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IN MEMORIAM

Réquiem por el Conde difunto

Cuando el domingo 16 de diciembre de 1928 nació Alejandro del Castillo, fallecido el pasado sábado, ni él ni su padre podían aún sospechar que algún día llegarían a ceñir la simbólica corona condal de las dieciocho puntas de la Vega Grande de Guadalupe

Cuando el domingo 16 de diciembre de 1928 nació Alejandro del Castillo, ni él ni su padre podían aún sospechar que algún día llegarían a ceñir la simbólica corona condal de las dieciocho puntas de la Vega Grande de Guadalupe. Incluso, cuando su madrina lo llevó días más tarde a la pila de la iglesia vecina de San Agustín para bautizarlo, no se le impuso el nombre tradicional que la familia arrastraba en los hijos primogénitos desde varias generaciones.

Ya su padre había roto la tradición onomástica. Sucedió, que al venir al mundo en 1892 el progenitor del caballero difunto, había ocurrido recientemente la muerte súbita de un pariente adolescente de la familia, Alejandro del Castillo Matienzo, el amado hijo de aquel célebre Comandante de Marina de Gran Canaria, Pedro del Castillo Westerling, y para conservar el recuerdo de aquella triste pérdida que asolaba a toda la familia, al retoño de don Pedro Agustín y doña Susana Fernanda se le impuso el nombre de aquel valeroso mártir y santo cristiano. Desde entonces se iniciaba la nueva trayectoria de los Alejandro en la línea primogénita de la Casa Condal.

Fue en septiembre de 1777 cuando Carlos III quiso premiar a una serie de ciudadanos con mercedes de Castilla para agradecer las respectivas gestas históricas realizadas en beneficio de la Corona. Uno de aquellos títulos condales concedidos por aquel gran monarca para premiar los méritos encomendados recayó en un grancanario, Fernando Bruno del Castillo Ruiz de Vergara, añadiendo el soberano en la carta de concesión que, "Haviendose visto de mi Orden en mi Consejo de la Camara donde habeis justificado con Instrumentos vuestras notorias circunstancias, es mi voluntad que Vos y los Herederos y Descendientes ós podais llamar, é intitular Conde de la Vega Grande de Guadalupe".

La denominación obedecía a los deseos personales conferidos a los agraciados, y el canario que acababa de ascender a la nobleza titulada del reino adoptó el nombre que timbraba el impresionante feudo de su mujer, doña Luisa Antonia, señora propietaria de la Vega Grande de Guadalupe, un vasto patrimonio extendido desde los centenares tajos de las salinas de Juan Grande y el barranco de Tirajana hacia las costas de Arguineguín, una heredad que abarcaba el seis por ciento de la Isla y que desde varias generaciones disfrutaba la familia de su suegro, el talentoso caballero de Calatrava, don Francisco de Amoreto Manrique y Béthencourt.

"Y por qué habéis elegido el nombre de Conde de la Vega Grande de Guadalupe", añadió el monarca, el nuevo aristócrata se veía obligado de adosar a la fachada de su casa de Vegueta el escudo de armas de la estirpe de aquellos Amoretos, como sigue estando aún la vieja labra campeando en el imafronte del noble palacete familiar de la calle Doctor Chil.

Aquel primer robusto y corpulento conde canario no tuvo la fortuna de disfrutar de la merced largo tiempo. Fue condecorado en la vejez y ya estaba cargado de años y de hijos. Su bastón con empuñadura de oro con el que se ayudaba cuando iba a tremolar por tres veces el Pendón de la Conquista en sus fiestas patronales, por ostentar el cargo de Alférez Mayor de la Isla, quedará en lo sucesivo como una reliquia entre sus descendientes.

Pasarán los años, y tras el largo periodo de la desamortización de los antiguos mayorazgos y vinculaciones centenarias, llegamos a la generosa sexta condesa doña Ana Fernanda, la primera y única mujer que asume la continuidad de la representación nobiliaria (1901-1936). La noble dama, que no logró procrear hijos durante su matrimonio, se convertirá en la madre de gran parte de la población desvalida. No hay pena que conozca a la que no le llegue el puntual socorro de la condesa, Su infatigable colaboración en numerosas obras asistenciales y religiosas, en iglesias, conventos y colegios, hicieron de ella que los obispos hallaran siempre en esta notable señora de la vieja ciudad el imprescindible consuelo que ayudaba a mitigar tantas carencias.

A su muerte en plena República quedó huérfano el tracto de la línea primogénita. También quedó suprimida la merced, porque desde el 1º de junio de 1931 se había aprobado la extinción de todos los títulos nobiliarios españoles.

El sobrino y heredero de la difunta doña Ana tuvo que esperar hasta que fuera decretada la nueva legislación. Después de estar la distinción catorce años suprimida, se convertirá en el séptimo conde don Fernando del Castillo y del Castillo, que entre otros cargos fue presidente de la Mancomunidad Provincial Insular y de la Asamblea de la Cruz Roja Española. El nuevo conde va a tener siempre a su lado el asesoramiento directo y personal de su decidida hermana, la imprescindible matriarca doña Candelaria, quien se ha de encargar de buscarle las novias que convenían a la esclarecida e histórica estirpe. Tras un tardío matrimonio con la tercera elegida, la representación vuelve a quebrarse por la falta de hijos que la hereden.

Pero habrá continuidad porque hay buena y emprendedora saga que procede del mismo tronco familiar que asume el legado y todo el conjunto de viejas tradiciones inherentes desde antiguas memorias a la Casa Condal.

En 1952 entra en escena el octavo conde. Es hermano del anterior e ingeniero industrial, don Alejandro del Castillo y del Castillo, que hacía unos años había dejado su cargo de alcalde de Las Palmas de Gran Canaria (1942-1944). El edil, siendo concejal durante la regiduría de Jesús Ferrer Jimeno, fue el que promovió que la ciudad, hasta entonces solo titulada de Las Palmas, pasara a denominarse de manera oficial y en adelante con su filiación completa, según la Orden del Ministerio de la Gobernación de 17 de septiembre de 1940. También se incluye durante su mandato que en 1943 se creara la Comisión Municipal de Urbanismo con el fin de proseguir el necesario plan de ordenación de la ciudad, de cuyos acuerdos se logró que naciera la barriada de Escaleritas, que comenzará a construirse sobre los antiguos solares que pertenecieron al escalonado campo del primitivo golf y a los predios ingleses de la compañía Blandy.

Y de las nupcias de aquel primer Alejandro de la estirpe con la emprendedora doña Carmen Bravo de Laguna y Manrique de Lara, también infatigable benefactora de numerosas obras asistenciales y educativas, y ambos autores de múltiples fundaciones y aportaciones gratuitas de terrenos para facilitar la construcción de edificios tan singulares como, entre otros, la Casa del Niño, la obra de San Juan de Dios, el colegio del Sagrado Corazón, la fundación del santuario y convento de las Madres Nazarenas, el templo Ecuménico de El Salvador de Playa del Inglés y la Casa Cuartel de la Guardia Civil en dicho terminó, así como la iglesia de la Santísima Trinidad del Tablero de Maspalomas, procedió el último eslabón de la prestigiosa merced que lamentablemente nos acaba de dejar.

El segundo Alejandro del Castillo era el tercero de los cinco hijos habidos durante el matrimonio. Le precedieron dos hermanas, Carmen y Ana, y le siguieron Otilia y el benjamín, Pedro Fernando. El nuevo y noveno conde va a ser junto con su padre y sus hermanos Ana y Pedro, el encargado de incorporar a la historia del condado con letras de oro el renglón milagroso de una prosperidad sin precedentes en la economía isleña, que se inicia en los años sesenta con la naciente industria turística que la familia del Castillo comienza con gran éxito a promocionar.

Pero no vamos aquí a reiterar el desarrollo de esta admirable trayectoria ascendente que desde entonces ha beneficiado al conjunto del Archipiélago, porque en estos días ha quedado debidamente cumplimentada por la serie de cariñosas y amables semblanzas necrológicas dedicadas al caballero difunto. Debemos añadir, que el conde hizo sus primeros estudios en las aulas del colegio de los Jesuitas. Mas tarde prosiguió su formación en Inglaterra. Había decidido seguir la carrera de Derecho en Madrid, pero consideró que no estaba llamado a subirse en los estrados y decidió abandonar estos estudios poco después de iniciados. El destino le tenía reservada la administración del extenso patrimonio familiar y proseguir en la línea empresarial, agrícola y turística trazada con gran visión de futuro por su progenitor.

A partir del momento en que asume las responsabilidades de su casa, don Alejandro interviene junto con sus hermanos en los negocios de la familia. Como hombre de acción se preocupó por la reorganización de la firma, procurando mantener el perfeccionamiento de sus servicios y el orden administrativo de las empresas a base de acomodarlas a los nuevos tiempos, a los avances de la técnica y a las más modernas corrientes empresariales.

Gran aficionado a los automóviles y a la hípica en su juventud, más adelante le distrajeron los estudios heráldicos y genealógicos, la fotografía y el juego del golf, aunque en realidad sus grandes pasiones, aparte de la familia, fueron sus notables vocaciones hacía la música y a sus conocimientos pictóricos que ejecutaba con la sorprendente habilidad de un consagrado maestro.

Casado desde octubre de 1958 con la exquisita y siempre recordada gran dama, María del Carmen Benítez de Lugo, en cuya impagable labor presidiendo instituciones derramaba el bien, calladamente, con ejemplar y sincera modestia, con ese sentimiento cristiano que la dignificaba y en el más canario de los estilos, el matrimonio procreó cinco hijos, los cuales siguieron sus estudios acordes con sus deseos y con las necesidades que el patrimonio familiar les exigía para la mejor continuidad de su administración. El heredero del condado es el tercer Alejandro del Castillo, director de empresas, Iván, empresario, Fernando, de igual modo empresario y actual responsable del Centro de Iniciativas y Turismo; María del Carmen, restauradora de Bienes de Arte y Patricia, que acabó en Madrid la licenciatura de Psicología.

Y llegamos a la media noche del pasado sábado 2 de mayo, en que dentro de su sólida sencillez y en su afán por mantener la unidad admirable de su ejemplar familia, el conde sabía que su vida se estaba apagando. Con gran lucidez le solicitó a sus hijos que le pusieran música. Quería marcharse con la solemne modestia de los grandes señores para dejar paso al gran libro que ya se ha comenzado a escribir en su memoria.

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