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OBSERVATORIO

La fantasía de volver al mundo de ayer

Garamendi es una persona sensata y de trato agradable. Como dirigente patronal está orientado a la búsqueda de acuerdos sociolaborales. Sin embargo, su deseo de volver a la "vieja" normalidad tiene algo de fantasía imposible y peligrosa. Utilizando el feliz título del conocido ensayo de Stephan Zweig, el prestigioso cronista del Imperio Austrohúngaro anterior a la Primera Guerra Mundial, ese es ya "El mundo de ayer".

Mi temor es que desde el mundo empresarial se esté ejerciendo una presión excesiva sobre los gobiernos para volver lo antes posible a la "vieja normalidad". Hay que ir con mucho cuidado. Los rebrotes del virus que están teniendo lugar en países que se habían manejado bien con el primer brote del virus -Corea del Sur, Singapur, Japón, China- son una advertencia muy seria contra los intentos de ir demasiado deprisa.

Cuanto antes seamos conscientes de que el coronavirus Covid-19 ha cambiado la vida social y económica, antes podremos responder a esos cambios. Las consecuencias de la Covid-19 serán muchas. Hasta ahora no somos capaces más que de entrever algunas de ellas. Pero hay una experiencia vital que ya hemos experimentado de forma dramática: la conciencia de nuestra vulnerabilidad como seres humanos. Este sentimiento de vulnerabilidad, y el consiguiente deseo de preservar la vida y la salud colectiva, obliga a los gobiernos a buscar un equilibrio difícil ente el objetivo de proteger la vida y el de proteger los medios de vida (la economía, el empleo).

La Covid-19 ha traído de forma inesperada un tipo de economía que, aunque no habitual, no nos es desconocida a los economistas: la economía pandémica. La llegada impensada de esta economía pandémica me ha hecho recordar una sentencia del gran economista británico de la primera mitad del siglo pasado, John Maynard Keynes, escrita en unos años que riman con los actuales: "Cuando esperas que ocurra lo inevitable, sucede lo impensado". Lo inevitable era la economía digital, la economía verde, ? y nos ha llegado la economía de pandemia.

Como ocurre cuando baja la marea, que nos deja ver quien se estaba bañando desnudo, la recesión pandémica provocada por la decisión de los gobiernos de cerrar la economía nos ha permitido ver algunas fragilidades de nuestro sistema social (debilidad de los sistemas sanitarios y de salud) y económico (déficits de producción de bienes esenciales como respiradores clínicos y mascarillas).

Es la tarea prioritaria en el corto plazo. Se trata sobrevivir, como sea. No tenemos un "manual de supervivencia". Podríamos haber aprendido de la experiencia de los países asiáticos y africanos que llevan décadas enfrentándose a virus similares. Pero, arrogantes, pensábamos que en nuestro mundo desarrollado eso no ocurriría.

Ahora hay que atreverse a hacer lo impensable. Los gobiernos deben convertirse en "pagadores últimos" de los salarios para que no se interrumpa el flujo de ingresos y pagos de la economía. Los bancos centrales han de actuar como "prestamistas de último recurso" de las empresas y los gobiernos. Lo están haciendo con los ERTE y con el programa del BCE de compra de deuda pública de pandemia. Pero han de ser aún más atrevidos.

Las empresas han de lograr sobrevivir. Para ello deben dar prioridad a la liquidez, a tener dinero en caja para poder aguantar los meses necesarios hasta que vuelvan a tener ingresos propios. A la vez, han de preservar las habilidades de sus empleados y el mundo de relaciones laborales cooperativas.

Recuperarse

Es la tarea para el medio plazo. Hay que ir con cuidado y no dejarnos llevar por el deseo de reabrir rápidamente aquellos sectores más proclives a generar nuevos brotes. La recaída complicaría mucho las cosas. Perjudicaría la reputación de España como país seguro para algunas actividades tan importantes como el turismo.

Por su parte, las empresas han de garantizar que vuelven de forma segura, tanto para sus trabajadores como para sus clientes. Aunque los negocios abran sus puertas, mientras los consumidores no nos sintamos seguros, no volveremos.

Reinventarse

Es la tarea para el largo plazo. La organización del trabajo en las empresas, en los servicios y en las oficinas no podrá ser la misma. También tendrán que adaptarse a las nuevas pautas y preferencias de los consumidores. No hay un manual general para la adaptación. Cada empresa ha de encontrar el suyo mediante "ensayo y error". Pero, en cualquier caso, está claro que no podemos pensar el futuro en términos del pasado. El principio general será el de la flexibilidad para reinventarse.

También tendremos que encontrar un nuevo equilibrio entre sector privado, sector público y sector social. Son los tres pilares de la prosperidad de los países. Como un taburete, los tres son necesarios. El virus ha impactado en uno de los sectores en los que los mercados funcionan peor: el de la salud. Pero también habrá que buscar nuevos equilibrios entre esos tres pilares en otros sectores estratégicos de nuestra economía.

El mundo de ayer ya no existe. Querer volver a él es una fantasía. El Covid-19 no hace sino anticipar en cinco o diez años las tendencias de cambio que ya existían antes de la pandemia, relacionadas con la digitalización y el tránsito a una economía verde. Ahora hay que hacer de la necesidad virtud. Desde Galicia hemos de ser capaces de emprender proyectos colectivos que utilicen mejor los recursos que tenemos y que creen buenos empleos. Sólo así podremos beneficiarnos de los nuevos fondos europeos para la recuperación. Es una oportunidad de oro. Pero de esto hablaremos otro día.

Anton Costas. Economista. Catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona,

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