedarse en casa puede llegar a convertirse en el acto más valiente de esta guerra. Como el de estas heroínas de la calle Ferraz, un grupo de estudiantes que han optado por mantenerse encerradas, a pesar del aburrimiento y de las ganas locas, que asaltan de vez en cuando, de abrir la puerta y salir corriendo.

A pesar de todo, estos escasos días de acuartelamiento obligado están sirviendo para comprobar que por fin la gente parece que toma conciencia. En muchos supermercados se ponen tiras rojas en el suelo que establecen los límites de proximidad y sobre todo si alguien se olvida o pasa, siempre hay otra persona que le recuerda que debe guardar las distancias.

También están los aplausos. Esas muestras espontáneas en las que unos reconocen a otros su trabajo. Ocurrió a media mañana, en una calle de este Madrid sitiado, la gente salió a aplaudir y a jalear a unos enfermeros que hacían su trabajo. Dos ambulancias del Summa (Servicio de Urgencias Médicas de Madrid) habían acudido, haciendo tronar sus sirenas, a cubrir un servicio en el barrio de La Latina. La gente abandonó sus guaridas y salió a mirar. La mayoría iba en pijama, o en bata. Y así se quedaron un buen rato, observando el ir y venir de este personal, con sus guantes y mascarillas. Alguien desde una ventana comentó que venían por un vecino de la calle Pericles. Los demás siguieron en silencio. Salvo algún intrépido o amante desaforado de grabar acontecimientos, que levantó el móvil y se puso a hacer un paneo, como quien rueda un corto dentro de esta pesadilla general.

Tras unos minutos de espera, varios de los trabajadores del Summa se metieron en una de las ambulancias y salieron deprisa. Fue en ese momento cuando muchos de los encerrados se pusieron a aplaudir. En uno de esos homenajes unánimes, con gritos de apoyo a los que pueden salvarnos. De pronto en aquella calle desolada se abrió la luz, los que permanecían escondidos salieron fuera para dar las gracias y en cierta forma para dejarse ver y hacerse sentir. También resultó ser un grito, el de todos aquellos que resisten acurrados y en casa.

Cada vez que se escucha o se ve cerca a una de estas ambulancias el pulso se acelera, no se puede evitar pensar que el virus está cada vez más cerca. Que el personal de emergencias ha venido por alguien que vive en el mismo edificio, en la planta de arriba o en la puerta de al lado. La psicosis llega a tal extremo que en realidad se empieza a creer que cualquier ciudadano, como en la película La invasión de los ladrones de cuerpos tiene en su casa una de aquellas vainas que acogen en su interior a este bicho.

Lo único que anima es descubrir que alrededor, en cualquier edificio, en todos los barrios, también resisten héroes y heroínas sin capa que aguantan en medio de este negro temporal.

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